La PS5 a 610€ se come más de la mitad del SMI, según un cálculo que circula en el foro
¿Cuánto tiene que trabajar alguien que cobra el Salario Mínimo Interprofesional para comprarse una consola de videojuegos? La respuesta, según el cálculo que se maneja en la discusión, es que el desembolso supera el 50% de un sueldo mensual. Un pack de PlayStation 5 con un juego ronda los 610 euros, una cifra que en la España de los años noventa habría equivalido a menos de la mitad del salario más frecuente de entonces. La comparación con la Mega Drive, que costaba 30.000 pesetas cuando el sueldo habitual rondaba las 100.000, deja un porcentaje del 30-35%. Hoy, con el SMI como referencia, la proporción se dispara.
El dato no es una simple anécdota de aficionados. Es un termómetro de la pérdida de poder adquisitivo que afecta a los bienes de consumo masivo. La consola ya no es un capricho de ricos: es el juguete de masas por excelencia, y su precio actual la convierte en un artículo de lujo para quien vive del salario mínimo.
El precio de la PS5 frente al salario mínimo
La comparación entre el precio de la consola y el SMI es el eje del malestar. Un pack con un juego —el Fortnite, según uno de los mensajes— se sitúa en 610 euros. Otra versión, con dos juegos, se ha visto a 436 euros. Hay quien recuerda haberla comprado por 349 euros en ofertas puntuales, y quien señala que el precio oficial ronda los 489 euros. La horquilla es amplia, pero incluso el extremo más bajo, 349 euros, supone un tercio del SMI.
La discusión no tarda en derivar hacia la comparación histórica. En 1995, la PlayStation original costaba 60.000 pesetas. A precios actualizados, esa cifra equivaldría a unos 750 euros, según uno de los cálculos que se cruzan. Sin embargo, el salario de un peón de fábrica era de 80.000 pesetas, y el salario bruto más frecuente en España ese año alcanzaba las 180.000 pesetas, según los mensajes. La consola de Sony representaba, por tanto, un tercio del sueldo más común, no la mitad. La NeoGeo, el sueño húmedo de los recreativos, costaba 80.000 pesetas, menos del 50% del salario frecuente. Era cara, sí, pero no tanto como la PS5 hoy.
El argumento de la inflación no cuadra. La inflación acumulada explica parte del encarecimiento, pero no todo. Si el salario más frecuente en 1995 era de 180.000 pesetas (unos 1.080 euros al cambio) y la consola costaba 60.000 (360 euros), el esfuerzo era de un 33%. Hoy, con un SMI que ronda los 1.100 euros, pagar 610 euros por la consola supone un 55%. La proporción se ha invertido.
La caída del precio tras el lanzamiento: una estrategia que se ha perdido
Uno de los puntos más repetidos es que las consolas ya no bajan de precio como antes. La PlayStation original pasó de 60.000 a 27.000 pesetas en un par de años. La Gamecube empezó costando 249 euros y en menos de dos años se encontraba por 99 euros. La PS5, en cambio, lleva cinco años en el mercado y sigue valiendo prácticamente lo mismo. Esa rigidez de precios rompe la lógica del ciclo de vida del producto tecnológico, que solía abaratarse con el tiempo.
La explicación que se apunta es la especulación. La escasez de componentes, la demanda embalsada y la política de precios de Sony han mantenido el precio artificialmente alto, según algunos mensajes. Hay quien recuerda que la consola llegó a venderse de segunda mano por 850 euros. Ese sobreprecio no es un fenómeno aislado: es la consecuencia de un mercado donde la oferta se controla y la demanda no deja de crecer, según esa lectura.
El ocio como necesidad: el debate sobre lo esencial
La discusión deriva hacia un terreno más filosófico: ¿es el ocio un bien esencial? Una parte de los intervinientes sostiene que una consola no es imprescindible para vivir, y que quien no pueda pagarla tiene alternativas. Otra parte responde que el ocio es una necesidad humana, y que reducir el debate a «no es esencial» es el mismo argumento que se utiliza para recortar derechos y condiciones materiales. La comparación con otros bienes no esenciales —el coche, la carne, el pescado, ducharse a diario— sirve para mostrar que la línea entre lo esencial y lo prescindible es difusa y a menudo interesada.
El trasfondo es la pérdida de poder adquisitivo de los salarios más bajos. No se trata solo de que la consola sea cara: se trata de que el salario mínimo no permite acceder a los mismos bienes que hace treinta años. La conversación deriva hacia la política, la globalización y la agenda 2030, pero el núcleo es económico: los sueldos no acompañan.
Alternativas y mercados de segunda mano
Frente al precio de la PS5, se recuerda que hoy existen más opciones de ocio digital que nunca. Juegos de PC, emuladores, consolas de generaciones anteriores, títulos para móviles, streaming y un mercado de segunda mano muy activo. En los años noventa, las alternativas eran la tienda y poco más. Esa variedad debería compensar el encarecimiento de la última generación, pero no elimina el hecho de que el producto estrella del ocio familiar se ha vuelto inaccesible para una parte de la población.
La conclusión, si es que hay alguna, es que el precio de la PS5 no es un problema de la consola en sí, sino del salario que la rodea. Con estos diferenciales, comprar una consola de nueva generación debería ser un lujo reservado a unos pocos. Y lo es. Lo que no cuadra es que se siga presentando como un producto de masas.