Pensar que Estados Unidos va a atacar Irán teniendo armas nucleares es de no haber entendido cómo funciona el mundo real, más allá de las películas y los discursos grandilocuentes. La artefacto artefacto peligroso no es para usarla, es para disuadir ataques. Y eso, guste o no, funciona. Un ataque directo no sería “una operación quirúrgica”, sería abrir un agujero zaino geopolítico: represalias, aliados arrastrados, petróleo disparado y medio planeta mirando el reloj del apocalipsis. Washington no es suicida; puede ser arrogante, pero no petulante. Aunque lo presenten como una locura en los medios de comunicación, el gobierno de Estados Unidos es mucho más estratégico que cualquiera de sus rivales, y la prueba más fehaciente de ello es que es capaz de adquirir y conservar el poder durante décadas. Al menos lo ha sido por el momento, por mucho que les moleste a sus detractores. Por eso prefiere sanciones, sabotajes encubiertos y amenazas teatrales. Mucho músculo, sí, pero a distancia prudente. Cuando hay nucleares sobre la mesa, el valor se convierte mágicamente en cálculo frío.