El malestar de los jóvenes varones que no encuentran pareja
Varios participantes sostienen que las parejas que se cruzan en cualquier calle siguen siendo, en su mayoría, chicos y chicas de la misma edad y origen. Sobre esa normalidad se superpone otra impresión: quien sale a mirar con atención dice ver un patrón distinto. De Murcia a Madrid, pasando por Alicante, Valencia y Salamanca, circula el relato de un joven que se queda fuera del
mercado de pareja mientras las chicas de su edad eligen a otros. La observación no es un dato estadístico. Es una crónica de calle, y conecta con un
malestar que no sale en ninguna encuesta oficial.
¿Qué se describe realmente en bares y restaurantes?
El punto de partida es una ruta por cinco ciudades y una libreta de escenas. En un restaurante, la mujer saca el billete porque su acompañante no paga. En un hotel de Alicante, una joven aparece especialmente satisfecha con su pareja. En Valencia, una chica de 19 discute con su novio por la cuenta, aunque él ya se había ofrecido a pagarla. Son anécdotas, no muestras. Y ahí está el problema: la conclusión que se quiere extraer es enorme y la evidencia, minúscula.
¿Fenómeno residual o tendencia creciente?
Aquí el asunto se parte en dos. Una línea sostiene que los casos son
absolutamente residuales y que solo se concentran en zonas de costa más degradadas. La contraria afirma que el patrón ya no se limita a perfiles marginales y empieza a alcanzar a chicas jóvenes con opciones de sobra. Frente a la impresión de calle hay un argumento tozudo: la mayoría de las parejas que se ven siguen siendo locales. Y una contra-observación: en fiestas de pueblo, muchas jóvenes rechazan con desdén a los recién llegados. Para unos, señal de que todo esto es residual; para otros, prueba de una tensión que existe, pero no en la dirección que se cuenta.
De la anécdota a la biología: exogamia y atracción por el poder
Cuando falta el dato, aparece la teoría. Una idea muy repetida dice que esto ha pasado siempre y que en otra época el rival era el italiano de turno. La explicación sería
genética: mezclarse con el foráneo evita la endogamia, igual que en una manada de lobos, donde las hembras ignoran a los de su grupo y se sienten atraídas por el desconocido. La analogía animal aplicada a personas incomoda, pero es la que circula.
Otra corriente prefiere hablar de poder. En su versión, se sienten atraídas por las figuras de autoridad y, en un barrio, el joven recién llegado —que va en grupo, tiene urgencia y no teme el conflicto— ocupa ese hueco mejor que un chaval educado. Es una hipótesis sin prueba alguna, reconocida como tal incluso por quien la lanza. Aun así, explica por qué el descontento se dirige menos a la pareja concreta que a un supuesto cambio de jerarquía social.
¿Por qué el joven medio parte en desventaja?
El diagnóstico más citado no apunta al rival, sino al punto de partida propio. El retrato es conocido: un chaval que vive con sus padres pasados los 30, pasa las horas en YouTube, no sabe freír un huevo, pasea el perro de su madre y, como mucho, va dos horas al gimnasio. Frente a eso, alguien sin red familiar pero con soltura aparente aparece mejor situado en la comparación. Hay incluso quien añade una escena de instituto: chavales que copian el corte de pelo y la ropa de los recién llegados, convencidos de que así intimidan, mientras las chicas siguen pasando de ellos. La duda es si la desventaja es económica —emancipación tardía, sueldos bajos— o de habilidades sociales.
El giro de los varones: menos dispuestos, más retirados
En el tramo final asoma una tesis distinta. Ya no se trata de que el varón no pueda competir, sino de que
una parte creciente decide no hacerlo. Se habla de hombres de más de 30 años que han dejado de aceptar el papel de proveedor y de pagar la cuenta; de una retirada que se presenta como
cálculo racional. La idea es que el reparto de esfuerzos estaba mal calibrado y que el gimnasio, el ahorro y la distancia emocional rinden más que la búsqueda de pareja. Ese relato tiene su reverso: si muchos se retiran, quizá no sea por estrategia, sino porque no llegan a las condiciones materiales —vivienda, estabilidad— con las que antes se entraba en una relación.
Del malestar al victimismo
Cierra el arco un argumento incómodo para propios y ajenos. Si gustas a una mujer, viene a decir, es que algo haces mal: mira una cárcel y verás reclusos con pretendientas; mira un club de ajedrez y verás a los más brillantes sin pareja. La formulación es provocadora, pero el fondo apunta a algo comprobable: la atracción no premia siempre lo que la sociedad considera mérito. Queda un cierre menos agresivo, el de quien recuerda que todo esto es
temporal: a los 30 llegan las prisas y entonces se busca a alguien de fiar.
Si el fenómeno fuera tan masivo como sostiene una parte, los registros lo notarían; si fuera tan residual como dice la otra, no daría para tantas páginas de discusión. ¿Es un cambio real en el mercado de pareja o una generación que ha decidido mirar la calle con más atención que nunca?