Yemen hunde barcos y nadie se atreve a pisar sus montañas
Un buque mercante se va al fondo del mar Rojo y, al mismo tiempo, un dron cruza medio Oriente y estalla cerca de una sede diplomática en Tel Aviv. Entre esos dos hechos, el mundo entero descubre que hay un país capaz de cortar una de las rutas comerciales más importantes del planeta con cuatro misiles y un puñado de drones navales. La pregunta que recorre todos los mentideros no es si los hutíes pueden hacerlo, sino por qué nadie con capacidad militar se atreve a bajar a tierra y quitárselos de encima.
Qué está pasando en el mar Rojo
El puerto de Eilat, el segundo de Israel, lleva semanas sin ver un barco comercial. Los ataques hutíes han convertido el estrecho de Bab el-Mandeb en un peaje involuntario: quien tiene relación con Israel, con sus puertos o con los países que le suministran armas, se arriesga a un misil. Quien no la tiene, pasa sin un rasguño. Esa distinción, que los medios occidentales suelen difuminar, es la clave del asunto y la razón por la que cientos de buques siguen cruzando la zona sin novedad.
El resultado económico es un desvío masivo de tráfico marítimo hacia la ruta del Cabo de Buena Esperanza. Más días de navegación, más combustible, más flete. Los cargueros asiáticos que abastecen Europa pagan la factura, y Egipto ve caer los ingresos del canal de Suez. Hay quien sostiene que el daño colateral a terceros países es el verdadero objetivo, y quien responde que el objetivo es Israel y que los demás son daños inevitables de una guerra comercial que nadie quiere reconocer como tal.
Por qué Estados Unidos no desembarca en Yemen
La pregunta más repetida tiene una respuesta incómoda: porque sería un desastre. Yemen no es Irak. Irak era llano, con desierto y carreteras. Yemen es un país de montañas de tres mil metros, con una población que lleva más de una década en guerra, fogueada, armada y entrenada. Los talibanes derrotaron a la primera potencia militar del mundo en un terreno parecido. Los hutíes tienen misiles, drones navales y el respaldo técnico de Irán para apuntar blancos a cientos de kilómetros.
El cálculo más optimista para una operación terrestre habla de miles de bajas propias. El escenario pesimista es Afganistán multiplicado por dos. La doctrina militar estadounidense de las últimas décadas no ha digerido bien las ocupaciones prolongadas, y el recuerdo de las aventuras en Oriente Medio sigue en carne viva. Nadie con mando real quiere firmar esa operación.
El coste de la guerra asimétrica
Un misil hutí cuesta una fracción de lo que cuesta interceptarlo. Un dron naval, menos todavía. Los ataques al tráfico marítimo han forzado a las armadas occidentales a mantener una presencia permanente en el mar Rojo, con el gasto diario que eso implica. La asimetría es brutal: el que ataca gasta poco, el que defiende gasta mucho, y el que comercia paga la diferencia.
La operación naval liderada por Estados Unidos para proteger el tráfico no ha detenido los ataques. Los buques siguen siendo alcanzados, los seguros marítimos se han disparado y las navieras prefieren dar la vuelta a África antes que arriesgar un cargamento. En términos económicos, el estrecho se ha convertido en una zona de riesgo permanente sin que nadie haya encontrado la forma de revertirlo.
El frente diplomático y el relato
Israel ha respondido con ataques aéreos sobre territorio yemení, incluido el puerto de Hodeida. Los hutíes se han burlado públicamente de esos bombardeos, señal de que su capacidad operativa no se ha visto mermada. Mientras tanto, el debate sobre si los ataques son legítimos o terrorismo se libra en los mismos medios que hace dos años llamaban piratas a quienes ahora controlan el paso marítimo más estratégico del planeta.
La clave está en el marco legal. Quien bloquea un puerto o impone sanciones unilaterales lo llama seguridad nacional. Quien lanza un misil contra un barco con destino a ese puerto lo llama terrorismo. La diferencia no es jurídica, es de quién tiene la armada más grande. Y en el mar Rojo, la armada más grande no está ganando.
Qué puede pasar ahora
El escenario más probable a corto plazo es la continuidad del pulso. Los hutíes no tienen incentivos para parar mientras la guerra en Gaza siga abierta, y Estados Unidos no tiene incentivos para escalar en tierra. Israel seguirá bombardeando posiciones sin capacidad de ocupar territorio. El tráfico marítimo seguirá desviado, los costes logísticos seguirán altos y el canal de Suez seguirá perdiendo ingresos.
La pregunta que nadie responde con datos es cuánto tiempo puede aguantar esa situación sin que el coste se traslade definitivamente a los precios que paga el consumidor europeo. Por ahora, la respuesta es que ya se está trasladando. Solo que nadie lo llama así.