El vídeo de la niña con una golosina que reabre el debate sobre Gaza
¿Se puede justificar el exterminio de la infancia de un pueblo por lo que esos niños puedan llegar a ser dentro de veinte años? La pregunta, que suena a distopía de manual, es exactamente la que vertebra una discusión que lleva dos años coleando en los márgenes de internet. El detonante: un vídeo en el que aparece una niña pequeña, de rasgos que algunos identifican como kurdos y otros como palestinos, sosteniendo una golosina. La pieza circula con un subtítulo que la presenta como una futura terrorista y, a partir de ahí, el veneno se destila solo. En apenas unos días, el asunto ha pasado de ser una anécdota de redes a convertirse en un termómetro de hasta dónde está dispuesta a llegar una parte de la conversación pública cuando el objeto del debate son niños.
El vídeo que nadie sabe de dónde sale
La primera fractura es la identidad de la protagonista. Hay quien asegura que se trata de una niña kurda grabada tras los terremotos de Turquía, y quien sostiene que es palestina y que el clip forma parte de una campaña de propaganda. No hay verificación posible en el material disponible:
la única certeza es que la niña existe y que la golosina también. A partir de ahí, cada bando proyecta lo que necesita. Unos ven en ella a la víctima inocente que el relato occidental utiliza para justificar lo injustificable; otros, al futuro enemigo que hay que neutralizar antes de que crezca. La niña, mientras tanto, sigue con su caramelo.
De la niña al rabino: cómo se construye un argumento genocida
El salto cualitativo llega cuando el vídeo se enlaza con declaraciones de rabinos que, según se afirma, habrían pedido matar a las mujeres palestinas por parir «pequeñas serpientes». La cita, atribuida a una política que después fue nombrada ministra de Justicia en Israel, se repite como si fuera un hecho probado.
No hay en el material ninguna verificación independiente de esas palabras, pero eso importa poco: la mecánica del bulo es siempre la misma. Se toma una frase escandalosa, se le quita el contexto, se le pone una foto y se lanza a circular. Quien la desmiente llega tarde y con menos altavoces.
El resultado es una escalada retórica en la que cada bando se siente legitimado por los excesos del contrario.
El argumento demográfico: matar niños para evitar futuros militantes
En el centro del huracán está la tesis más siniestra de todas: que acabar con los niños palestinos hoy es una forma de reducir el número de militantes mañana. La idea, que en el material aparece formulada sin ambages, se apoya en una lógica darwinista de manual:
si el enemigo se reproduce, el enemigo crece. Es el mismo razonamiento que utilizan los teóricos de la guerra total desde Sun Tzu, solo que aplicado a bebés con golosinas. Quienes defienden esta postura no la presentan como un crimen, sino como una necesidad estratégica. Quienes la combaten señalan que es, además de moralmente repugnante, contraproducente: cada niño muerto genera diez futuros combatientes entre sus hermanos y primos.
La respuesta del otro lado: «también hay niños israelíes»
La contrarréplica más repetida es que en Israel también hay niños que mueren, y que Hamás no dudaría en masacrarlos si pudiera.
El intercambio de atrocidades se convierte así en un partido de tenis donde la pelota es un cadáver infantil. Se citan los ataques del 7 de octubre, se habla de bebés decapitados y de mujeres violadas, y se exige al adversario que condena lo mismo que condena él. La trampa es evidente: quien entra al trapo acaba legitimando la lógica del ojo por ojo, y el debate se convierte en una competición por ver quién tiene el dolor más grande.
La pregunta que nadie responde es qué se hace con los niños que ya han nacido.
El papel de la propaganda y la fabricación de consensos
En el material se menciona explícitamente la existencia de bulos: los bebés asados en hornos, las violaciones masivas, las decapitaciones. Algunos de esos relatos fueron desmentidos por los propios israelíes semanas después, pero la propaganda sigue dándolos por verdaderos.
La maquinaria de fabricación de consenso funciona en las dos direcciones: unos exageran las atrocidades del enemigo para justificar la respuesta, otros minimizan las propias para no perder apoyos. El ciudadano de a pie, mientras tanto, recibe una avalancha de imágenes sin contexto y se ve obligado a elegir bando antes de haber entendido el conflicto.
El contexto histórico: de 1900 a hoy
El material aporta un dato que conviene no perder de vista: antes de 1900, la población judía en la región de Palestina representaba aproximadamente el
0,6% del total, unas 78.000 personas según fuentes de la época. La transformación demográfica del siglo XX es, en sí misma, uno de los motivos centrales del conflicto. Quienes defienden la posición palestina lo presentan como una colonización; quienes defienden la israelí, como un retorno histórico. Ninguna de las dos narrativas cabe en un tuit, y sin embargo es en tuits donde se dirime todo.
La trampa de la guerra asimétrica
Uno de los argumentos más repetidos es que Hamás utiliza a la población civil como escudo humano, lo que convierte cualquier bombardeo en una matanza inevitable. La guerra asimétrica, efectivamente, difumina la frontera entre combatientes y civiles.
Pero eso no exime a quien bombardea de la obligación de distinguir. El derecho internacional humanitario es claro al respecto: la presencia de combatientes entre civiles no autoriza a atacar indiscriminadamente. Quien lo hace comete un crimen de guerra, y quien lo justifica con el argumento del escudo humano está, en la práctica, blanqueando ese crimen.
La historia juzgará a los que miraron hacia otro lado.
Al final, la niña de la golosina seguirá siendo eso: una niña con una golosina. Lo demás son proyecciones de adultos que llevan décadas matándose y que, por lo visto, necesitan justificar lo injustificable con la sonrisa de una criatura. Si dentro de veinte años esa niña empuña un arma, habrá quien diga que ya lo avisamos. Nadie se preguntará qué hicimos nosotros para que eso no ocurriera.