VOX pierde 39 votos en Cantabria y la derecha busca culpables
En Cantabria, VOX conservó su escaño con
48.788 votos. Son 39 menos que en el recuento anterior. El PP, en la misma circunscripción, sumó
61.354 votos más y se plantó en el 42,09%; el PSOE añadió otros 39.526 hasta el 33,33% y Sumar arañó 894. Una formación resiste casi idéntica mientras las otras se disparan. Sobre ese contraste se ha montado la pelea que domina el análisis postelectoral, con dos nombres en el punto de mira —Michavila y Bustos— y un reproche que se repite: la derecha habría hundido a la derecha por empeñarse en hundir a VOX.
¿Qué dicen los números del escrutinio?
Los datos que manejan quienes discuten el resultado no siempre encajan entre sí. De un lado se repite que el PP sacó
más de un millón de votos al PSOE; de otro, que Sánchez sumó
un millón de votos más que en las generales anteriores. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez y ninguna consuela a quien esperaba una mayoría holgada. En ese hueco ha crecido una acusación de pucherazo que circula sin prueba alguna y que, a fuerza de repetirse, ha acabado funcionando como coartada.
A VOX se le atribuye una caída cercana al
40% de sus escaños y el trasvase de
medio millón de votos hacia el PP. Es la magnitud que convierte una noche mediocre en un problema de supervivencia y la que ha disparado la caza de responsables. Sin ella, no hay relato.
Michavila, Bustos y las terminales mediáticas del PP
El reproche apunta a los comentaristas y a los medios que durante la campaña colocaron a VOX por debajo incluso de formaciones con menos expectativa de voto. Michavila aparece como el caso más citado: su pronóstico de una ventaja abultada del PP sobre el PSOE sirvió, según esa lectura, para desmovilizar al votante de la derecha y, visto el escrutinio, se le ha vuelto en contra. El tono con que se despacha su figura en esos círculos —ovaciones incluidas— dice bastante del cabreo acumulado.
Bustos recibe el mismo tratamiento: se le sitúa como altavoz alineado con el PP y azote de VOX en cada tribuna. Conviene precisar que aquí no hay imputación judicial ninguna: es un ajuste de cuentas por influencia, no un sumario.
Los argumentos que reparten la culpa fuera
La defensa más repetida sostiene que VOX compitió con
todos los medios en contra, incluidos los que se presuponen afines, y que recibió menos minutos de televisión que Sumar. Se añade que el PP le cerró puertas: sin debate directo y sin presencia en los programas de mayor audiencia. Y que la campaña del
«que te vote Txapote», lejos de movilizar, sirvió para activar al votante de enfrente.
Hay una versión opuesta que no exculpa a nadie de fuera. El partido se habría hundido por su propia deriva: la pelea interna que dejó fuera a cuadros con predicamento, el apoyo a Zelensky, la presencia de Steegman o el desgaste de una agenda de toros y antivacunas que no moviliza a su electorado tradicional. El desglose completo por formaciones en Cantabria, con la variación exacta de cada una, dibuja un patrón que el titular nacional esconde.
El fuego amigo dentro del partido
Una parte de la discusión se centra en la cúpula. A Buxadé se le atribuye haber descabezado la organización de los perfiles que conectaban con el votante medio y se le cuelga una etiqueta ideológica que, según esa versión, repele al electorado de centro-derecha. Quienes le defienden responden con su discurso público: rechazo de la Agenda 2030, defensa de la propiedad privada y apoyo a los agricultores. Difícil encajarlo en el retrato que se le hace.
A esto se suma una sospecha recurrente sobre infiltrados en los equipos de comunicación, una teoría sin ninguna prueba que se apoya en la coincidencia de discursos y que, curiosamente, nunca se aplica a los resultados propios.
La autocrítica que no llega
Buena parte del análisis coincide en un punto incómodo: si tras perder casi el 40% de los escaños la conclusión es que la culpa fue ajena, el siguiente batacazo está servido. El ejemplo que se cita es Podemos, desaparecido tras años de atribuir cada descalabro a la prensa, al PSOE y a sus propios aliados. Rodar cabezas cuesta; señalar al de enfrente, nada.
Mientras, en el otro lado de la acera, el PP celebra la victoria y la aritmética parlamentaria le recuerda que tendrá que negociar. Ganar por menos de lo prometido también es perder algo.
¿Está cerrado el recuento?
No. Falta por asignar el voto de los residentes en el extranjero, donde las previsiones que circulan apuntan a que el PSOE ganaría dos escaños y el PP uno, y ese uno saldría precisamente de la cuenta de la formación de Abascal. Cualquier conclusión sobre la debacle o la remontada que se firme antes de ese recuento se firma con lápiz.
Y ahí queda el dato que descoloca: en Cantabria, el partido al que se da por liquidado perdió
39 votos. Treinta y nueve. En la misma papeleta, el PP sumaba 61.354. Algo no cuadra entre el relato del desastre y el escrutinio.