La gasolina sube un 42% con Ormuz cerrado y la guerra sin salida
La economía de guerra ha dejado de ser una hipótesis de tertulia: es una cifra que aparece en el surtidor. Con el estrecho de Ormuz bloqueado por la escalada entre Estados Unidos e Irán, el precio de la gasolina ha trepado hasta los 4,24 dólares por galón, un 42% más que antes de que comenzaran los bombardeos. Lo que nació como un pulso militar se ha convertido en una factura energética que golpea a las familias occidentales, castiga las cadenas de suministro y reordena el mapa de poder de medio planeta. Y, a la vista de lo que circula, nadie tiene un plan claro para desactivarlo.
Ormuz, el grifo que nadie puede cerrar sin pagar
El estrecho de Ormuz concentra buena parte del crudo que mueve la economía mundial, y su bloqueo —con buques mercantes atacados y rutas alternativas abiertas con urgencia por Omán— ha bastado para convertir el petróleo en un polvorín. La respuesta inicial de Washington fue simbólica y de repertorio viejo: Donald Trump anunció una inversión de 700 millones de dólares para revivir la industria del carbón estadounidense, amparada en la Defense Production Act, una norma de poderes de guerra. Se vendió como un rescate para los mineros, pero la industria lleva décadas en declive y la medida ni toca el problema real, que es el precio del crudo y la interrupción del tránsito marítimo.
El coste se reparte por todas partes. El presupuesto ruso podría ingresar un billón de rublos extra gracias a la situación en Ormuz, según recogía la agencia Tass. El diario británico The Times calculaba que una guerra prolongada con Irán podría costar hasta 2.400 libras por familia británica el próximo año por el encarecimiento de la energía. La factura no es militar: es doméstica, mensual y difícil de esquivar.
Hay quien sostiene que el estrecho nunca dejó de estar abierto para China y otros compradores, y que el verdadero problema son las sanciones y el bloqueo estadounidenses, que encarecen el tránsito para todos los demás. El relato oficial presenta la interrupción como una consecuencia de la guerra; esta lectura la presenta como una herramienta de presión. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez, y eso es exactamente lo que nadie quiere admitir en voz alta.
Bonos, oro y bitcoin: cómo llega el miedo al bolsillo
Uno de los análisis más citados describe el canal por el que una guerra se filtra a la economía real. Los bonos pagan un interés, y cuando mucha gente los vende su precio cae, de modo que el rendimiento efectivo para quien los compra sube. Un bono de 100 dólares que paga un 3% vale bastante menos —y rinde el doble— si alguien lo vende a la mitad. Ese mecanismo es el que traslada el pánico al crédito y, de ahí, a las hipotecas y al consumo de las familias.
Sobre los mercados planea una lectura menos amable. Las bolsas serían el destino final del dinero que se imprime, cada vez más desconectadas de la economía real. Que el cobre esté en máximos no sería una buena noticia, sino una señal de tensión en las materias primas. Que el bitcoin suba como valor refugio tampoco. Y el oro, refugio por antonomasia, encadena una escalada desde 2023 que invita a pensar lo contrario de lo que sugiere el optimismo oficial. De poco sirve que el petróleo baje en el gráfico si llenar el depósito cuesta cada mes un poco más.
La otra pata de ese escepticismo apunta al secuestro de la propia Bolsa por unos pocos actores. El argumento, formulado sin demasiados matices, es que los índices hace tiempo que dejaron de medir la salud de la economía y se han convertido en una herramienta de control. Se puede discutir la exageración, pero el malestar de fondo —que el dinero que se imprime en tiempos de crisis acaba siempre en el mismo sitio— es real.
La geopolítica del bloque: los BRICS y el orden que se resquebraja
Otra línea insiste en que el conflicto no se libra solo en el crudo, sino en la arquitectura de poder mundial. Tomando la paridad de poder adquisitivo, cinco de las diez mayores economías del planeta serían BRICS: China en primer lugar, India en tercero, Rusia en sexto, Indonesia en séptimo y Brasil en octavo. La lectura es incómoda para Occidente: ya no es el único árbitro del comercio, y el cierre selectivo de Ormuz se convierte en un arma de negociación de primer orden.
