Un mensaje cifra en setenta y nueve los rescates en Madrigueras
Un mensaje difundido en la conversación cifra en setenta y nueve los rescates en Madrigueras (Albacete), con cinco personas desaparecidas y una mujer mayor fallecida, además de coches arrastrados por la corriente. El agua no eligió ese pueblo por capricho: bajó por donde le dejaron. Y lo que ha dejado al descubierto no es un fenómeno nuevo, sino una cuenta pendiente de siglos entre el urbanismo y los cauces.
La discusión posterior a las inundaciones en Albacete se ha partido en dos relatos que rara vez se miran a la cara. Uno sostiene que esto es la gota fría de cada otoño, agravada por décadas de construcción sobre ramblas y arroyos. El otro responde que el patrón se repite, sí, pero cada vez con más intensidad y menos margen de reacción. Los dos datos conviven sin problema.
¿Por qué se inunda esa zona de Albacete si no llueve tanto?
La explicación que da un participante está en el terreno. Albacete se asienta sobre una llanura endorreica: el agua que cae en las sierras circundantes no encuentra salida natural y se acumula en Los Llanos. Por eso buena parte de la ciudad se levantó sobre lo que fue zona pantanosa, y por eso se han construido canales desde hace siglos, con el
Canal de María Cristina —obra del siglo XIX— como ejemplo más citado para desviar el agua de las inundaciones históricas.
Ahí está el matiz que descoloca a quien espera un culpable único. Si el problema viene de lejos, no todo se explica por el clima de los últimos años. Pero si el problema viene de lejos, tampoco se entiende que se siga construyendo igual encima. Hay quien sostiene que la lluvia torrencial de otoño es propia de este clima desde hace milenios; lo que cambia es qué encuentra a su paso.
El urbanismo que tapa el cauce: la calle Arroyo
El repaso al callejero que hizo un participante da la pista más incómoda. En pleno entramado urbano hay una vía que se llama, literalmente,
Arroyo. En la ortofoto no se aprecia un cauce evidente: todo aparece roturado u ocupado por edificios y calles. El arroyo está debajo, alrededor o debajo de las aceras, según se mire el mapa.
No es un caso aislado. Hay quien sostiene que en la costa valenciana vuelven a venderse pisos en zonas que ya se inundaron, y quien ironiza con que a nadie se le ocurriría poner una tienda en una zona inundable; el chiste funciona porque ha pasado más de una vez.
La cifra que resume el desastre, según el mensaje que circula, es sencilla de contar y difícil de digerir:
79 rescates, 5 desaparecidos y una fallecida en un municipio pequeño rodeado de miles de hectáreas vacías. Sobraba suelo para respetar el paso del agua.
¿Falta mantenimiento en los cauces y en las canalizaciones?
Buena parte de las quejas apuntan ahí. Se argumenta que las administraciones no limpian los cauces ni ejecutan las canalizaciones necesarias, y que el motivo es siempre el mismo: cuesta dinero y no da rédito electoral. El ejemplo que se repite es el de los barrancos canarios, donde la vegetación acumulada estrecha el paso y convierte una lluvia fuerte en un embudo.
También se señala a la Confederación Hidrográfica correspondiente por permitir ocupaciones y por no ordenar los cauces a tiempo. Es terreno resbaladizo: exige competencias, presupuesto y años de obra, tres cosas que no caben en un titular de telediario. Pero cuando el agua entra en el salón, la pregunta de quién debía haber limpiado ya no tiene respuesta técnica.
El patrón se repite cada otoño con la misma coreografía: lluvia torrencial, rescates, coches amontonados y un debate público que dura lo que tarda en secarse el asfalto.