Mercurio, vino y coches con rodamientos: la infancia que no sobreviviría al siglo XXI
Romper un termómetro de mercurio y ver cómo las gotas plateadas se escapaban por el suelo era, para muchos niños de los 80 y 90, un juego. Algunos las juntaban para hacer la gota más grande, otros incluso las chupaban, según recuerdos que han aflorado en una conversación reciente. No era el único riesgo consentido: con 7 años se bebía vino Savin en las comidas, se fabricaban tirachinas con pinzas de la ropa y se bajaban cuestas en tablas con rodamientos. Todo ello sin casco, sin supervisión y, aparentemente, sin consecuencias inmediatas.
El mercurio como juguete: un riesgo real
El mercurio de los termómetros es neurotóxico, especialmente por inhalación. Sin embargo, en aquella época la intoxicación aguda era rara porque el mercurio elemental no se absorbe bien por vía digestiva, aunque el contacto cutáneo y la inhalación de vapores sí suponían un peligro. Quienes lo recuerdan cuentan cómo lo recogían del asfalto o de botes de minerales, sin ninguna precaución. La anécdota de un adulto que dijo que salía de las cubas del agua ilustra la falta de conciencia sobre el riesgo químico.
Vino a los 7 años: la cultura del 'vino de la fuerza'
Dar vino a los niños no era excepcional. La expresión «es vino la fuerza» reflejaba una creencia popular de que el alcohol fortalecía, especialmente en entornos rurales y obreros. El Savin, un vino de baja calidad, era recurrente en las mesas. Con el tiempo, esa práctica se ha erradicado, y hoy causaría alarma social. La ironía de que «los tiquismiquis» llegaron a imponer zumos como Don Simón marca el contraste generacional.
La generación que jugó con mercurio y bebió vino antes de los 10 años sobrevivió, pero no sin consecuencias para algunos. El dato que descoloca es que, pese a los riesgos documentados, la tasa de incidentes graves en aquella infancia era baja, lo que alimentó la falsa percepción de que era seguro. Hoy, con la evidencia científica acumulada, aquellos juegos serían impensables. Y, sin embargo, quienes los vivieron recuerdan aquella libertad con nostalgia, no con miedo.