El consumo de pescado se hunde: precios de lujo y cocinas vacías
Como recuerda un participante, hay pescado fresco por menos de cinco euros el kilo. Sardinas, parrocha, bacaladilla, alguna merluza salvaje en oferta. Y aun así el consumo cae. Esa es la contradicción que recorre el asunto desde que saltó a los medios: no falta pescado barato, lo que falta es que el barato deje de ser una excepción de mostrador y que el resto no se pague a precio de carta. El kilo de
salmón de criadero a 25 euros compite mal contra unas chuletas. El
bonito al corte a 10 euros en Hipercor tampoco es una ganga. Y el relato que culpa al consumidor de no saber freír un huevo tiene cada vez menos compradores.
¿Por qué cae el consumo de pescado en España?
El precio es el argumento que gana casi todas las manos. Hay quien sitúa el pescado ya por encima de la gama barata entre
10 y 25 euros el kilo, según calidad y temporada, y a esos niveles la comparación con la carne no se sostiene: por ese dinero entra un entrecot o un costillar. La dorada y la trucha de piscifactoría aparecen como refugio razonable, aunque arrastran el sambenito de las
porquerías de piscifactoría. Y el congelado o la lata, que salen más baratos por ración, se llevan la ventaja añadida de que se almacenan y se dosifican sin prisa.
A esa cuenta hay que sumarle la fiscalidad. La patronal de los grandes atuneros lo repite: en España el pescado soporta un
IVA del 10%, mientras Alemania o Francia aplican un tipo reducido. La petición de rebajarlo o eliminarlo lleva años sobre la mesa.
¿De verdad los jóvenes no saben prepararlo?
Media España se ha apuntado al diagnóstico cultural. Se argumenta que se ha roto la cadena de transmisión: nadie lleva a los hijos al mercado, nadie les enseña a pedir merluza en rodajas desespinada, nadie convierte la cocina en una asignatura. La pérdida de platos típicos y de saber hacer se describe como patrimonio inmaterial que se evapora.
El retrato que circula en los casos más extremos es el de chavales de 13 a 18 años incapaces de hacer la cama, de freír un huevo o de calentar algo en el microondas sin pasarse o quedarse cortos. Suena a caricatura, pero quien lo cuenta asegura haberlo visto en casas ajenas.
Enfrente está el contraargumento más sólido: para hacer unos filetes de caballa a la plancha no hace falta un doctorado. Los gimnasios están llenos de gente comiendo pollo a la plancha a diario, lo que demuestra que el problema no es la técnica sino el precio. Un mileurista que se deja
600 o 700 euros solo en alquiler no compra pescado ni sabiendo cocinarlo, sostiene otro participante. Que los jóvenes no compren jamones Joselito tampoco significa que no sepan cortar jamón.
La caída del fresco arranca en 2022
El corte temporal que se repite sitúa el desplome del consumo de frescos —carne, fruta, verdura y pescado— en el
verano de 2022. Antes, no. Después, en caída libre sin recuperación visible. Una parte del análisis apunta directamente a las
sanciones a Rusia aprobadas desde febrero de ese año y a su efecto sobre los costes energéticos y logísticos; otra parte lo despacha como excusa de manual, la enésima, junto al clima cambiático y a todo lo demás.
Lo cierto es que el fresco se ha convertido en un producto de compra planificada y no de rutina. Quien pisa la pescadería, la pisa una vez cada dos meses. Y quien mira el precio, tira de congelado.
La gamba roja y el futuro del sector
Al problema de la demanda se le suma el de la oferta. El sector pesquero advierte de que la pesca en el Mediterráneo está al borde de la desaparición y de que miles de familias perderían su empleo. El aviso tiene un envoltorio estacional: estas podrían ser las últimas Navidades con gamba roja del Mediterráneo en la mesa. Sostenibilidad, rentabilidad y consumo caen en el mismo saco.
Cómo se compra pescado cuando se compra
La respuesta más repetida no es la pescadería. Es el congelado y la lata, por comodidad pura y dura.
Cinco latas de sardinillas a un euro cada una cunden más que un kilo fresco que hay que limpiar, cocinar y consumir antes de que se estropee. Luego están los packs de excedentes a
cinco euros que algunas pescaderías colocan por aplicación, con los que se llena la nevera y se vacía el mostrador de lo que no se ha vendido.
Detrás hay una logística que funciona como un reloj: el pescado de bajura sale de Vigo de madrugada, pasa por MercaMadrid y llega a los mejores restaurantes en menos de 12 horas; el que se carga en Irlanda cruza en camión frigorífico y está en Madrid en menos de 24. El producto fresco y bien tratado existe. Lo que escasea es quien pueda pagarlo un martes cualquiera.
Con esos mimbres, la pregunta deja de ser si los jóvenes saben o no encender la vitro. Es otra: ¿cuánto aguanta abierto el último mostrador de barrio antes de que la única forma de comer pescado sea abrir una lata?