Yolanda Díaz dimite de Sumar y 24 horas después se queda
¿Se puede dimitir y seguir en el cargo al mismo tiempo? Yolanda Díaz lo ha intentado. La vicepresidenta anunció solemnemente su salida de los cargos orgánicos de Sumar —coordinadora general, un puesto al que había accedido menos de tres meses antes— y,
24 horas después, garantizaba su continuidad en la Ejecutiva, como presidenta del Grupo Parlamentario y como coordinadora en Moncloa. La secuencia, difundida por
La Razón y subrayada por Pablo Echenique, desató una tormenta de ironía: «Salgo ya Pedrooo? Me voy.....no, me quedo», resumía el arranque del debate. La política española vuelve a demostrar que la palabra dada tiene fecha de caducidad exprés.
La dimisión que no fue tal
El anuncio de dimisión se presentó como un gesto de coherencia tras los malos resultados electorales. Sumar había obtenido
3 escaños y un 2,8% de votos en las europeas, un correctivo que, en teoría, exigía una reacción orgánica. Díaz dimitió como coordinadora general, pero mantuvo su escaño, su vicepresidencia y su ministerio. La pregunta obvia —¿de qué dimitía exactamente?— quedó flotando en el aire. La respuesta llegó rápido: de nada que le impidiera seguir mandando.
El argumento oficial es que la dimisión era solo de los cargos orgánicos, no de los institucionales. Una sutileza que en la práctica significa que la líder sigue liderando, pero sin la carga formal del partido. Hay quien lo llama
finta; otros, directamente,
tomadura de pelo. La comparación con la carta de Sánchez —amagar y volver— se instaló de inmediato en el análisis.
Sumar, un partido sin representación en Galicia
El dato más incómodo para la vicepresidenta no es su dimisión fallida, sino el estado real de su proyecto. Sumar no tiene representación en Galicia, la comunidad de la que procede su líder. En las europeas, el partido se quedó en un
2,8% de los votos, muy lejos de las expectativas con las que nació la plataforma. La conclusión que extraen muchos análisis es que el capital político de Díaz se ha evaporado casi tan rápido como su credibilidad.
La gestión al frente del Ministerio de Trabajo tampoco ayuda. Según un cálculo que circula, se le atribuye una reducción del paro mediante un
truco contable: reclasificar a centenares de miles de desempleados para que no figuren como tales en las estadísticas. Es el tipo de medida que mejora el titular pero no la realidad del mercado laboral. Con estos mimbres, la continuidad de Díaz se sostiene más en el aparato que en el respaldo ciudadano.
El PSOE como red de seguridad
La explicación más repetida es que Sánchez le ha ordenado quedarse. «Le habrá dicho Sánchez que hará lo que él diga, qué es eso de dimitir sin su consentimiento», resume una de las intervenciones más citadas. La vicepresidenta no dimite porque su continuidad es funcional para el PSOE: mantiene el flanco izquierdo cubierto sin ceder cuotas de poder real. Es la
política de la buena: dimitir sin irse, ceder sin soltar.
El problema para Sumar es que este movimiento deja al partido en un limbo. Sin coordinadora general, pero con coordinadora en Moncloa. Sin liderazgo orgánico, pero con presidenta del grupo parlamentario. La estructura queda descabezada en el papel y perfectamente operativa en la práctica. Un galimatías que solo se entiende si se acepta que el proyecto es, en realidad, un apéndice del PSOE.
La reacción: de la ironía al diagnóstico
El anecdotario que dejó el anuncio es extenso. Se habló de
dimisión fija discontinua, de
dimisión en diferido y hasta de
dimisión demorada. La comparación con la indemnización del PP a Bárcenas —también en diferido— fue una de las más celebradas. Otros optaron por el diagnóstico político: «Es un personaje que se tiene endiosado. La realidad es que es un mojón de política y la gente ya la tiene calada».
El resumen más repetido es que Díaz ha aprendido del maestro. «Ahí, cambiando de opinión, va aprendiendo del boss Sánchez», señalaba una intervención. La vicepresidenta ha interiorizado que en la política española la palabra no es un contrato, sino un borrador. Y que dimitir, si se hace bien, puede ser una forma de quedarse.
¿Qué pasa ahora con Sumar?
El partido queda en una situación inédita: sin coordinador general, pero con la líder fundadora ejerciendo el mando desde el Gobierno. Los candidatos a sustituirla —si los hay— no han dado un paso al frente. La hipótesis más plausible es que Sumar siga funcionando como una marca asociada al PSOE, sin estructura propia ni voz disonante. La dimisión, al final, ha servido para reforzar su posición, no para debilitarla.
Queda por ver si este movimiento tiene coste electoral. Los datos disponibles apuntan a que Sumar ya ha tocado suelo:
3 escaños y un
2,8% en las europeas. A partir de ahí, cualquier cosa que no sea desaparecer puede presentarse como un logro. La vicepresidenta ha dimitido, sí. Pero sigue ahí. Y eso, en política, es lo único que cuenta.
La dimisión más corta de la historia política española ha durado menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Y lo mejor es que nadie esperaba otra cosa.