Treinta años sin hijos y predicando sobre las mujeres con gatos
Treinta años sin descendientes y todavía dando lecciones sobre la soledad ajena. Un comentarista económico ha encendido la controversia al afirmar que a algunas mujeres solo les quedará la compañía de sus gatos. La reacción no ha tardado, y no ha sido precisamente amable: el autor del diagnóstico se ha encontrado con un espejo incómodo, porque su propia vida familiar (o más bien su ausencia) se ha convertido en el centro del contragolpe.
El cruce de acusaciones personales poco aporta al fondo, pero bajo la hojarasca emerge una pregunta legítima: ¿quién tiene autoridad para sentenciar sobre la soledad y la decisión de no tener hijos? Los ataques al mensajero no invalidan el mensaje, pero la crítica se formula en términos despectivos y el que la formula no parece el ejemplo más idóneo.
En el extremo contrario hay quien defiende que la vida plena no exige descendencia. De hecho, en las reacciones ha aparecido hasta una tesis que sostiene que un hombre puede ser feliz con cuatro pilares básicos que no incluyen criar niños. Un argumento que, a su manera, contradice la premisa inicial: si la soledad no es exclusiva femenina, el sermón pierde pie.
Al final, la controversia queda abierta. ¿Es legítimo opinar sobre la soledad ajena cuando uno mismo no ha formado una familia? ¿La crítica social necesita pedigrí personal? Por ahora, los gatos observan indiferentes.