Unidades de cómputo: del capex al alquiler, el pelotazo de la IA
Las unidades de cómputo han dejado de ser un gasto de capital para convertirse en el nuevo activo de infraestructura. La tesis es atractiva e inquietante: los clústeres se alquilan por periodos, como oficinas, y Nvidia vende el hardware y el software para gestionarlos. Entre tanta unidad de cómputo, hay quien aún reclama, con sorna, que se diga ordenador. Pero el problema de fondo es quién paga la renta al final de la cadena.
La jugada consiste en tratar la capacidad de cálculo como un inmueble. Los fondos levantan vehículos con dinero de soberanos y planes de pensiones para comprar tierra, construir centros de datos y comprar chips a Nvidia. Las unidades de cómputo se alquilan con contratos que generan ingresos y pueden titularizarse y venderse empaquetadas. Es el negocio de los neoclouds: revender capacidad como quien vende suelo.
Frente a esto, los laboratorios de frontera (OpenAI, Claude, Xai) siguen quemando dinero. Se barajan cuatro escenarios, desde la rentabilidad hasta la extinción. El más incómodo para la burbuja es que no haya quien pague suscripciones: la IA china ya sirve para el día a día, Google regalará una versión avanzada para el 99 % de los usuarios y las empresas notan que el gasto en la nube se desboca. Sin inquilino final, el contrato de alquiler no vale nada.
Y por si faltaba un límite, el consumo energético. Sin semiconductores de potencia de nitruro de galio (GaN) y carburo de silicio (SiC), la fiesta se acaba por déficit de electricidad. El pelotazo puede sostenerse mientras los laboratorios encuentren financiación. Cuando se acabe, habrá que explicar quién paga el alquiler. Mucha GPU, sí, pero todavía sin inquilino sólido.