Iker Jiménez y el límite de preguntar en la pandemia
Cuatro años después del confinamiento, hay quien sostiene que «ya no se puede ni preguntar». La polémica en torno a Iker Jiménez no discute una opinión concreta, sino el lugar desde el que se pronuncia. El presentador convirtió su programa en una de las pocas ventanas generalistas que cuestionó mascarillas, diagnósticos, protocolos y efectos secundarios durante la crisis sanitaria. De ahí sale la división: para unos es la última voz libre de la televisión; para otros, un engranaje más del sistema.
La clave, dicen unos y otros, es que preguntar no debería ser noticia. Y sin embargo lo es.
¿Qué papel jugó Iker Jiménez durante la pandemia?
Cuando en enero de 2020 el foco estaba puesto en China y buena parte del discurso oficial minimizaba el brote, su programa ya alertaba de que aquello podía ir en serio. Antes de que llegara el confinamiento, con las autoridades recomendando no usar mascarillas y con la manifestación del 8-M en marcha —Carmen Calvo habría dicho que «nos iba la vida en ello»—, el equipo mantenía una tesis opuesta a la oficial. Luego llegó marzo, el relato viró de golpe y el país entero se encerró.
Ahí empezó el equívoco que nadie ha deshecho. Unos recuerdan al presentador avisando antes que nadie; otros, que él también insistió en que la enfermedad era grave y en que la vacuna era recomendable. Las dos cosas caben en el mismo programa, y las dos se usan según convenga para colocarle en un bando u otro.
La crítica: ¿voz libre o parte del sistema?
La acusación más repetida es la de haber formado parte del coro oficial. Se sostiene que, cuando los criterios científicos cambiaban, él se emperró en tener razón desde el principio y acabó alineado con la versión dominante. Enfrente, el argumento contrario es que hizo equilibrios para no perder el puesto: quien habla claro en televisión generalista, se dice, se va a la calle y no vuelve.
De fondo late una sospecha más incómoda: que las preguntas se permitieran solo en la medida en que no tocaran el núcleo del asunto. Una parte de la discusión especula incluso con explicaciones que no cuentan con ninguna prueba, y no por ello dejan de circular. Es la idea que resume la duda con la que arranca el debate: por qué puede preguntar y con qué margen.
Los protocolos hospitalarios, el punto ciego
Aquí el debate se vuelve opaco. Hay quien relata, desde dentro de los hospitales, que se negó pasar consulta con mascarilla para no alarmar a la población, que se rechazaron autopsias para revisar los pulmones y que se aplicaron protocolos de ventilación y sedación sin margen para discutirlos. También se cuenta que se acumularon stocks de antibióticos sin usarlos y que las residencias quedaron desatendidas.
Son testimonios, no historiales verificados, y conviene tratarlos como tales. Pero señalan un lugar que la versión oficial nunca explicó con comodidad: qué se hizo exactamente con los enfermos y por qué. La crítica a los protocolos, a la intubación o al uso de sedantes no tiene, en este debate, una respuesta que la desmienta, y ahí es donde el caso se atasca.
El episodio del Parlamento Europeo
En este terreno circula un nombre propio, el del Dr. David E. Martin, cuya intervención en el Parlamento Europeo se usa como aval del discurso crítico con el origen del virus y con las patentes. Sus adversarios rebaten que no es virólogo ni médico, sino analista financiero, ex profesor y empresario, y que comercia con su propia versión. La discusión, otra vez, acaba menos en los datos que en la credibilidad de quien los firma.
Por qué se dice que al público se le ha olvidado
Hay un argumento que atraviesa toda la discusión: la memoria. Se sostiene que un especial sobre lo ocurrido sonaría a historia antigua, como uno sobre el imperio romano, y que el espectador medio ya ha pasado página. Frente a eso, la respuesta es siempre la misma: los que perdieron a alguien en una residencia no pueden pasar página, y los responsables no han pagado.
Lo que no se ha cerrado
No hay veredicto. Nadie ha demostrado que Iker Jiménez fuera comprado ni que fuera libre al cien por cien; tampoco que las vacunas causaran los problemas de salud que él ha relacionado, sin afirmarlo del todo, con la vacunación. La única certeza es que preguntar, en un medio de masas, sigue teniendo un precio. Y la pregunta de fondo, quién decide qué se puede discutir, sigue sin respuesta.