18 de julio con edredón: cuando el calor no llega a todos
Hay una España que a mediados de julio duerme con nórdico y otra que se cuece a 45 grados. El contraste no es una anécdota: es la prueba de que el relato del calor extremo tiene geografía, según los participantes en el debate. Mientras en el norte y el noroeste se registran máximas de 21 grados y noches que obligan a echarse una manta, en el centro y el sur los termómetros se instalan en la franja de los 38 a los 46. La discusión sobre el
cambio climático se libra, precisamente, en esa brecha.
Un país partido por la isoterma
Los datos que manejan los participantes dibujan dos realidades incompatibles. En el norte, un municipio sin especificar registró este mes una máxima de 27 grados y el resto de jornadas osciló entre 20 y 24. En Asturias, la semana se movió en 23 grados con lluvia intermitente. En Bilbao, 24. En Zamora, a orillas del lago de Sanabria, un termómetro instalado en una autocaravana marcó cuatro grados a las siete de la mañana.
Cuatro. En julio.
Al mismo tiempo, en Madrid y su área metropolitana se alcanzaban 41 grados, en Sevilla se hablaba de 47 y en la zona de Montserrat, al noroeste de Barcelona, se llegó a 45,9. En el sur de Valencia, dos avisos amarillos por calor cubrían un día que, según la descripción de un residente, era un verano vulgar y corriente. La distancia entre unos y otros no es de matiz: es de 40 grados.
El aire caliente que sube desde África
La explicación meteorológica que se maneja en la conversación no es la del CO2, sino la de la geografía. España recibe el aire cálido del continente africano porque está pegada a él, y el centro y el sur son un secarral donde, según una de las acusaciones más repetidas, los alcaldes talan árboles para construir rotondas. La meseta norte también recibe ese aire calentorro, pero lo hace todos los años. La novedad no sería el fenómeno, sino su instrumentalización, según algunos participantes.
Ahí entra el lenguaje. La crítica más repetida es que lo que antes se llamaba calentamiento global hoy se llama cambio climático, y que bajo esa etiqueta cabe todo: si hace calor, cambio climático; si hace frío, cambio climático. La sospecha de fondo es que el término se ha ensanchado hasta ser irrefutable, y que eso lo convierte en un instrumento político más que en una hipótesis científica.
32 grados dentro de casa: el dato que nadie discute
Más allá de la batalla ideológica, hay un dato físico que se impone: la temperatura interior. En una vivienda de Madrid se registraron 32 grados dentro durante todo el día y toda la noche, con ventiladores como único alivio. En otra, los aires acondicionados se pusieron a 16 grados para combatir los 45 de la calle. En Sevilla, alguien los puso a 17. La factura eléctrica de julio se convierte así en el termómetro real del cambio climático, más fiable que cualquier titular, según algunos comentarios.
La discusión sobre el edredón, que parece una boutade, es en realidad una discusión sobre la media nacional. Si en julio conviven los 4 grados de Zamora con los 45,9 de Barcelona, ¿qué temperatura representa a España? La respuesta depende de dónde se ponga el termómetro, y de quién pague la factura de la luz.
El análisis se atasca en el mismo punto donde empezó: no hay una temperatura de España, hay muchas. Y mientras no se resuelva cuál es la que cuenta, el edredón de julio seguirá siendo un argumento tan válido como cualquier otro.