¿Quién tiene la culpa del abuso de las bajas laborales?
¿Está la patronal empeñada en machacar al trabajador o los curritos se han vuelto unos aprovechados? El pulso por las bajas laborales ha vuelto a abrirse con la ofensiva de las grandes empresas contra los permisos por enfermedad. Y el debate, como no podía ser menos, es de brocha gorda.
Por un lado, el discurso de la explotación sin límites: beneficios récord, sueldos de mierda y una cultura empresarial que ve al empleado como un recurso desechable. La bajas se convierten así en la última trinchera del currito frente a un sistema que le quiere esclavo. La conclusión es directa: o la clase obrera se organiza o la van a devorar.
Frente a eso, la visión del funcionario que no se parte el lomo y se coge la baja por un catarro. El relato del paguitero que deja al currante de verdad cargando con el muerto. En 40 años, hay quien presume de solo dos bajas —una gripe y una hernia— y considera vergonzoso faltar por un dolor de cabeza o unas magulladuras. Y luego está el que lo ha visto todo: profesoras que se turnan para pillar la baja y luego se largan a media mañana sin que pase nada.
El asalto de la patronal a la baja médica
La ofensiva no es nueva. Grandes grupos empresariales han intensificado la presión sobre las bajas laborales, acusando a los trabajadores de absentismo masivo. Pero los datos disponibles muestran una realidad más matizada. En muchas delegaciones, conseguir una baja larga no es tan sencillo: los médicos de la Seguridad Social se la piensan dos veces. Incluso hay empresas que conceden cinco días al año sin justificación médica, y apenas se usan salvo en casos evidentes.
La clave está en el sector público. Allí donde el trabajador puede hacer valer sus derechos sin miedo al despido, las bajas parecen más frecuentes. Pero también más vigiladas: la sospecha del enchufado y del que se escabulle planea sobre todos los funcionarios.
El trabajador que se esfuerza y no cobra nada
Lo más sangrante del debate es la desafección del que se deja la piel. «Esforzarse y currárselo en una empresa privada no tiene el menor sentido», se argumenta. El problema es que si eres serio y haces bien tu trabajo, tu jefe piensa que eres imbécil. Y si te pones malo, pagas el pato: no hay valoración, no hay reconocimiento, solo más carga.
La consecuencia es el abandono: «Si no puedes con el enemigo, únete a él». Y así, el que antes era currante deja de serlo, porque total, para qué. Se hunde todo y que arda Troya.
El pulso está servido. La patronal aprieta, los sindicatos callan, y el currito, entre la explotación y el escaqueo, no sabe si bajarse del carro o radicalizarse. Mientras tanto, las bajas laborales se convierten en el campo de batalla donde se dirime quién puede permitirse estar enfermo y quién no.
Ironía: al final, lo único que parece claro es que en España, si trabajas, tienes dos opciones: que te exploten o que te llamen vago.