Sandía a 1,90 €/kg: el precio que no cuadra
¿Por qué una sandía cuesta en pleno julio casi cuatro veces lo que costaba hace no tanto? El kilo a 1,90 euros, el melón en la misma órbita y en algún hipermercado directamente ni había. La secuencia que se repite este verano no es un capricho del destino: junio batió récords de lluvia, julio llegó con calor extremo y cero precipitaciones, y el campo español encajó el golpe en el peor momento posible. La pregunta no es si la fruta está cara. La pregunta es quién se queda el margen.
El agricultor cobra 0,70 y el lineal marca 1,90
Un cálculo que circula en el sector es tozudo: el productor percibiría en torno a 0,70 euros por kilo y el consumidor paga 1,90. Entre ambos extremos hay 1,20 euros de recorrido para intermediarios, transporte, cámaras y distribución. Ese diferencial, que no se ha movido en la misma proporción que el precio final, es el que alimenta la sospecha de que la subida no responde solo a la oferta y la demanda.
Los datos de campaña apuntan a un problema real de calendario. La producción al raso se concentra en una ventana muy corta, en torno a veinte días, y lo plantado en marzo y abril se adelanta para San Juan. Cuando eso ocurre, el mercado se satura, los precios en origen se hunden y muchos productores prefieren dejar la fruta en el campo antes que malvenderla. Semanas después, esa misma fruta escasea y el precio se dispara.
La tormenta perfecta: sequía, lluvia y calor extremo
El relato climático tiene su propia lógica. Las lluvias de febrero a mayo y las tormentas de junio alteraron los ciclos de floración y cuajado. La fruta reventó toda a la vez. Y la sandía y el melón tienen un límite de conservación de unos quince días en cámara: ocupan mucho volumen, no aguantan y, cuando el mercado se satura, dejarlas perder sale más barato que moverlas. Después llega el vacío y el precio sube.
Hay quien sostiene que la falta de infraestructuras hidráulicas agrava el problema de fondo: sin agua almacenada no se puede regar, y sin garantía de riego los agricultores no invierten en semillas ni abonos. Otros apuntan a la competencia de producto importado, que llega a precios que el productor local no puede igualar. Las dos explicaciones conviven y ninguna anula a la otra.
¿Por qué hay menos sandía y melón en los supermercados?
La respuesta oficial de las cadenas ha sido la climatología adversa en las zonas productoras. Eso explica la falta de género en algunas tiendas, pero no todo. En el campo se han visto protestas con miles de kilos de sandía y melón tirados al suelo para denunciar que el precio en origen no cubre costes. La paradoja es incómoda: se tira fruta en Almería mientras el consumidor paga a precio de solomillo en la ciudad.
La estadística de importación añade otra capa: el valor de la sandía comprada a Marruecos creció con fuerza en los primeros meses del año. Eso significa que el hueco que deja la producción nacional lo ocupa producto de fuera, con costes de producción más bajos y sin los mismos estándares. El consumidor paga más por fruta que ha recorrido más kilómetros.
El IPC que no cuadra con la cesta de la compra
Mientras el precio de la fruta de verano se multiplica, el relato macroeconómico insiste en que la inflación española está entre las más bajas de Europa. Ambas cosas pueden ser ciertas y a la vez no cuadrar. La inflación armonizada mide una cesta media; la sandía de julio mide lo que mide. Y lo que mide es que un producto con un 90% de agua se vende a dos euros el litro azucarado.
El malestar no es solo por la sandía. La queja se extiende a manzanas, naranjas, patatas, cebollas y pimientos. La percepción dominante es que desde la pandemia y la guerra de Ucrania los precios de la
alimentación básica han tomado una dirección que no se corresponde con los salarios. Discutir si eso es inflación o especulación es, en la práctica, discutir quién paga la fiesta.
Comprar fuera del supermercado: la vía que algunos reivindican
Frente al desabastecimiento y los precios, hay quien propone salir del circuito de las grandes cadenas. Las fruterías locales y las cadenas regionales ofrecerían mejor relación calidad-precio, porque no arrastran la estructura de costes de la gran distribución. La tesis es que el consumidor se ha acostumbrado a un modelo que concentra la oferta en pocas manos y que, cuando esas manos fijan precios, no hay contrapeso.
El contraargumento es que no todo el mundo tiene acceso a ese circuito alternativo y que la frutería de barrio también ha subido precios. La competencia real, si existe, se juega en el margen del intermediario, no en la buena voluntad del tendero. Y ese margen no lo controla el consumidor.
Con el agricultor cobrando 0,70 y el lineal marcando 1,90, la pregunta no es si la sandía está cara. Es cuánto de esa diferencia llegará algún día al campo. De momento, el único que riega con sudor el melonar sigue siendo el que menos cobra.