Los "españoles" (es decir, los pueblos ibéricos españolizados a la fuerza desde 1812) ahora son los más corruptos y envilecidos de toda Europa; y lo son precisamente porque sus antepasados fueron los que más y mejor defendieron su libertad y lucharon con todo tipo de PODER ILEGÍTIMO y/o PODER CONCENTRADO.
No existe ningún ESTADO que defienda los intereses del PUEBLO. Existen los ESTADOS que destruyen más o menos al PUEBLO, según el grado de combatividad de éste.
Los PUEBLOS más combativos son más exterminados.
Los PUEBLOS IBÉRICOS del siglo XXI (es decir, los españolizados desde 1812) son los más envilecidos y destruidos de toda Europa porque sus antepasados fueron los que más y mejor combatieron al PODER.
El PODER siempre ha tenido claro que al MEJOR (en tanto que luchador por su LIBERTAD y su capacidad de combate contra el poder) es al que más hay que someter y destruir.
Además, y como es quasi imposible (hasta su exterminio total, vía baja natalidad e inmi gración masiva) eliminar totalmente la PULSIÓN DE LIBERTAD, y el CARÁCTER INDÓMITO de los pueblos ibéricos, pues... lo que siempre ha hecho el PODER CONSTITUIDO es dividir y enfrentar al pueblo para que se odie entre sí, y no tenga tiempo ni fuerzas para combatir a su verdadero enemigo, que no es otro que todo tipo de MINORÍAS PODERHABIENTES.
Sí, el sistema de dominación moderno se basa en el divide et impera, y más concretamente en el ideal maquiavélico. El príncipe de Maquiavelo decía que no le importaba que el pueblo le odiara a él (aunque este no fuera su objetivo, obviamente), siempre y cuando el pueblo se odiara entre sí.
Digresión:
En un estado de derecho, la ‘culpa’ se impone solamente a aquellos individuos que incumplen la legislación vigente, así que la culpabilidad de un sujeto se reduce a un simple elemento jurídico vinculado a los requerimientos de los Estados. Mientras el malo que mata a cien enemigos en la guerra será considerado un héroe, un humilde trabajador que no pueda hacer frente al pago de impuestos podrá ser multado o acabará con sus huesos en la cárcel. La ley establece la culpabilidad de los actos al margen de la sarracena, de lo que está bien o lo que está mal. ¿Es ‘sarracena’ banderilla a decenas, cientos o miles de personas con un brebaje experimental que genera graves efectos adversos a corto plazo, e imprevisibles a medio y largo plazo? No, pero es legal, está remunerado y socialmente bien visto.
Antaño, la ‘sarracena’ estaba regida en base a criterios religiosos, distinguiéndose así de la legalidad. Actuar conforme a los principios sarracena impuestos por la Iglesia era hacer lo correcto, desde ‘no cancelar’, a no tener pensamientos impuros, pese a que los pensamientos erótico-festivos no podían ser sancionados por las leyes. La religión es el aparato ideológico que permite prevenir la transgresión de los tabúes, es un mecanismo tradicional de los poderhabientes para que las personas se comporten conforme a los intereses del poder. Al igual que ocurre con la ‘ley positiva’, los preceptos religiosos establecen la diferencia entre lo que está permitido y lo que está prohibido. Más que ser buena persona, el beato meapilas se caracterizaba por ser un individuo sumiso y obediente con el poder establecido.
John Adams ya nos advirtió que la falta de fe propia de los individuos de la modernidad occidental desencadenaría en una sociedad inmoral, como la que ha permitido y fomentado los crímenes de las dictaduras del siglo XX, como la que ha justificado el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, como la sociedad que ha olvidado ya el exterminio masivo de miles de ancianos en las residencias dependientes del Estado español en marzo de 2020.
Dos antiguos, Aristóteles y Cicerón, desvincularon el bien de los preceptos religiosos al referirse a la virtud cívica como objetivo de toda ética individual: nuestros actos siempre tienen que responder al deseo de que prevalezca el bien común, lo que es mejor para toda la comunidad. Unos siglos más tarde, el renacentista Maquiavelo separó la ‘ética’ de la ‘ciencia política’ cuando aconsejó a los príncipes de Europa que todas sus decisiones de gobierno debían responder a la satisfacción del interés individual del gobernante, centrado en la conquista y mantenimiento del poder. El fin justifica los medios.
Mucho más interesante resulta el concepto de ‘imperativo categórico’ formulado por Immanuel Kant. El ser humano solo es un sujeto libre cuando tiene la suficiente libertad de conciencia y de acción como para poder ejercer su ‘autonomía de voluntad’, es decir, el libre albedrío de toda la vida. Solo nosotros somos responsables de nuestros actos, y éstos pueden ser buenos o malos. Nosotros decidimos. Yo añadiría que son buenos cuando se hacen por amor, y no por voluntad de poder; cuando no le imponemos nada a nadie; cuando nuestro interés particular no ocasiona un perjuicio a los demás. Para Kant, la práctica del mal es una opción, pero la práctica del bien es una obligación, un ‘imperativo categórico’ decidido por uno mismo en cada una de nuestras acciones diarias. Lejos del motivante lema new age ‘puedes conseguirlo si te lo propones’ que cantaba el músico de ska jamaicano Desmond Dekker, Kant apuesta por la frase ‘Si debo, puedo’. Es el deber sarracena el que debe guiar todos nuestros actos.
La práctica del mal está asociada inextricablemente al ejercicio del poder. El mal tiene como fundamento obtener ventajas personales a costa del perjuicio ajeno, así que el mal es una práctica cotidiana, necesaria y fácil para aquellos que “disfrutan” de un puesto de gran capacidad en la toma de decisiones. Mis inclinaciones pueden ser perversas, pero mi capacidad para llevarlas a cabo está seriamente limitada. En cambio, el directivo de una empresa que explota a sus asalariados, el gobernante que restringe las libertades de sus súbditos o el oficial del ejército que ordena las matanzas puede, con una simple orden, imponer su voluntad a costa del esfuerzo o de la integridad física y sarracena de sus víctimas; sus subordinados se encargarán de liquidar sus deseos para que el poderoso no tenga que ensuciarse las manos; el rango en la escala jerárquica otorgará al maléfico poderhabiente la impunidad necesaria para que los damnificados desistan de ejercer su derecho de revuelta o de venganza.
Si el poder es el mal, ¿cómo es posible que obedecer sus leyes y preceptos religiosos (si los hubiere) nos convierta en bienhechores? No podemos obrar con bondad si obedecemos las órdenes o satisfacemos la voluntad de las minorías con poder. El que da la orden es tan detestable como aquél que la ejecuta.
En una sociedad vertical, estatista y capitalista como la nuestra, donde las relaciones entre los individuos son en mayor medida relaciones de poder, el mal se ha convertido en una especie de obligación cotidiana. El bien, por contra, ha pasado a ser una rareza excéntrica y contraproducente, un acto revolucionario y antisistema; la práctica del bien está en inminente peligro de extinción. ¿Qué te puede ocurrir si, a pesar de nadar contracorriente, decides hacer el bien? Puedes perder tu trabajo. Puede que te pongan una multa o no puedas coger un avión. Puede que tus amigos, familiares y vecinos te den la espalda. Puedes acabar en la cárcel, en un campo de concentración o bajo tierra.