Korwin-Mikke y la eurodiputada que no habla inglés
Un veterano político polaco, Janusz Korwin-Mikke, sostiene en un vídeo que las mujeres son menos inteligentes que los hombres y que deben cobrar menos. Al otro lado del atril, una eurodiputada española responde con gestos y sin datos. El resultado, según varios participantes del debate, es una paradoja incómoda:
el anciano habla inglés y ella no.
El clip, que circula desde hace años, ha vuelto a la conversación pública por una razón que no tiene nada que ver con la neurociencia: la respuesta de la representante española.
No hay un solo argumento, ni una cifra, ni una réplica articulada. Solo aspavientos. Y eso, en un hemiciclo donde se decide normativa que afecta a millones de personas, es un problema de representación, no de género.
Qué dice exactamente el político polaco
Korwin-Mikke, líder de un partido de extrema derecha polaco, ha construido buena parte de su carrera pública sobre provocaciones calculadas. En este caso, su tesis es que las mujeres son «más débiles, menos inteligentes y deben ganar menos». Lo hace en inglés, con un dominio suficiente para que el mensaje llegue sin traducción.
Su biografía, sin embargo, no es la de un tertuliano de sofá.
Fue detenido y encarcelado durante la ocupación nazi de Polonia por participar en manifestaciones estudiantiles y actividades de la disidencia, según se recuerda en el material que acompaña al vídeo. Ese detalle, que no legitima sus opiniones, sí desmonta el marco de «señor mayor que no sabe lo que dice».
La respuesta de la eurodiputada española, en cambio, se quedó en el gesto. No rebatió el dato, no aportó contexto, no desmontó la falacia.
Manzanas traigo, vienen a decir algunos análisis. El problema no es que no supiera inglés: es que no tenía nada que decir.
El argumento de la variabilidad: no es opinión, es estadística
Hay una línea de análisis que sí aporta algo al debate y que suele quedar enterrada bajo el ruido. La distribución de ciertas capacidades cognitivas en la población no es idéntica entre sexos:
los hombres ocupan con más frecuencia los extremos de la campana, tanto por arriba como por abajo. Eso significa más genios, pero también más personas con dificultades severas.
Ese patrón, conocido como mayor variabilidad en la cola masculina, no implica superioridad media. Implica dispersión. Y la dispersión tiene consecuencias prácticas: en los puestos que exigen un rendimiento excepcional, la representación masculina será mayor; en los que exigen constancia y trabajo sostenido, la femenina tiende a igualarse o superar.
Confundir variabilidad con superioridad es el error de bulto que comete el político polaco y que repiten quienes le jalean.
El detalle que descoloca: la mayoría de los trabajos no requieren un genio. Requieren competencia. Y ahí, la diferencia por sexo se diluye hasta desaparecer.
El inglés como termómetro de la meritocracia europea
La anécdota del idioma ha hecho más daño a la imagen de la eurodiputada que cualquier discurso.
En las instituciones europeas, el inglés es la lengua franca de trabajo, con permiso del francés y del alemán. Que una representante electa no lo domine no es un detalle cosmético: es una limitación operativa en comisiones, negociaciones y grupos parlamentarios.
El contraste con Korwin-Mikke, que sí lo habla, refuerza la paradoja. Un político con tesis indefendibles se comunica mejor que una representante que debería encarnar la modernidad institucional.
Ahí está el titular que nadie quiere escribir.
No se trata de exigir un C2 a todo el mundo. Se trata de que quien ocupa un escaño en el Parlamento Europeo pueda defender los intereses de sus votantes sin depender de un pinganillo. Si el criterio de selección es la cuota y no la competencia, el resultado es este.
Cuotas, listas cremallera y el coste de la representación simbólica
El episodio ha reabierto una discusión que en España se cierra en falso cada pocos meses:
cómo se selecciona a los representantes públicos. Las listas cremallera y las cuotas por sexo garantizan presencia, no calidad. Y cuando la presencia sustituye al mérito, el coste lo paga la institución entera.
Hay quien sostiene que sin cuotas no habría mujeres en política. Es un argumento circular: asume que las mujeres no pueden competir en igualdad y, para «protegerlas», rebaja el listón. El efecto secundario es demoledor:
cada mujer brillante que llega por mérito queda contaminada por la sospecha de haber llegado por cuota.
La paradoja final es que el político polaco, con sus provocaciones, ha conseguido algo que el
feminismo institucional no logra: poner el foco en la incompetencia real. No en la de las mujeres. En la de quienes ocupan cargos sin haber demostrado nada.
¿Cuántas eurodiputadas españolas podrían debatir en inglés, sin papeles, sobre política industrial o regulación digital? La pregunta no es retórica. Es la que debería responder el sistema de selección de candidatos.