El precio de la vivienda no bajará en las zonas que todos quieren
El
precio de la vivienda en las zonas que todo el mundo quiere no va a bajar. Ni con recesión, ni con tipos de interés altos, ni con una ley que prohíba comprar a los extranjeros. Esa es la tesis incómoda que sostiene una parte del análisis inmobiliario y que, ciclo tras ciclo, sigue sin encontrar una refutación seria. La cornisa mediterránea —España, Portugal, Italia, Grecia, el sur de Francia, Malta— se habría convertido en un producto global: un resort para compradores de medio mundo donde el precio lo fija quien llega de fuera, no quien vive dentro.
Y el remero medio, mientras, mirando escaparates.¿Por qué sube la vivienda en la costa mediterránea?
El planteamiento es sencillo: el mundo ha decidido que esta franja de mapa es el mejor sitio para vivir y esa convicción tiene precio. Se argumenta que a los compradores del norte de Europa —alemanes, noruegos y compañía— se han sumado estadounidenses, canadienses, australianos con ganas de «Europa» y latinoamericanos con capacidad de pago. No es una hipótesis de laboratorio: basta pasear por según qué paseos marítimos.
La predicción más agresiva va más allá y sostiene que localidades hoy consideradas de turismo barato serán producto de lujo en dos décadas.
Benidorm era turismo cutre casposo y ahora levanta torres de cristal que parecen Miami, dice el ejemplo que circula. Torrevieja sería el siguiente en la lista. A eso se suma un argumento de fondo: prohibir comprar a no residentes no arregla el problema, solo lo desplaza a otra ventanilla.
El desplazamiento de la ventana de compradores
El mecanismo que explica la presión no es la llegada de un comprador, sino la expulsión del anterior. Los que ya no pueden pagar Marbella bajan un escalón; los que no llegan a ese escalón se instalan en urbanizaciones de la colina de al lado; y los vecinos de un destino que hace veinte años era de segunda empiezan a recibir
presiones, no ofertas, para vender su casa como segunda residencia. La ventana se cierra de arriba abajo.
Hay quien rebate que el mapa no es homogéneo y que se mezclan cosas distintas:
no vale lo mismo un piso en Cádiz que en Torrevieja, ni es lo mismo una zona demandada que una zona simplemente costera. La distinción es razonable, pero no consuela: lo que se discute no es qué se considera bueno, sino que lo bueno se paga.
¿Cuánto cuesta una casa donde nadie quiere vivir?
Aquí llegan los números, y son la parte más incómoda del asunto. Una casa de
180 metros cuadrados con 1.500 de finca, garaje y cobertizo en una aldea gallega a 30 minutos de las Rías Baixas se vendió por 44.000 euros. Un dúplex de 120 metros con garaje cerrado de 60 y patio de 40 se compró por
60.000 euros en un pueblo de Murcia, a 25 minutos de una ciudad de 50.000 habitantes y a una hora de la capital. Un piso de dos habitaciones en Torrevieja aparece anunciado por 52.000.
El contraste funciona igual puertas adentro de las grandes ciudades: se citan pisos de dos habitaciones por menos de
100.000 euros en Puente de Vallecas, Villaverde, Usera o Carabanchel. La conclusión que extrae el análisis más duro es que el problema no es que no haya vivienda asequible, sino que la asequible está donde nadie con opciones quiere vivir. Y ahí entra la objeción clásica: servicios, sanidad, colegios, seguridad y distancia.
¿Basta con la oferta y la demanda para explicarlo todo?
La explicación estándar es de manual: si la demanda supera a la oferta, el precio sube. Se añade un factor demográfico —proyecciones de población concentrada en áreas concretas y crecientes— y un desplazamiento de la unidad de compra: cada vez se habla menos de viviendas completas y más de habitaciones. Es la versión amable de la misma realidad.
Otra corriente sostiene que el diagnóstico es incompleto y que hay un componente de expectativas: cuando todo el mundo asume que el ladrillo nunca baja, la demanda se adelanta y el precio se profetiza solo. Hay también un pulso sobre si la presión viene de la falta de oferta, de la concentración de la población o de la llegada de residentes extranjeros. Las tres cosas se dicen. Ninguna se demuestra del todo.
Como siempre.Herencias a los 65 y el espejo de 2008
El otro gran bloque del análisis es generacional. La vivienda se ha convertido en el activo que mejor protege contra la inflación y, a la vez, en una herencia que llega tarde: quien no herede con papeles firmados a los 40 puede estar esperando a los 60. Los datos citados apuntan a que el alargamiento de la esperanza de vida se ha estancado, y a que los progenitores no siempre van a dejar el piso intacto: la hipoteca inversa, el alquiler de una habitación o la venta para pagarse la vejez son escenarios cada vez menos raros.
Enfrente está el recuerdo de la última vez que esto se dijo.
«Los pisos tampoco iban a bajar en 2007», resume una objeción que no ha envejecido mal. La réplica es que, cuando estalló la burbuja, los precios siguieron siendo inasequibles en las ciudades y que las zonas que sí se abarataron fueron precisamente las que nadie habitaba.
Si el diagnóstico se sostiene, el resultado a dos décadas no es un país de propietarios, sino de inquilinos de por vida en las zonas que funcionan y de propietarios de saldo en las que no. Previsión con letra pequeña: depende de que el capital extranjero siga queriendo este trozo de mapa, de que los tipos no se disparen y de que nadie invente un impuesto que cambie las reglas a mitad de partida. Cualquiera de las tres cosas rompería el pronóstico. Ninguna está en manos de quien busca piso.