Medio siglo sin Franco: el legado económico que nadie se atreve a cerrar
¿Fue Franco un proto-comunista que nacionalizó medio país o un capitalista autoritario que mantuvo intactos los latifundios y el poder de la Iglesia? La pregunta, que parecía resuelta, vuelve cada 20 de noviembre con más ruido que respuestas. En el cincuentenario de su fallecimiento, el debate sobre su herencia económica se ha convertido en un campo de batalla donde la izquierda y la derecha se acusan mutuamente de no haber entendido nada. Los datos, como casi siempre, son más incómodos que los eslóganes.
¿Qué empresas públicas dejó el franquismo?
Una de las acusaciones más repetidas es que Franco copió las políticas de la izquierda: industria pública, vivienda protegida, sanidad y educación estatales. Es cierto que el régimen creó **Telefónica, Endesa, Seat, Tabacalera y las refinerías**, y que el **Ministerio de la Vivienda** impulsó miles de bloques de alquiler limitado. Pero hay quien sostiene que esas empresas no respondían a un modelo socialista, sino a un **capitalismo estatal autoritario** típico de regímenes conservadores. La gran industria estatal nació por necesidad autárquica, no para redistribuir riqueza ni dar poder a los trabajadores. La propiedad privada, los latifundios y la jerarquía social siguieron intactos. Los tecnócratas del Opus Dei gestionaban el invento, no los sindicatos.
La vivienda pública que la izquierda reivindica como propia
El Ministerio de la Vivienda, creado en pleno franquismo, construyó miles de promociones de bloques para alquiler de renta limitada. Según varios testimonios, los alcaldes socialistas posteriores ordenaron arrancar las chapas que identificaban esos edificios para borrar su origen. La gente vivía de forma modesta, pero había un techo. Hoy, con la vivienda como principal queja ciudadana, esa herencia se mira con nostalgia desde ambos lados. El problema es que nadie sabe cuántas de esas viviendas siguen en pie ni a qué precio se alquilan.
¿Fue Franco de izquierdas o de derechas?
La respuesta corta es que no era de izquierdas. La respuesta larga es que el franquismo mantuvo la propiedad privada, los grandes latifundios y el peso de la Iglesia y la oligarquía. No hubo nacionalizaciones a gran escala ni control obrero de la producción, rasgos básicos de la izquierda económica. Las empresas públicas no respondían a un modelo socialista, sino a un capitalismo estatal autoritario. Quienes defienden lo contrario confunden la existencia de un sector público con una ideología redistributiva. Es como decir que la URSS era de derechas porque tenía policía.
El Estado del Bienestar que Franco mal acostumbró
Hay quien sostiene que Franco creó un embrión de Estado del Bienestar —becas, sanidad pública, educación, pensiones— y que los progres se han apropiado de ese discurso. Otros recuerdan que la alfabetización masiva y la escolarización llegaron tarde y mal, y que el país salió de la dictadura con niveles educativos propios del siglo XIX. La discusión sobre quién hizo qué se pierde en la niebla de la propaganda. Lo que está claro es que el régimen no redistribuyó riqueza: mantuvo las jerarquías y dejó que unos pocos vivieran muy bien mientras el resto se apañaba.
La corrupción como sistema, no como accidente
Uno de los hilos más polémicos del debate es el que sostiene que el franquismo fue, desde su primer día, un régimen sistémicamente corrupto. Nació matando y robando, y muchas grandes fortunas actuales tendrían su origen en aquel saqueo institucionalizado. Entre 1939 y 1950, el régimen ejecutó a entre 50.000 y 70.000 personas, y sumando asesinatos extrajudiciales la cifra sube a 120.000-150.000 muertos. El objetivo no era solo eliminar a los desafectos, sino también quedarse con sus bienes. Es una acusación grave que exige pruebas, pero que nadie ha desmentido con datos.
¿Por qué se habla más de Franco ahora que en los 80?
La pregunta es pertinente. Los medios de izquierdas hablan más de Franco que los de derechas, como si aún se hablara de Espartero. El cincuentenario ha multiplicado los hilos, los artículos y los tuits. Algunos lo atribuyen a la necesidad de la izquierda de mantener un enemigo común para cohesionar a su electorado. Otros creen que es la derecha la que aviva el fantasma para movilizar a los suyos. En cualquier caso, el cadáver político de Franco sigue dando de comer a más de uno.
Al final, la pregunta no es si Franco fue bueno o malo, sino por qué seguimos discutiéndolo medio siglo después. Quizá porque nadie ha encontrado todavía la manera de cerrar una herida que nunca dejó de supurar. O quizá porque, como dijo alguien, entre líquido y líquido derramado, siempre habrá dejado más huella una lágrima agradecida que una copa de veneno.