PEAK OIL: EL FENÓMENO QUE ESTÁ PROHIBIDO NOMBRAR
Hay una palabra que ha desaparecido sospechosamente del vocabulario político: Peak Oil.
(imagen visible para usuarios registrados)
Durante décadas nos advirtieron de él. El petróleo no se acaba de golpe: la producción alcanza un máximo y después comienza el declive. El problema no es el último barril. Es dejar de disponer cada año de petróleo abundante, creciente y barato.
Y justo cuando nos acercamos a ese límite, dejamos de hablar de él.
Extraña casualidad.
Ahora hay que consumir menos petróleo por el clima. Hay que comprar coches eléctricos. Restringir el automóvil. Electrificarlo todo. Reducir desplazamientos. Transformar las ciudades. Penalizar los combustibles.
Todo por razones distintas.
Pero, milagrosamente, todas conducen exactamente al mismo sitio: consumir menos petróleo.
Y cuando la energía se encarece, siempre aparece otra explicación.
Ucrania. Rusia. Las sanciones. China. Oriente Medio. Ormuz. La guerra de turno.
Todo menos pronunciar las dos palabras malditas: Peak Oil.
El mundo consume alrededor de 100 millones de barriles diarios. Unos 36.500 millones al año. Y cada año hay que compensar el declive de miles de yacimientos simplemente para permanecer donde estamos.
Mientras tanto, las estadísticas mezclan petróleo convencional, shale, condensados, líquidos del gas natural, biocombustibles y demás sucedáneos para mantener la gran cifra tranquilizadora.
Pero la geología tiene una característica desagradable:
no entiende de propaganda.
Una guerra termina. Una sanción se levanta. Ormuz puede reabrirse. Un gobierno puede caer.
Un yacimiento agotado no vuelve a llenarse.
Quizá el gigantesco esfuerzo para electrificar, restringir, racionar y reducir nuestro consumo energético no sea solamente una cruzada climática.
Quizá estemos contemplando la preparación silenciosa para una era de petróleo menguante.
Porque decir «salvemos el planeta» moviliza.
Decir «se acabó la fiesta del petróleo barato» provoca pánico.
Y quizá por eso el Peak Oil ha desaparecido de los medios. De los discursos políticos. De las universidades. De la propaganda...
Lo único que no ha desaparecido es su existencia real.
ROBERTO CASTILLO
Hay una palabra que ha desaparecido sospechosamente del vocabulario político: Peak Oil.
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Durante décadas nos advirtieron de él. El petróleo no se acaba de golpe: la producción alcanza un máximo y después comienza el declive. El problema no es el último barril. Es dejar de disponer cada año de petróleo abundante, creciente y barato.
Y justo cuando nos acercamos a ese límite, dejamos de hablar de él.
Extraña casualidad.
Ahora hay que consumir menos petróleo por el clima. Hay que comprar coches eléctricos. Restringir el automóvil. Electrificarlo todo. Reducir desplazamientos. Transformar las ciudades. Penalizar los combustibles.
Todo por razones distintas.
Pero, milagrosamente, todas conducen exactamente al mismo sitio: consumir menos petróleo.
Y cuando la energía se encarece, siempre aparece otra explicación.
Ucrania. Rusia. Las sanciones. China. Oriente Medio. Ormuz. La guerra de turno.
Todo menos pronunciar las dos palabras malditas: Peak Oil.
El mundo consume alrededor de 100 millones de barriles diarios. Unos 36.500 millones al año. Y cada año hay que compensar el declive de miles de yacimientos simplemente para permanecer donde estamos.
Mientras tanto, las estadísticas mezclan petróleo convencional, shale, condensados, líquidos del gas natural, biocombustibles y demás sucedáneos para mantener la gran cifra tranquilizadora.
Pero la geología tiene una característica desagradable:
no entiende de propaganda.
Una guerra termina. Una sanción se levanta. Ormuz puede reabrirse. Un gobierno puede caer.
Un yacimiento agotado no vuelve a llenarse.
Quizá el gigantesco esfuerzo para electrificar, restringir, racionar y reducir nuestro consumo energético no sea solamente una cruzada climática.
Quizá estemos contemplando la preparación silenciosa para una era de petróleo menguante.
Porque decir «salvemos el planeta» moviliza.
Decir «se acabó la fiesta del petróleo barato» provoca pánico.
Y quizá por eso el Peak Oil ha desaparecido de los medios. De los discursos políticos. De las universidades. De la propaganda...
Lo único que no ha desaparecido es su existencia real.
ROBERTO CASTILLO
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