La izquierda nunca ha sabido nada de Economía. El alza de precios de la vivienda, compra y alquiler, se debe a las intervenciones del Estado.
La izquierda lleva décadas intentando corregir la economía por decreto y culpando después al mercado del desastre que provocan sus propias recetas. La vivienda es el ejemplo perfecto.
Si faltan viviendas, los precios suben. Es economía elemental. La solución debería ser igualmente elemental: construir más, liberar suelo, agilizar licencias y dar seguridad a quien alquila.
Pero hacen exactamente lo contrario: intervienen precios, multiplican restricciones, eternizan permisos, encarecen la construcción y convierten al propietario en sospechoso. Resultado: menos viviendas, menos alquiler y precios más altos.
Y ante el fracaso, ¿qué proponen? Más intervención. Es decir, apagar con gasolina el incendio que ellos mismos alimentaron.
Nadie construye ni alquila por obligación patriótica. Si hacerlo resulta caro, lento, inseguro y sometido a reglas cambiantes, muchos propietarios retiran sus viviendas y muchos promotores dejan de construir. La oferta cae y los precios vuelven a dispararse.
La vivienda no se abarata persiguiendo a quien la ofrece, sino consiguiendo que haya mucha más oferta.
Pero reconocerlo exigiría aceptar una verdad que el intervencionismo se empeña en negar: puedes decretar un precio; lo que no puedes decretar es que alguien quiera venderte o alquilarte algo a ese precio.
Primero estrangulan la oferta. Después culpan al mercado. Finalmente utilizan el desastre como excusa para intervenir todavía más.
No están solucionando el problema de la vivienda. Están fabricándolo.
La izquierda lleva décadas intentando corregir la economía por decreto y culpando después al mercado del desastre que provocan sus propias recetas. La vivienda es el ejemplo perfecto.
Si faltan viviendas, los precios suben. Es economía elemental. La solución debería ser igualmente elemental: construir más, liberar suelo, agilizar licencias y dar seguridad a quien alquila.
Pero hacen exactamente lo contrario: intervienen precios, multiplican restricciones, eternizan permisos, encarecen la construcción y convierten al propietario en sospechoso. Resultado: menos viviendas, menos alquiler y precios más altos.
Y ante el fracaso, ¿qué proponen? Más intervención. Es decir, apagar con gasolina el incendio que ellos mismos alimentaron.
Nadie construye ni alquila por obligación patriótica. Si hacerlo resulta caro, lento, inseguro y sometido a reglas cambiantes, muchos propietarios retiran sus viviendas y muchos promotores dejan de construir. La oferta cae y los precios vuelven a dispararse.
La vivienda no se abarata persiguiendo a quien la ofrece, sino consiguiendo que haya mucha más oferta.
Pero reconocerlo exigiría aceptar una verdad que el intervencionismo se empeña en negar: puedes decretar un precio; lo que no puedes decretar es que alguien quiera venderte o alquilarte algo a ese precio.
Primero estrangulan la oferta. Después culpan al mercado. Finalmente utilizan el desastre como excusa para intervenir todavía más.
No están solucionando el problema de la vivienda. Están fabricándolo.