El eslabón que más se vigila es China. Puesta en una encrucijada a medida que se reduzcan sus reservas estratégicas, tendría ante sí dos escenarios: intentar romper el bloqueo con una batalla naval nunca vista, o asumir su derrota y dejar que Estados Unidos se haga con el control de las cadenas de suministro globales. Ninguna de las dos es cómoda, y ambas tienen consecuencias para Europa, que depende del comercio marítimo para casi todo.
No es casualidad que en este contexto se disparen las preguntas sobre quién aguanta mejor un cierre prolongado. Los países con reservas estratégicas amplias y refino propio tienen margen. Los que dependen del suministro exterior al día, no.
¿Por qué Europa está tan expuesta a la crisis de Ormuz?
Europa es la peor situada de las economías avanzadas, y lo es por una razón sencilla: no controla ninguna de las piezas. Su dependencia del petróleo importado la deja a merced de un estrecho que no gobierna, y su capacidad de respuesta se limita a subsidiar el precio o a resignarse. Hubo quien preguntó, con lógica, si Francia no debería estar menos preocupada por su parque nuclear, que la hace menos dependiente del crudo. La respuesta que circuló fue menos tranquilizadora: parte del uranio africano que alimentaba esas centrales se venía obteniendo a bajo precio y ese grifo también se ha cerrado, mientras las plantas acumulan ya décadas de antigüedad. La energía nuclear protege del petróleo, no de la factura total.
El resultado es una Europa que mira el conflicto con el mismo gesto con el que un viajero mira el cartel de «vuelos cancelados»: sabiendo que el problema no se resuelve con paciencia. Cada semana de bloqueo encarece la electricidad, el transporte y los alimentos, y ninguna de esas subidas se deshace cuando el estrecho reabra. Es el efecto trinquete de las crisis energéticas: sube rápido, baja despacio.
La guerra de la información: lo que no se puede confirmar
El otro frente es la información. En un conflicto así, cada bando emite su parte, y buena parte de lo que circula no resiste el menor escrutinio. Hubo informes de un ataque masivo estadounidense con la supuesta muerte del ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, atribuidos a fuentes partidistas y presentados con etiquetas de «confirmado por Irán» que se desmoronaban a las pocas horas. Hubo también avisos de Teherán sobre ataques inminentes a los aeropuertos de Emiratos, y desmentidos posteriores. Y la propia guerra psicológica —con vídeos generados por inteligencia artificial, alguno difundido incluso por voces supuestamente solventes— ha hecho imposible saber qué es real hasta pasados varios días.
La lección que se extrae es la de no echar las campanas al vuelo. Lo que hace dos días parecía una victoria clara y contundente se consolidó justo al revés. La propaganda por saturación, con cuentas afines repitiendo consignas sin descanso, se ha convertido en un problema en sí mismo: ensucia el debate y hace que la gente deje de creer cualquier cosa que se publique. El frente de la manipulación puede costar tanto como el militar.
Teherán, una potencia a medio construir
Hay un dato que reordena las expectativas sobre el desenlace. Irán genera cada año tantos graduados en carreras STEM como toda la Unión Europea junta. Su población supera a la de Alemania. Según los cálculos que circulan, el país ha perdido durante dos décadas de sanciones una fortuna equivalente a todo el PIB anual de Estados Unidos. La tesis que de ahí se deriva es incómoda para el relato occidental: cualquier pérdida puntual actual sería insignificante frente a la ganancia que supondría la retirada de las sanciones y la reconstrucción posterior.
Si nada lo impide, sostiene esta lectura, el PIB per cápita iraní podría acercarse al de los países occidentales en una década. Es una extrapolación optimista y probablemente generosa, pero explica por qué Teherán se juega «a todo o nada» y por qué el desgaste económico de Occidente —deuda, inflación, racionamiento— preocupa a algunos analistas más que el del propio Irán. Un país joven, formado y con recursos puede permitirse resistir; una población envejecida y endeudada, no tanto.
