El pesimismo demográfico que recorre a los jóvenes españoles
Hay una generación que ha dejado de hacer cuentas sobre su futuro porque todas le salen negativas. No es una impresión: es un estado de ánimo que se repite en conversaciones donde se mezclan la
demografía, la vivienda, el mercado laboral y una sensación de alienación que va más allá de lo económico. El punto de partida es una pregunta que muchos se hacen en voz baja: ¿realmente hay razones para tener esperanza en el futuro de este país?
La respuesta que domina en ciertos círculos es un no rotundo, y no por pereza intelectual. El argumento central es que el sistema electoral está secuestrado por dos bloques que se alternan en el poder y que responden a los mismos incentivos: una cohorte de votantes de edad avanzada que prioriza sus pensiones y un electorado nuevo que llega con expectativas distintas. En ese tablero, los jóvenes nativos son una minoría demográfica y, por tanto, electoralmente irrelevante.
El cálculo electoral que deja fuera a los jóvenes
La tesis que se repite es que ningún partido tiene incentivos reales para dirigirse a los jóvenes españoles. La generación nacida en los años del baby boom empieza a jubilarse y su peso electoral es decisivo. Cualquier formación que quiera gobernar debe cortejar a ese bloque, aunque ello implique hipotecar el futuro de los que vienen detrás. Es matemática electoral, no ideología.
A esto se suma otro factor: los votantes nacionalizados. Hay quien sostiene que los partidos compiten por captar ese voto emergente y que, en esa puja, los intereses de los jóvenes autóctonos quedan diluidos. El resultado, según este análisis, es un sistema que se perpetúa a sí mismo y que no tiene alicientes para cambiar el rumbo.
La vivienda y el empleo aparecen como el muro más tangible. Sin acceso a una vivienda digna ni a un empleo estable, la idea de formar una familia se vuelve una abstracción. No es solo una cuestión de precios: es la constatación de que el modelo económico que sostuvo a la clase media se ha roto y no ha sido sustituido por nada equivalente.
La alienación familiar y el desapego territorial
Uno de los aspectos más llamativos es la ruptura emocional con el entorno familiar. Se describe una incomodidad profunda en las comidas familiares, donde las conversaciones derivan en posturas que el más joven no comparte y que percibe como ajenas. No es un conflicto generacional al uso: es la sensación de que los lazos se han vuelto protocolarios y vacíos.
Esa alienación se extiende al conjunto del país. La idea de patria se desdibuja cuando se percibe que la mayoría del electorado, o al menos una parte significativa, vota por intereses que no coinciden con los propios. En ese contexto, emigrar deja de ser una traición y se convierte en una estrategia de supervivencia. El problema es que no está claro a dónde ir: los países que se consideran afines afrontan dinámicas similares.
La paradoja es que quienes mejor podrían contribuir a revertir la situación son precisamente los que se sienten expulsados. Y no hay un plan B colectivo, solo salidas individuales.
La dimensión religiosa y el desencanto con la institución
Hay un componente que rara vez aparece en los análisis económicos: la fe. Muchos de los que se expresan en estos términos se declaran creyentes, pero mantienen una distancia crítica con la Iglesia católica como institución. La acusan de haber sido complaciente con los cambios sociales y demográficos que, a su juicio, han degradado el país.
Esa tensión entre creer en Dios y desconfiar de la jerarquía eclesiástica genera un conflicto interno difícil de resolver. La idea de un castigo eterno por no perdonar a quienes se perciben como enemigos aparece como un lastre añadido.
El infierno, en este contexto, no es una metáfora: es una preocupación real que se suma al desencanto terrenal.
¿Hay alguna salida?
Las respuestas que se manejan van desde el nihilismo más absoluto hasta la huida a zonas rurales o al extranjero. Ninguna se presenta como solución colectiva. El campo, que algunos idealizan como refugio, se revela como un espejismo: la despoblación, la falta de infraestructuras y la llegada de nuevos residentes acaban replicando la misma dinámica que se quería evitar.
La emigración a otros países choca con un obstáculo similar: no hay un destino claro que ofrezca mejores perspectivas a largo plazo. Los países que se consideraban un refugio están experimentando transformaciones parecidas. La conclusión que se impone es que no hay un lugar al que escapar del fenómeno global.
Queda la opción de aceptar que el país, tal como se conocía, no va a volver. Y ahí es donde la pregunta inicial se vuelve más incómoda: si no hay esperanza, ¿qué queda? La respuesta, por ahora, es un silencio que cada uno llena como puede.