El turrón que nadie compra: lineales llenos a dos semanas de Navidad
Un dato llama la atención en los supermercados españoles a comienzos de diciembre: las estanterías de turrones, polvorones y mazapanes siguen a rebosar. En tres establecimientos distintos, los lineales dedicados a dulces navideños presentaban el mismo aspecto: producto intacto, pastillas al peso que la gente toquetea y devuelve a su sitio, y cajas sin movimiento. La estampa contrasta con la de otros años, cuando el consumo arrancaba con semanas de antelación. La caída de consumo de dulces navideños se ha convertido en el termómetro inesperado de una temporada que no termina de arrancar.
El fenómeno tiene varias lecturas. Una es puramente económica: el precio del turrón se ha disparado. Otra apunta al cambio de hábitos: el azúcar ha dejado de ser un capricho para convertirse en un problema de salud pública. Y una tercera, más incómoda, señala directamente al bolsillo: la gente tiene menos dinero y prioriza.
El precio del turrón: de 600 pesetas a 14 euros
La comparación es demoledora. Un turrón que en los años 90 costaba 600 pesetas, hoy se vende a precios que multiplican esa cifra por cuatro o cinco. En una conocida cadena de grandes almacenes, una tableta de marca premium alcanza los 14 euros. En supermercados de descuento, el turrón blando con un 70% de almendras ha bajado de 4,50 a 3,40 euros los 250 gramos, y ni así se vende.
El roscón de Reyes no escapa a la escalada: 10 euros en una cadena de distribución y 11 en otra, lo que supone un 40% más que la temporada anterior. La pregunta es obligada: ¿estamos ante una subida real de costes o ante un aprovechamiento de la estacionalidad?
Hay quien sostiene que el turrón industrial es poco más que azúcar refinada con almendras. El cálculo es simple: de 200 gramos de pastilla, casi 100 son azúcar, un ingrediente cuyo kilo cuesta menos de un euro. El margen, por tanto, es abultado. Y el consumidor empieza a hacer números.
El azúcar como veneno: la conciencia que cambia el consumo
La percepción del azúcar ha cambiado. Ya no es solo un capricho navideño: es un ingrediente que una parte creciente de la población evita de forma activa. En el imaginario colectivo se ha instalado la idea de que el azúcar es un veneno, y eso tiene consecuencias directas sobre las ventas de dulces navideños.
La lógica es la siguiente: si el azúcar fue durante siglos un bien escaso y caro, su valor venía precisamente de esa rareza. Ahora que es barato y abundante, ha perdido su aura. La superabundancia repugna. Y si además se percibe como dañino, el rechazo es doble.
Hay quien ha llevado esta lógica al extremo. Algunos consumidores han eliminado por completo los azúcares añadidos de su dieta, incluida la fruta más dulce. El argumento es que, tras años sin azúcar, el paladar se readapta y lo dulce empalaga. La fruta que se consume es cítrica y ácida: naranjas, mandarinas, limones, kiwi, piña, granada. Nada de uvas, cerezas o melón. El resultado, dicen, es un ahorro de entre 10 y 15 euros que antes se gastaban en dulces navideños.
La estafa del turrón: cuando el consumidor deja de picar
El término estafa aparece repetidamente al hablar de los dulces navideños. La acusación tiene varias capas. Primero, el precio: pagar 14 euros por una tableta que contiene mayoritariamente azúcar y aceite de palma parece, a muchos, un abuso. Segundo, la calidad: los turrones de chocolate, señalan, no llevan chocolate sino sucedáneos. Tercero, la fecha de caducidad: se les asigna una vida útil de diez meses para que el comprador no los guarde de un año para otro, aunque en condiciones adecuadas aguantan perfectamente.
La respuesta del consumidor es doble. Unos optan por no comprar. Otros, por hacerlo ellos mismos. La repostería casera vive un momento dulce: bizcochos sin azúcar refinado, polvorones horneados con grasa de ibérico, mantequilla de cacahuete y nata montada natural como sustitutos. El mensaje es claro: si el producto industrial es malo y caro, se hace en casa.
El granel que desaparece y el cívico que se lo lleva
Un detalle revelador: los graneles de dulces navideños están desapareciendo de los supermercados. Ya no hay bolitas de coco, frutas escarchadas ni cerezas con licor a granel. La razón que se apunta es que la gente se los comía antes de pasar por caja. El fenómeno, conocido como el cívico que se apropia del producto, ha llevado a las cadenas a retirar estos formatos.
La anécdota tiene su gracia y su lado amargo. Porque si el granel desaparece, el consumidor que sí pagaba se queda sin opción. Y el que no pagaba, simplemente cambia de estrategia.
La caída de consumo que nadie quiere ver
La conclusión que se extrae de todo esto es incómoda. La caída de consumo de dulces navideños no es solo una cuestión de precio. Es una combinación de factores: precios al alza, conciencia sobre el azúcar, desconfianza hacia el producto industrial y, sobre todo, menos dinero en el bolsillo.
La pregunta que flota en el ambiente es si esta caída es coyuntural o estructural. Si el consumidor ha aprendido a vivir sin turrón, si ha descubierto que puede hacerlo en casa o simplemente ha decidido que no merece la pena pagar 14 euros por una tableta, el sector tiene un problema. Y no parece que la solución vaya a llegar por bajar el precio unos céntimos.
Mientras tanto, los lineales siguen llenos. Y eso, en un negocio que vive de vaciarlos, es el dato que descoloca.