Un participante atribuye a Garzón negar que construir más vivienda abarate el precio
En el debate se atribuye a Eduardo Garzón sostener que afirmar que construir más vivienda baja los precios es «pelear con los datos». La tesis, lanzada en plena discusión sobre el acceso a la vivienda, choca de frente con el argumento más repetido en cualquier conversación de barra de bar: si hay más pisos, cuestan menos. El problema, señalan quienes rebaten esa tesis, es que el mercado inmobiliario no funciona como el de las naranjas.
España tiene muchas viviendas por cada 1.000 habitantes, pero una parte importante son segundas residencias y pisos dedicados al
alquiler turístico. Si se descuentan del parque total, el resultado deja de ser tan halagüeño. Ese es el primer golpe al argumento de la abundancia: contar ladrillos sin mirar para qué se usan es hacer trampa.
El ladrillo no está donde se necesita
La segunda objeción es geográfica. Liberar segundas residencias o pisos turísticos no resuelve el problema en las grandes ciudades porque
esas viviendas no están allí donde la demanda aprieta. Una casa en un pueblo de Castilla o en la costa no compite con un alquiler en Madrid o Barcelona. Nadie se muda a un municipio de decenas de habitantes para seguir trabajando en la ciudad.
El contraargumento tiene su propia lógica: si el suelo escasea en los centros urbanos y la construcción nueva se concentra precisamente allí,
más obra no abarata nada. Madrid construye más que Zamora y el precio es más alto. Impecable como observación, tramposo como conclusión.
Detroit, Nueva York y el espejismo de la oferta
El ejemplo más repetido es el estadounidense. En
Detroit la vivienda se regala porque la gente se ha ido en masa por falta de empleo. Hay pisos a punta pala por cada 1.000 habitantes y los precios son ridículos. En el otro extremo,
Nueva York tiene poca vivienda por habitante y precios por las nubes. La conclusión que se extrae es incómoda: la oferta no determina el precio, lo hace la demanda.
Aplicado a España, el cálculo que circula es simple: si entran
500.000 nuevos residentes al año y se construyen
40.000 viviendas, y ambos flujos se concentran en las grandes ciudades, no hay margen para que el precio baje. La aritmética no falla; falla el supuesto de que los recién llegados se reparten por igual por la geografía.
Expropiar, construir público o dejar que el mercado actúe
Las recetas se dividen en tres bloques. Unos piden
expropiar a la banca y a los fondos y construir vivienda pública reservada a residentes. Otros avisan de que esa medida dispararía el precio del suelo y estrangularía la oferta. Y un tercer grupo, más escéptico, recuerda que
intentar solucionar un problema de escasez sin construir es de manual.
La ironía recorre el intercambio: si construir sube los precios, habría que empezar a derribar casas para bajarlos. Nadie defiende eso en serio, pero el silogismo deja al descubierto la fragilidad de algunas posturas.
El punto exacto donde el análisis se atasca
Con estos mimbres, la discusión no avanza. Los datos de vivienda por habitante no distinguen uso, los ejemplos internacionales se eligen a conveniencia y la restricción de suelo en las ciudades sigue sin respuesta. Garzón tiene razón en que la oferta no baja precios por sí sola. Sus críticos también: sin construir, el problema no se toca. El cesto sigue lleno de preguntas sin cerrar.