Abascal presidente: el pronóstico que nadie se atreve a firmar
Santiago Abascal no será presidente del Gobierno. Es la conclusión que se repite con más insistencia en un análisis colectivo que arranca con la tesis contraria: alguien sostiene que el líder de Vox es el hombre de confianza de quienes ponen y deponen gobiernos, que el bipartidismo está en horas bajas y que el escenario Bukele llegará a España a corto o medio plazo. La predicción, lanzada con la convicción de quien se juega algo más que un pronóstico, se estrella contra un muro de objeciones que van de la aritmética electoral a la sociología del voto.
El primer golpe a la tesis lo da la demografía. Se argumenta que el PP y el PSOE siguen siendo los partidos más votados en casi todos los tramos de edad, con la única excepción de los menores de 25 años, y que las generaciones que sostienen el bipartidismo tardarán décadas en desaparecer. La conclusión es incómoda para el optimismo: el efecto Bukele no es imposible, pero apostar por Abascal como protagonista es un mal negocio.
Abascal siempre apuesta todo a ser un partido lo más nicho posible, señala un análisis, y esa estrategia solo se rompe si aparece alguien nuevo en la derecha alternativa.
Qué dicen las encuestas por edad sobre Vox
La discusión se enreda en los datos. Un participante asegura que Vox ya es el partido más votado entre los menores de 45 años y que está a punto de serlo también entre los menores de 54. La afirmación se topa con una petición de fuentes y con una respuesta que desmonta el entusiasmo: la única encuesta por edades disponible sitúa a Vox fuera del primer puesto en todos los grupos, y la apuesta de que lidera entre los menores de 25 se presenta como una suposición personal, no como un dato.
El intercambio deja una lección metodológica. Las encuestas por edad son escasas, las muestras pequeñas y las estimaciones varían según quién las cocine. Sobre esa base, construir una mayoría presidencial es un ejercicio de fe.
Vox se mueve entre el 16% y el 19% en las estimaciones, una horquilla que, según se argumenta, debería bastar para darse con un canto en los dientes, no para gobernar.
El sistema electoral como muro infranqueable
El obstáculo no es solo el número de votos. Hay quien sostiene que el sistema de partidos está diseñado desde la Transición para reducir todo a un bipartidismo, y que la ley electoral, con el reparto por circunscripciones y la financiación vinculada a los escaños, convierte a los dos grandes partidos en empresas de colocación y propaganda difíciles de desalojar. La conclusión es que ni con mayoría absoluta se permitiría gobernar a Vox: se especula con pucherazos, con la ilegalización del partido o con la intervención de instancias supranacionales.
Ese relato de fraude se extiende a las instituciones. Se afirma que las entidades supranacionales eligen a sus candidatos de antemano y hacen lo posible para que ganen, y se mencionan el CIS, Indra y Correos como piezas de un mecanismo que, según esta versión, no está respaldado por pruebas. La sospecha se convierte en argumento central para quienes creen que el sistema no es salvable y que toca derribarlo y crear otro desde cero.
El precedente Meloni y el espejo latinoamericano
La experiencia comparada alimenta el escepticismo. Se cita el caso de Meloni, que pasó de prometer expulsiones masivas a reconocer que hacen falta más inmigrantes y a abrazarse con Von der Leyen. El argumento es que gobernar no cambia nada, y que el efecto Bukele español, si llega, será un espejismo. Frente a eso, la tesis inicial sostiene que el escenario se desbloquea cuando Bruselas corta los fondos europeos y medio país vive de ayudas públicas: ahí, y no antes, se liaría de verdad.
La discusión deriva hacia el desgaste del Gobierno. Se afirma que Sánchez caerá por pura podredumbre antes de 2027, que luego vendrían cuatro años de un PP con apoyo de Vox, que ese apoyo quemaría a Abascal y que en 2031 Vox estaría más débil que nunca. La predicción se cierra con un condicional: si para entonces vuelve la izquierda a la Casa Blanca, el escenario se complica todavía más.
El voto prestado y la comunidad de vecinos
El humor recorre el análisis. Abascal será presidente, sí, pero de su comunidad de vecinos. La ironía convive con una crítica más de fondo: se sostiene que el líder de Vox es un perdedor a sueldo, que si quisiera ganar ya habría sido presidente otro, y que el partido está condenado a la irrelevancia mientras no cambie un discurso que empiece a empatizar con los trabajadores.
La etiqueta de ultraderecha se usa como comodín para tapar casos de corrupción, según una de las lecturas, y como freno real para cualquier aspiración de gobierno, según la contraria.
El pronóstico final es una predicción con reservas. Abascal no será presidente, pero el sistema que lo bloquea tampoco ofrece una alternativa clara. La única certeza que deja el análisis es que la discusión sobre el efecto Bukele español seguirá abierta mientras las encuestas no digan lo contrario.