El premio con 830 hombres y cinco finalistas mujeres
En el VIII premio Ribera del Duero de Narrativa Breve se presentaron 1.109 personas. Las cinco plazas de finalista fueron para mujeres. La composición de la participación deja el dato en su sitio:
830 hombres y 279 mujeres entre los aspirantes. Hay quien calculó que la probabilidad de ese resultado era de una entre mil.
El certamen castellano, fundado en 2009 y regado con dinero de bodega, sirvió en el debate como termómetro del mercado editorial español. Y lo que marca estos años no es una anomalía puntual, sino un cambio de fondo en quién escribe, quién publica y quién lee. El asunto se discute con cifras encima de la mesa y con una pregunta de fondo: si el sector está corrigiendo un agravio o creando uno nuevo.
Qué dicen los números del premio Ribera del Duero
El premio se fundó en 2009. En quince años de existencia ha mantenido una proporción casi invariable: en torno al
70% de participantes hombres y un 30% de mujeres. Ni ministerios ni planes de fomento han movido esa relación, que se repite edición tras edición y convierte la nómina de aspirantes en una foto fija.
La de este año rompió el molde por el lado contrario. Cinco finalistas, cinco mujeres. El resultado no sale de la nada: coincide con otros casos que el análisis lleva tiempo señalando. El premio Tusquets ha recaído seis veces en una mujer. El premio Lumen de novela solo admite originales firmados por mujeres. La editorial Tránsito publica únicamente autoras.
Lo llamativo, según la columna que abre el debate, no es que existan esos espacios, sino que coincidan en el tiempo con un desplome visible de los debuts masculinos. En sellos de peso, el recuento de escritores varones jóvenes que publican su primera novela se reduce a un puñado de nombres. Uno de los pocos que se repite es Óscar García Sierra, con
Facendera, publicada por Anagrama en 2022.
¿Es discriminación positiva o es el mercado?
Aquí el desacuerdo es total. Una corriente sostiene que se ha instalado una
discriminación positiva editorial que, al favorecer a unas, perjudica a otros, y que en la práctica deja sin salida a los escritores que buscan su primer o segundo libro. El argumento se apoya en los debuts recientes y en la sensación de que un autor varón parte hoy con desventaja.
La lectura opuesta, defendida en el debate, es más fría: no hay conspiración, hay mercado. Si una parte creciente del público compra y lee lo que firman mujeres, las editoriales imprimen lo que se vende. La frase
yo solo leo escritoras se ha vuelto antes un argumento de ventas que una consigna. El catálogo sigue al dinero, y el dinero sigue a quien lee.
Una tercera posición niega la premisa de partida: nunca se publicó a nadie por ser hombre ni se dejó de publicar a nadie por ser mujer, y si algo fue fácil en el pasado fue publicar siendo mujer, porque se traía una historia distinta. Esa tesis no zanja nada. Solo cambia el punto de partida del desacuerdo.
La lectura ya se inclina hacia las mujeres
Los datos de hábitos de lectura refuerzan el diagnóstico del mercado. Entre los 25 y los 34 años, la franja donde se concentra el grueso del consumo, leen el
73,4% de las mujeres y el 55,9% de los hombres, según las cifras del INE que se manejan en la discusión. La tendencia va en direcciones opuestas: ellas suben, ellos bajan.
Traducido a negocio, quien compra libros hoy es mayoritariamente mujer. Y quien compra marca el catálogo. A eso se suma que las editoriales, las agencias literarias y buena parte de las librerías están dirigidas por mujeres, según se apuntó en el debate, lo que no impone una línea editorial concreta pero sí explica hacia dónde mira el sector cuando decide qué publicar.
El fracaso editorial que antes no existía
Donde el análisis se vuelve incómodo es en la previsión a medio plazo. Con decenas de autoras nuevas publicando cada año, la competencia interna se dispara. El escenario que se dibuja es el de un
fracaso real, no simbólico: si la segunda novela de una autora vende poco, el sello le rechaza la tercera; un sello menor la acoge una vez; después, silencio.
La paradoja es que ese fracaso deja de tener coartada. Un artículo de
El País titulaba «Quién puede escribir por amor al arte: el silenciado coste de convertirse en autora» y hablaba de las trampas materiales del oficio. Que las letras no dan para comer es una obviedad que Valle-Inclán dejó escrita en
Luces de bohemia mucho antes de que existiera el BUP.
La retirada del lector y del autor
Al otro lado de la balanza, una parte de los lectores varones ha decidido que el catálogo actual no va con ellos y se ha replegado a los clásicos, al ensayo o directamente a no comprar. No es una reacción organizada ni tiene portavocía, pero sí consecuencias: si un segmento deja de comprar narrativa reciente, las editoriales dejan de publicarla.
El resultado es un círculo que se cierra solo. Menos lectores hombres, menos libros pensados para ellos, menos autores hombres publicados, menos razones para volver. Cada vuelta refuerza la siguiente, y ninguna medida aislada parece romperla.
Con estas cifras sobre la mesa, lo razonable sería esperar un ajuste. Los premios seguirán premiando lo que se lee, y lo que se lee seguirá inclinándose hacia el público que compra. Si dentro de cinco años la sangría de autores varones noveles se ha cerrado o se ha agrandado es algo que hoy no se puede saber. Lo único medible es una proporción que lleva quince años sin moverse y una edición que la rompió por completo.