Yemen entra en juego y descoloca el tablero
El actor que nadie esperaba ha vuelto a mover las piezas. Las fuerzas hutíes capturaron el puerto yemení de Mocha, en el Mar Rojo, tras la retirada de las fuerzas gubernamentales, lo que les permite amenazar el tráfico marítimo del estrecho de Bab el-Mandeb. Lanzaron misiles Zolfacar y Kheibar Shekán contra la refinería saudí de Jizan y la terminal petrolera de Yambu, dejando la refinería en llamas según los relatos que se difundieron. El ataque se produjo con los mercados internacionales cerrados, de modo que su efecto sobre los precios solo pudo intuirse: presión al alza.
El episodio más llamativo fue el del «deepfake» generado por inteligencia artificial: habrían conquistado buena parte de la costa del Mar Rojo después de difundir un vídeo falso en el que un comandante enemigo ordenaba a sus tropas retirarse. Es difícil saber hasta qué punto la anécdota es cierta, pero encaja con un patrón que ya se repite en el conflicto: la información falsa mueve más terreno que algunos misiles. Los saudíes, que según versiones previas estaban arrasando a los hutíes, habrían acabado con más de 15 brigadas derrotadas en el asalto a Saná, y una investigación interna trataría ahora de explicar cómo se pasó de un asalto decisivo a una derrota militar en cuestión de días.
¿Cuánto está costando realmente esta guerra a Estados Unidos?
Más de lo que sugiere la propaganda. Uno de los análisis más repetidos apunta a que las fuerzas estadounidenses están atacando objetivos de bajo valor —radares móviles, camiones lanzadera, defensas antiaéreas— con misiles que cuestan cuatro veces más que lo que destruyen. A eso hay que sumar el combustible de los cazas, el apoyo naval y aéreo y los drones de reconocimiento. Lo verdaderamente valioso, sostiene esta lectura, permanece enterrado en las montañas y no se está tocando.
El balance aparente es de frustración. Irán sigue lanzando misiles que alcanzan bases en Jordania, Kuwait, Catar, Emiratos y Baréin, y habría golpeado una central eléctrica en Kuwait. Tras el ataque a fuerzas estadounidenses en Jordania, Trump prometió «golpear duro» a Irán, y llegó a amenazar con tomar la isla de Kharg. Las amenazas apuntan a una escalada, no a una salida. Cada día que pasa, la aritmética del desgaste pesa más del lado que tenga menos prisa por ganar.
Las salidas que nadie quiere tomar
El conflicto se ha instalado en el territorio más peligroso que existe: el estancamiento beligerante. No hay paz, pero tampoco operaciones decisivas. Los caminos son dos, aunque se presenten como tres. Marcharse y asumir que, con el enemigo en pie, la retirada equivale a una derrota —Vietnam, Afganistán—, o profundizar con todo lo que se tiene y que reparta suertes. La tercera vía, una guerra indefinida de bajo perfil, también tiene quien la defiende: para Estados Unidos no sería tan mala mientras el dólar siga siendo la moneda de comercio mundial, porque guerra significa precios altos del petróleo, inflación, impresión de nuevos dólares y más capacidad de endeudamiento. El problema es que a Israel y a la coalición de gobierno le costaría la cabeza, y en Estados Unidos se pagaría en las urnas de noviembre.
Nadie negocia, además, desde la credibilidad. Quien ha incumplido tres veces sus propios acuerdos previos no puede plantarse en una mesa de alto el fuego sin sonrojo, y las partes lo saben. Eso reduce el margen de cualquier mediación y alarga el bloqueo, que es precisamente lo que encarece la factura energética.
Con la gasolina un 42% más cara, el crédito tensionado y un estrecho que sigue en disputa, la única predicción razonable es que la factura seguirá subiendo. No porque nadie sepa cómo termina esto, sino porque nadie, por ahora, ha demostrado saber pararlo. Si el estrecho se reabre mañana, el alivio llegará a los mercados antes que al surtidor; si no se reabre, la conversación dejará de ser sobre precios y pasará a ser sobre racionamiento. En cualquiera de los dos escenarios, conviene no dar por hecho que alguien tiene el plan.