Las 'superratas' resistentes al veneno ya están en España
¿De verdad hay ratas que sobreviven al veneno y campan a sus anchas por media España? La respuesta corta es que sí, según el titular que ha encendido el debate: las llamadas 'superratas' resistentes a los rodenticidas ya estarían presentes en el país, con miles de ejemplares repartidos por 12 comunidades autónomas. La noticia, difundida por un medio generalista, incluye una frase que se ha viralizado por su carga apocalíptica: «Seguramente también sobrevivirían a un ataque nuclear». A partir de ahí, el asunto ha derivado en una discusión que mezcla biología, control de plagas, ética animal y, cómo no, un poco de folclore patrio.
Qué son las 'superratas' y por qué resisten al veneno
El fenómeno no es nuevo. La resistencia a los anticoagulantes en roedores se conoce desde hace décadas y responde a un mecanismo darwiniano de manual: se aplica veneno, sobreviven los individuos con mutaciones que les permiten tolerarlo, y esos individuos se reproducen. El resultado es una población que, generación tras generación, se vuelve inmune a los productos que antes la diezmaban. La noticia sitúa el foco en España, pero el problema es global.
En el intercambio de mensajes se apunta una explicación más prosaica: que los venenos actuales ya no contienen la potencia de antes. «La realidad es que los venenos de rata ya no contienen veneno, al igual que muchos medicamentos solo son excipiente», sostiene un participante. Es una hipótesis que circula con frecuencia, aunque no hay confirmación oficial en el material. Lo que sí se describe con detalle es el repertorio de métodos legales e ilegales para deshacerse de roedores: anticoagulantes, vitamina D3, cepos, ahogamiento en trampas multicaptura, gas comprimido. Y la advertencia de que la caza con aire comprimido está prohibida en España, aunque en otros países europeos se permite para control de plagas.
Trampas adhesivas: el método que evita el veneno pero no la polémica
Una de las derivadas más comentadas es el uso de trampas adhesivas en fábricas y tiendas de
alimentación. El mecanismo es simple: un cebo atrae al roedor, que queda pegado a una superficie con pegamento y no puede escapar. Se evitan sustancias tóxicas, pero el animal muere lentamente. «Me parece una muerte agónica, una tortura que no deseo ni a una rata», señala un mensaje. Otro participante recuerda que este sistema se usaba antaño para capturar pájaros: se untaban las ramas de los árboles con una sustancia pegajosa llamada liria y luego los pájaros se servían fritos en bares como aperitivo.
La crítica más dura llega desde el ángulo del daño colateral: en estas trampas caen también lagartijas, sapos, pájaros, insectos e incluso gatos callejeros. «Hay que ser muy basura, muy hijo de la gran puta para usar ese tipo de trampas», dice un mensaje. La polémica no es menor porque, según se relata, en algunas fábricas se han usado trampas-jaula para capturar gatos que merodeaban, con la intención declarada de que el ayuntamiento los trasladara a colonias controladas, aunque se sospecha que el destino real pudo ser otro.
El negocio del control de plagas: placebo, rodenticida y vuelta a empezar
El aspecto económico del asunto aparece con fuerza en un mensaje que describe el modus operandi de las empresas de control de plagas. El caso práctico: una nave de industria alimentaria con más metros que un campo de fútbol. La opción que se critica consiste en colocar 80 portacebos con placebo, 1,6 kg de alimento que las ratas pueden consumir durante un mes, si esa es la periodicidad contratada. En la siguiente visita se pone rodenticida, a los 15 días se vuelve aumentando costes, se repone y se repite el ciclo hasta que no hay consumo, momento en que se vuelve al placebo «para seguir haciendo el gilipollas». Es decir, un modelo de negocio que se retroalimenta de la propia plaga.
Frente a esto, hay quien defiende métodos más expeditivos y tradicionales. «Le pongo a la rata el veneno que usaba mi abuelo y la rata no llega ni a la madriguera», afirma un mensaje, que añade una reflexión amarga sobre la longevidad de quienes convivían con pesticidas como el zotal o el DDT frente a la actual obsesión sanitaria.
De la plaga al menú: la rata como recurso
No falta quien lleva el asunto al terreno de la supervivencia. «La naturaleza es sabia, nos manda carne para los tiempos que se nos vienen encima. Aprender a CAZAR ratas, si son vivas mejor, así las podréis criar en cautividad y aseguraros una fuente de proteínas», propone un mensaje. Otro recuerda que la rata se come en algunos países y sugiere que un empresario avispado podría montar un negocio de exportación. Son intervenciones medio en broma, medio en serio, que reflejan hasta qué punto el debate se ha deslizado hacia el humor negro.
También hay espacio para la anécdota personal. Un participante relata un encuentro en el puerto de Ribadesella con una rata «tan grande como un gato» que se dirigió hacia él y que acabó con una patada. Otro cuenta que mató una con un pisotón y otra con un palazo. Y un tercero describe cómo vio dos ratas caer de un árbol en pleno Madrid, confundiéndolas inicialmente con ardillas.
El ruido político: de las ratas a los gatos callejeros
Como suele ocurrir, el tema deriva hacia terrenos ideológicos. Un mensaje critica a quienes ponen recipientes de pienso y agua para perros y gatos callejeros, argumentando que eso empeora la plaga. Otro ironiza con que las ratas son «migrantes» y que llamarlas así es racista. Y hay quien sostiene que los perros también son una plaga que cuesta millones de euros. La conversación, en definitiva, acaba siendo un muestrario de las tensiones habituales: control de plagas, bienestar animal, gasto público y desconfianza hacia las instituciones.
¿Qué se sabe realmente sobre la resistencia al veneno?
Más allá del ruido, el dato central es que la resistencia a los rodenticidas es un fenómeno documentado científicamente. Los anticoagulantes actúan interfiriendo en la coagulación de la sangre, pero las ratas con ciertas mutaciones genéticas pueden tolerar dosis que matarían a otras. Esto obliga a rotar productos, aumentar concentraciones o combinar métodos. La noticia no aporta cifras concretas de población, solo la afirmación de que hay «miles de ellas en 12 comunidades». Tampoco especifica qué especies están afectadas ni qué porcentaje de la población total representan.
Lo que sí queda claro es que el problema no se resuelve con un solo producto ni con una sola visita. Y que, mientras tanto, la convivencia con roedores en ciudades y polígonos industriales sigue siendo un asunto incómodo que pocos quieren mirar de frente.
Al final, la conclusión más honesta es la que deja un mensaje: de los roedores que sobrevivieron al meteorito que acabó con los dinosaurios venimos todos los mamíferos. De estas ratas saldrán los futuros humanos cuando vuelva a caer otro meteorito gordo. Mientras tanto, seguiremos discutiendo si el veneno funciona o si es placebo, si las trampas adhesivas son crueles o necesarias, y si las ratas llegaron en cajas desde Barajas o ya estaban aquí desde siempre. Lo único seguro es que ellas no leen los titulares.