Ceuta para Marruecos: el desapego obrero choca con la geopolítica
La idea de ceder Ceuta a Marruecos ha vuelto a agitar un debate que ya no se sostiene solo en el nacionalismo. Ahora se cuela la economía doméstica: ¿qué pinta un trabajador que llega justo a fin de mes en una disputa territorial que siente como patrimonio de las élites? «¿Qué tengo yo en Ceuta?», preguntan algunos. La respuesta de los que avisan del peligro es contundente: lo que se cede hoy se reclamará mañana con más fuerza.
El argumento del desapego
La corriente escéptica parte de un hecho sociológico: la clase obrera no ve en Ceuta un interés propio. Salario miserable, alquileres, combustible y facturas; ese es el mapa mental de quien no se siente representado por la bandera. En esta lectura, la oligarquía utiliza la amenaza externa para que los trabajadores defiendan unos intereses que no son los suyos. Y hay más: se establece un puente de solidaridad con los marroquíes humildes que cruzan el Estrecho en busca de oportunidades, frente a una élite que se rasga las vestiduras por «un punto insignificante del mapa».
El espejo de Churchill
En el lado contrario, el análisis geopolítico recurre a la historia. España no ocupó Ceuta, Melilla y Orán por capricho, sino por necesidad: los ataques desde la costa africana eran constantes. Y el Estrecho nunca ha sido una frontera estable; el lado fuerte ha dominado siempre al débil. La advertencia se envuelve con la cita de Churchill: «Entre el deshonor y la guerra elegisteis el deshonor, y tendréis guerra». La analogía con Múnich es explícita: si se cede a Marruecos, la siguiente reclamación será Canarias, y después el resto de la Península.
La cuestión de fondo sigue sin respuesta: ¿desapego legítimo o suicidio estratégico? El debate queda abierto, y el espejo de Churchill no deja de devolver una imagen incómoda.