Aliança Catalana ya es primera fuerza en Cataluña
La política catalana afronta un escenario inédito. Los sondeos que sitúan a Aliança Catalana como primera fuerza han dejado de ser una anomalía para convertirse en el nuevo eje sobre el que giran todas las cábalas de pactos. El partido de Silvia Orriols, que hace apenas un ciclo electoral era una nota a pie de página, aparece ahora en las encuestas por delante de Junts y ERC, y con un suelo de voto que los analistas sitúan muy por encima de lo que los sondeos tradicionales le reconocían. La consecuencia inmediata es una aritmética parlamentaria que no cierra por ningún lado: ningún bloque suma mayoría absoluta, y los dos perdedores del nuevo reparto tienen incentivos para bloquear al ganador.
El mapa de bloques que impide gobernar
El Parlament ya no se divide en dos bloques, sino en tres. El independentismo clásico, representado por Junts y ERC, pierde fuelle frente a una formación que compite por el mismo electorado pero sin la mochila de la gestión. El bloque constitucionalista, liderado por el PSC, se mantiene como primera fuerza de la oposición pero sin capacidad de sumar con los partidos que le harían falta. Y en medio, Aliança Catalana, que ni encaja en el eje izquierda-derecha tradicional ni en el eje soberanista-no soberanista tal y como estaba planteado.
La consecuencia es que cualquier combinación posible exige que alguien se trague un sapo. El PSC podría intentar un tripartito con ERC y los Comunes, pero se queda corto. Junts podría intentar un gobierno con ERC y Aliança, pero las heridas mutuas son demasiado recientes. Y Aliança, que es el partido que más ha crecido, no tiene socios naturales: Vox es la antítesis de su discurso, y el PSC no va a pactar con quien le disputa el relato en materia de inmigración. El resultado es un Parlament donde el ganador no puede gobernar y los perdedores pueden bloquear indefinidamente.
¿Por qué Aliança Catalana crece en las encuestas?
Hay un dato que explica buena parte del fenómeno: el voto de Aliança no viene de la nada. Una parte significativa de su electorado procede de Junts, que ha visto cómo su base más dura se desplazaba hacia una opción que no ha participado en la gestión autonómica y que no arrastra el desgaste de los pactos con el PSOE en Madrid. Otra parte viene de ERC, desencantada con la deriva del partido hacia posiciones más moderadas. Y un tercer contingente, más pequeño, procede del PSC, especialmente en comarcas donde la cuestión migratoria ha pasado a ser el primer problema para los votantes.
El perfil de este votante no es el del independentista histórico. Es un votante que prioriza el control de la inmigración, la seguridad y la gestión de los servicios públicos por encima de la agenda soberanista clásica. En algunas comarcas, la suma de Aliança y Vox supera el 30% de los votos, un dato que hace una década habría sido impensable en territorios que fueron bastiones del progresismo. La pregunta que sobrevuela todas las quinielas es si ese crecimiento se traducirá en escaños cuando llegue la cita electoral, o si el efecto encuesta se diluirá como ha ocurrido otras veces.
El escenario de bloqueo y sus salidas
Con estos números, el escenario más probable no es un gobierno estable, sino una repetición electoral o un gobierno en minoría que dependa de abstenciones tácticas. La experiencia de otros parlamentos autonómicos muestra que la política catalana tiene una capacidad de sorpresa que desmiente todos los pronósticos. Lo que sí parece claro es que el ciclo político que comenzó en 2017 con el procés ha entrado en una fase distinta, donde las etiquetas tradicionales ya no sirven para describir la realidad del voto.
El dato que descoloca no es que Aliança lidere las encuestas. Es que, con estos números, el sistema político catalán no tiene forma de formar gobierno sin que alguien renuncie a sus principios declarados. Y eso, en política, suele ser el preludio de una repetición electoral.