K2: muere un montañero y la fila sigue hacia la cumbre
Un montañero de 27 años, Mohammed Hassan, murió en el K2 después de que una avalancha lo empujara por una cornisa en la travesía conocida como el Cuello de Botella, bajo el serac próximo a la cumbre. Mientras se quedaba atrás, decenas de escaladores continuaron su ascensión hacia la cima. El caso ha reabierto una pregunta que el ochomilismo arrastra desde hace décadas: qué obligación tiene un alpinista con otro cuando detenerse puede costarle la vida.
Qué ocurrió en el Cuello de Botella del K2
A 8.000 metros de altitud no llegan los helicópteros y la evacuación tiene que hacerse sobre el terreno, con un descenso que ya es crítico para quien baja por su propio pie. En esa cota no se puede permanecer más que unas pocas horas sin arriesgar mal de altura y embolias, y si la noche pilla al grupo lejos del campamento, el desenlace afecta a todos. El paso, además, discurre bajo un bloque de hielo inestable.
Sobre la víctima circulan dos versiones. Una lo sitúa como un montañero más de los que pagan por subir; otra sostiene que era
sherpa, es decir, personal que trabaja en la montaña y que, en ese caso, conocía perfectamente el riesgo. Lo que sí se repite es que no iba equipado correctamente y que ni sus propios compañeros de cordada intervinieron.
¿Se puede hacer algo por un herido a 8.000 metros?
La respuesta mayoritaria en el debate es que no, y el argumento es fisiológico antes que moral. Cargar con una persona semiinconsciente por una ruta en la que alguien sano y entrenado ya va al límite equivale, en la práctica, a condenar a quien intenta el rescate. A esa altitud, sostiene un mensaje repetido, el que se para se muere.
Hay quien lleva el razonamiento al extremo: si cada uno se quedara a acompañar al que cae, y luego otro hiciera lo mismo con él, el resultado sería un rosario de cadáveres congelados enlazados por la empatía. Suena brutal. Y explica por qué en la ruta normal del Everest hay cuerpos señalando el camino desde hace años.
La objeción no es menor: distinguir entre «no puedo» y «no quiero» es imposible desde fuera. Un alpinista retirado relata en ese mismo tramo de la discusión que a 5.000 metros, sin aclimatación, ya se sufren dolores de cabeza y fiebre, y que a partir de ahí cada metro se paga.
El precedente que desmonta el «no se puede hacer nada»
La historia del ochomilismo tiene episodios que contradicen el fatalismo. Iñaki Ochoa de Olza quedó atrapado por encima de los 7.500 metros y hasta allí subieron algunos de los mejores alpinistas del momento, que pasaron cuatro días equipando la pared, subiendo oxígeno y jugándose la vida para bajarle. No lo consiguieron. Su cuerpo sigue en esa cota.
En 1996, en el Kangchenjunga, los hermanos Iñurrategi lograron bajar a un compañero asumiendo un riesgo propio considerable. Y en el Annapurna quedó documentado el caso contrario: un cliente que había pagado por ser guiado a la cima se quedó arriba tras el cambio de tiempo, y quien le acompañaba llegó al campamento y pidió a los porteadores de altura que subieran a buscarlo. La respuesta fue que no.
La conclusión que se extrae de todos esos casos es incómoda: el rescate no depende de la voluntad, sino de que haya gente, medios y margen. A 8.000 metros casi nunca coinciden las tres cosas.
Cuánto cuesta subir al K2 y por qué ya no es cosa de élite
Aquí entra el dinero. Una expedición al K2 se planifica durante años y puede rondar los 40.000 euros por persona, según el cálculo que manejan quienes han pasado por ello. Abortar esa ascensión para auxiliar a un desconocido no es una decisión neutral: es tirar a la basura la inversión y el permiso de una vida.
Ese es el núcleo del reproche económico. La montaña se ha convertido en un producto turístico con lista de espera, y el K2, antes reservado a alpinistas de nivel, empieza a parecerse al Everest: colas, guías contratados y clientes con más presupuesto que horas de entrenamiento. La queja se repite: el verdadero alpinista sube con su cordada, no en
trenecito organizado.
Hay una respuesta que corta el argumento por la mitad: a 8.000 metros todo ser humano, salvo una docena de privilegiados, es un principiante. La montaña no distingue entre el que paga y el que presume de currículum.
¿Capitalismo o simple biología?
La discusión deriva hacia el marco ideológico. Una parte lo lee como una consecuencia lógica del mercado aplicado al ocio extremo: se vende la cima, se cobra por ella y el que se accidenta es un coste que nadie quiere asumir. Otra parte rechaza el diagnóstico con un golpe seco: por qué llamarlo capitalismo cuando lo que ocurre es biología. A esa altura y con esa temperatura, el cuerpo humano impone sus reglas antes que cualquier sistema económico.
El punto intermedio que más apoyo recibe es el regulatorio: impedir que se suba sin equipo ni preparación, obligar a los guías a acreditar experiencia y exigir que, ante un accidente, la ascensión se detenga y se regrese. La contrarréplica es siempre la misma: regular la alta montaña es fácil en un despacho y muy difícil a 8.000 metros.
El paralelismo que cierra la comparación no es la montaña, sino el mar. Los cruceros de lujo navegan sobre rutas donde han muerto miles de personas intentando llegar a Europa. Nadie propone prohibir el crucero.
Ahí se atasca todo. Sabemos que no se puede obligar a nadie a morir por otro. También sabemos que una fila de personas pasando junto a un moribundo dice algo sobre lo que hemos decidido normalizar. Nadie ha encontrado todavía la forma de escribir esa norma sin hipocresía.