El aplauso que ahora cuesta el puesto: Díaz pide la cabeza de Vilda y De la Fuente
Una asamblea y una sala que aplaude. El gesto se ha convertido en el centro del debate. La ministra de Trabajo y vicepresidenta del Gobierno,
Yolanda Díaz, ha convertido ese aplauso en el argumento central para pedir dos ceses: «Los seleccionadores que aplaudían a Rubiales no están capacitados para continuar en sus puestos», afirmó, y añadió que «quien aplaude una presunta agresión sexual [...] no debe de continuar en su puesto». No citó apellidos, pero el contexto los pone:
Vilda y
De la Fuente.
La petición de cese llega desde el Gobierno. Y ahí está el nudo: se reclama el despido de dos trabajadores de una entidad privada por algo que hicieron con las manos, no con la boca.
De la opinión al expediente: ¿dónde está el límite?
El aplauso no es el beso. En el caso de Vilda y De la Fuente no se les atribuye una agresión, sino una
adhesión: haber respaldado con palmas a Rubiales. Hay quien lo resume con una fórmula muy repetida, el
delito por ósmosis: la culpa se contagia por proximidad física o por vecindad de gesto. En el debate se repite la pregunta: ¿en qué empresa se despide a alguien por tener una opinión?
¿Y si aplaudieron porque se lo creyeron?
Una parte del análisis sostiene que los dos seleccionadores no respaldaban ninguna conducta, sino que daban por buena la versión de Rubiales en aquel momento concreto. Se creyeron al tipo, es la fórmula que se repite. Bajo esa lectura, el aplauso mediría crédito, no complicidad: habría sido una reacción de sala, no un aval moral.
Desde la otra orilla la respuesta es tajante. Aplaudir en ese contexto es, para esta lectura, revictimizar a la víctima y convertir a quien lo hace en parte del respaldo, no en espectador. La discusión, por tanto, no es jurídica sino de lectura del gesto.
El precedente que incomoda: de marqués a cesado
La comparación que circula en el hilo es la de
Del Bosque, a quien se le hizo marqués, frente al técnico campeón al que ahora se quiere dar la patada. Se le está midiendo con otro rasero y desde instancias políticas. La tesis que circula es que el verdadero objetivo no es Rubiales, sino reescribir el relato: si el equipo femenino ganó con responsables hombres, la salida ordenada pasaría por cambiar el banquillo y confiar en que el tiempo borre el nombre. El detalle de que el seleccionador señalado venga de ganar el título es, para esa corriente, la prueba de que no se juzga una conducta sino un cargo.
El marco laboral: despedir por una opinión
En el hilo se plantea si se puede despedir a alguien por un aplauso. El argumento más repetido apunta a una escena cotidiana: no hay empresa en la que a alguien se le eche por tener una opinión. Frente a esa lectura, otra parte sostiene que el aplauso no es una opinión, sino un respaldo público a Rubiales. Entre ambas formulaciones se mueve todo el caso.
Corea del Norte, Orwell y la policía del pensamiento
Las analogías se han disparado: regímenes totalitarios, gulags, la policía del pensamiento de
1984. Son comparaciones de sobremesa, exageradas por definición, y conviene tratarlas como lo que son: hipérboles. Pero apuntan a una inquietud que recorre el hilo. Primero se fue a por Rubiales; ahora se va a por quienes le aplaudieron. La pregunta que queda flotando es quién entra en la siguiente lista, y con qué criterio se elabora.
El aplauso se produjo en una asamblea. Si el criterio para el cese es el gesto, queda por ver dónde corta la lista.