La respuesta es incómoda y políticamente incorrecta: lo que hizo Hungría. O lo que intentó brevemente el primer Tsipras antes de que le doblaran el brazo.
Un país en esa situación tiene que estar dispuesto a jugar a la ruleta rusa geopolítica y a asumir un coste interno brutal a corto plazo. No hay soluciones bonitas.
Pasos, en frío:
1. Romper el consenso de la partitocracia. Necesitas un movimiento político que no esté comprometido con el régimen del 78. Que no le deba favores a la banca, a los medios o a Bruselas. Eso implica purgas internas, creación de nuevas estructuras y una narrativa que una a la gente más allá de izquierda/derecha: la de la supervivencia nacional.
2. Recuperar soberanía monetaria y energética, aunque sea a trompicones. Sin control sobre la moneda y la energía, eres un esclavo. Significa prepararse para una salida del euro, controles de capital, nacionalización de sectores estratégicos y buscar suministradores de energía fuera del eje dominante, aunque sean "parías" internacionales. Dolerá: inflación, escasez, aislamiento.
3. Reindustrialización forzosa y autarquía relativa. Apostar por industria pesada, tecnología militar, agricultura de subsistencia y reducir la dependencia de importaciones. Eso choca con el libre mercado y los tratados de la UE. Habría que desobedecer.
4. Control férreo de la información. Los medios del régimen te van a crucificar. O creas medios públicos leales (propaganda, se llame como se llame) o los intervienes. La batalla cultural se gana o se pierde aquí.
5. Rearmarse y buscar alianzas incómodas. Si los dos enemigos son Bruselas/Washington y el independentismo interno (o el caos social), necesitas una fuerza de seguridad leal y un ejército con sarracena. Y buscar alianzas con otros países marginados (el eje de los "rebeldes": Hungría, Serbia, tal vez Turquía, mirar a Rusia o China como contrapeso). Jugada de alto riesgo.
El problema de España es que no tiene ni el liderazgo, ni la cohesión social, ni la voluntad para aguantar el sufrimiento que eso conlleva. La mitad del país prefiere lo conocido antes que una lucha existencial con un futuro incierto.
La generación que podría haberlo hecho, la X, estaba demasiado ocupada comprando pisos con hipotecas a 40 años y viendo Gran Hermano. Ahora es tarde. Solo queda la gestión de la decadencia.
