Ford resucita el Capri como SUV eléctrico: la afición no lo perdona
Hay una forma segura de cabrear a alguien que ama los coches: coger un nombre con historia y pegárselo a un todocamino eléctrico. Ford lo ha hecho con el Capri, el coupé que entre 1969 y 1986 fue el deportivo asequible de media Europa, y la reacción ha sido unánime en el rechazo. El modelo original se vendió en Europa como el Mustang de los que no podían pagar un Mustang. El nuevo llega con enchufe, cinco puertas y una silueta que, según el consenso más repetido, se parece a cualquier cosa menos a un Capri.
La comparación más repetida es la del
Roomba con ruedas. «Eso no es un Capri, es un Roomba», resume una de las sentencias más citadas del debate, y la frase funciona porque captura el problema: un electrodoméstico con nombre de leyenda. Otros van más lejos y lo emparentan con el hijo bastardo de un Ford Fiesta, o directamente con un Qashqai glorificado. La crítica no es solo estética. Es de identidad.
Qué era el Capri original y por qué importa el nombre
El Capri original no era un coche de lujo. Era un coupé de líneas largas, morro alargado y precio contenido, pensado para que un tipo con nómina media pudiera permitirse algo con empaque deportivo. Esa combinación —prestaciones, consumo y precio— fue durante años su seña de identidad. La nueva versión conserva el nombre y poco más: es un SUV con enchufe, la categoría que hoy domina el mercado y que la propia Ford necesita vender para sobrevivir.
Ahí está el nudo del asunto. El Capri original era un coche de pobres con pretensiones de rico. El nuevo es un coche de ricos con pretensiones de sostenibilidad. La inversión de sentido es tan completa que roza el esperpento. Un participante lo formula con precisión: antes eran coches económicos para el populacho; ahora son «mierdas elitistas». La evolución del mercado automovilístico en una frase.
El diseño: de morro alargado a caja con faros
El rasgo que más se repite en las críticas es la pérdida del morro alargado, la seña distintiva del original. El nuevo Capri es alto, cuadrado y con una trasera que varios comparan con un culo de
Charo —la expresión es del material, no nuestra—. La queja de fondo es que los coches actuales son clones: cambian faros y parrilla, y poco más. La misma observación se aplica a los teléfonos móviles desde que una pantalla táctil se convirtió en el estándar. Todo converge.
La acusación de plagio estético no es nueva. El Capri original, recuerdan algunos, bebía de las líneas del Ferrari 250, igual que el Seat 850 Sport Coupé o el Opel Kadett. La diferencia es que aquellos coches, aun pareciéndose entre sí, tenían proporciones de coupé. Los de ahora tienen proporciones de electrodoméstico con esteroides. La disforia de carrocería —SUVs de cinco puertas llamados coupé— es el fenómeno que mejor describe el momento.
El eléctrico como símbolo: la guerra cultural del enchufe
El enchufe es el otro gran detonante. Para una parte del público, el coche eléctrico no es una tecnología, es una imposición. «Van a masticar las marcas baterías hasta que se les cortocircuite el cerebro», dice una de las frases más repetidas. Otra corriente sostiene que no hay nada más muerto de hambre que conducir un eléctrico y conectarlo en un aparcamiento de supermercado. La ironía es que el Capri original tampoco era un prodigio de eficiencia, pero eso no importa: lo que se discute no son los kilovatios, es la identidad.
Hay quien defiende que el problema no es el motor, sino el envoltorio. Un SUV eléctrico puede ser un gran coche. Lo que no puede ser es un Capri. La marca lo sabe y por eso ha tirado del nombre: el reconocimiento de marca es el activo más barato que le queda a un fabricante europeo en apuros. Ford, como otras, va cuesta abajo y sin frenos, y el Capri es el último clavo ardiendo al que se agarra.
La queja de fondo: el mercado ya no hace coches para todos
Detrás del cabreo por el nombre hay una queja económica más seria. Los coches nuevos son caros, y los SUV eléctricos, más. El Capri original era asequible. El nuevo es un producto de nicho con precio de nicho. La afición lo resume así: no hacen deportivos porque la gente es pobre. Y los que se venden son SUVs, furgonetas sin personalidad llena de pijadas electrónicas a precio de estafa.
La paradoja es que el Capri original también tenía problemas. Se descolocaba en curva, asustaba a los periodistas con pocas manos y acabó en manos de conductores que lo estrellaban. Pero ganó campeonatos, y eso no lo hace un mal coche. El nuevo, en cambio, no aspira a ganar nada. Aspira a venderse. Y eso, para una parte del público, es la verdadera traición.
¿Merece la pena discutir por el nombre de un coche? Probablemente no. Pero el nombre era lo único que quedaba del original, y ahora tampoco.