Qué malo era Franco: el mito de la vivienda barata frente a la crisis actual
¿De verdad se vivía mejor con Franco? La pregunta, que suena a provocación de sobremesa, es el eje de una discusión que lleva 576 días activa y acumula 110 respuestas. El punto de partida es una afirmación incómoda: durante el franquismo se construyeron millones de viviendas asequibles y hoy, con más libertad formal, un piso de dos habitaciones supera los 200.000 euros. La comparación no es neutral: mezcla regímenes políticos, contextos históricos y modelos económicos. Pero el malestar que la alimenta es real.
La renta antigua y los 4 millones de viviendas
El argumento más repetido en el cuerpo del artículo es que la llamada renta antigua —un sistema de control de precios del alquiler vigente durante décadas— permitió que familias trabajadoras accedieran a un techo en pleno boom demográfico. Se citan
4 millones de viviendas asequibles construidas desde un país arrasado, muchas de las cuales siguen hoy en el mercado de alquiler. Hay quien sostiene que aquello no fue una política de derechos, sino un mecanismo de control social para evitar conflictos laborales. El dato, en todo caso, es que se construía.
Qué pasó cuando se liberalizó el suelo
La tesis más compartida es que la liberalización del suelo y la entrada de fondos de inversión y entidades financieras convirtieron la vivienda en un activo especulativo. El cálculo que circula es contundente: los grandes compradores adquieren edificios enteros con descuentos inalcanzables para un particular, lo que les permite manipular el precio. La conclusión que se extrae es que sin regulación, construir más no resuelve nada porque donde hace falta vivienda la acaban copando los mismos.
Regulación, regulación y más regulación, resume una de las posturas.
El contraargumento: sin oferta no hay solución
Frente a eso, otra corriente insiste en que el problema es de oferta y exceso de demanda. Se señala que los impuestos sobre la vivienda alcanzan el
25% del precio final y que las restricciones urbanísticas impiden construir en altura. La comparación con otros países es recurrente: en el tercer mundo se levantan bloques de 20 y 40 alturas, mientras en España se pone el grito en el cielo por un edificio de 15. La única salida que ven es construir, construir y construir, sin IVA ni IRPF como en la época que se añora.
El franquismo no fue la quinta potencia
La discusión deriva hacia la historia económica. Se afirma que Franco convirtió España en la quinta potencia mundial en 15 años. La corrección llega rápido: España nunca fue la quinta potencia mundial bajo el régimen, ni en términos económicos ni de influencia. Lo que sí ocurrió fue un crecimiento acelerado a partir de los años 60 gracias a la apertura al comercio exterior, la inversión extranjera y el turismo. El matiz importa porque desmonta la épica sin negar el crecimiento.
El problema de fondo: poder concentrado
Más allá del blanco y negro, aparece una crítica que trasciende bandos: tanto los que añoran el franquismo como los que defienden el sistema actual comparten la fe en el poder concentrado. Se argumenta que el dúo Estado-capital hace biopolítica y que la baja natalidad es consecuencia del progreso, la urbanización y el hacinamiento, no de una conspiración. La libertad, se dice, es consecuencia de la ley y el orden, nunca causa de nada. En Haití hay libertad sobre el papel y casi se prefiere ser cristiano bajo el imperio otomano.
Al final, la pregunta que queda flotando no es si Franco era bueno o malo. Es por qué un país que construyó millones de casas para trabajadores hoy no levanta una sola asequible. Y si la libertad de la que tanto se presume consiste en pagar 200.000 euros por dos habitaciones, quizá el chiste se cuenta solo.