EEUU no puede recuperar a su astronauta y Rusia lo trae a casa
Una astronauta estadounidense tenía previsto volver a Tierra en junio. Su nave, la que debía traerla, se quedó en tierra: había posibilidades serias de que acabara convertida en una bola de fuego. La solución pasó por subirla a una
Soyuz rusa, más fiable según el relato que circula, y aterrizar en Kazajistán, donde la recibieron los rusos. El episodio, que se ha difundido con sorna por medio mundo, deja una pregunta incómoda: ¿por qué la primera potencia tecnológica depende de Moscú para devolver a su propia gente del espacio?
Qué ha pasado con la astronauta y la Soyuz
El punto de partida es sencillo: una misión estadounidense que debía cerrarse en junio y que se ha alargado porque la nave prevista no ofrecía garantías. La decisión, según el planteamiento inicial, fue no arriesgar y recurrir a la
Soyuz MS-25. El aterrizaje en Kazajistán y la recepción por parte de equipos rusos han alimentado la tesis de que la tecnología occidental hace el ridículo también fuera de la atmósfera.
Hay quien sostiene que el episodio no es un accidente aislado, sino la punta de un iceberg: la NASA lleva años subcontratando, y eso ha ido comiendo capacidad propia. La ironía es que el rescate lo firma el mismo país al que se sanciona. En el fondo, el detalle que más incomoda no es la Soyuz, es la factura política.
La tecnología rusa frente a la NASA: qué dicen los datos
La corriente crítica con el relato oficial recuerda que las naves rusas funcionan «como un reloj» mientras las estadounidenses se atascan. Se apunta a que la NASA ha ido abandonando el desarrollo propio y se ha parapetado detrás de empresas privadas para que no cante el fracaso. El argumento de fondo: si los proyectos Mercury, Gemini y Apollo dejaron tecnología, ¿por qué no queda nada operativo de aquella época?
La respuesta más repetida es la
subcharcuterización: subcontratación en cadena, proveedores que solo buscan cobrar y una cadena de control que se ha ido aflojando. El resultado, sostienen, es una cápsula que debía probar diez años de diseño y dos vuelos no tripulados previos y que no termina de arrancar. La comparación con la tecnología militar —bombarderos de los años cuarenta todavía en servicio— se usa como prueba de que lo viejo no siempre es lo peor.
El caso Starliner y los astronautas varados
El foco se desplaza después a la
Starliner de Boeing. Dos astronautas salieron para ocho días y pueden quedarse ocho meses. La nave que debía traerlos no está en condiciones, y la NASA estudia cómo devolverlos. La discusión se encona cuando se plantea si la Crew Dragon de SpaceX podría resolverlo: una parte defiende que la empresa de Musk se pule a cualquier operador público o privado, lanza el 75% de los cohetes del mundo y tiene varios años de ventaja sobre Boeing.
La otra parte responde con el argumento del prestigio: no se trata de capacidad técnica, sino de no agrandar el bochorno de Boeing retrasando el retorno. El cálculo más optimista asume que SpaceX lanza cuando la NASA firme el contrato; el escenario pesimista parte de que un viaje tripulado no es un satélite y no se improvisa. Entre ambos, el dato que descoloca: la astronauta ha vuelto en una nave rusa.
¿Por qué EEUU depende de Rusia para volver del espacio?
Porque la nave estadounidense prevista no ofrecía garantías y la alternativa rusa estaba operativa. Esa es la explicación que se sostiene en el material, sin adornos. A partir de ahí, las lecturas se bifurcan: unos ven una humillación estratégica en plena guerra de Ucrania; otros, un simple problema de calendario industrial.
Lo llamativo es que el episodio se produce después de que en marzo de 2022 los medios occidentales ya publicaran que Rusia quería dejar a un astronauta en el espacio. Entonces se dijo que las sanciones podían dificultar el envío de naves. La Soyuz llegó y el problema se resolvió. Quien quiera ver un patrón, lo tiene fácil.
El ridículo del amo y la guerra de relatos
El tono del intercambio va subiendo. Se habla de «anglosajón» incapaz, de la primera potencia con el culo al aire, de un país que será segundomundista cuando caiga el dólar. También hay quien recuerda que Rusia acumula el triple de accidentes espaciales y diez veces más hundimientos de submarinos, y que comparar a un país con el PIB de Italia con la primera economía mundial es de gilipollas. La discusión, en fin, es un campo de batalla más de la guerra cultural.
El detalle que cierra el círculo: la astronauta ha vuelto. El resto —quién gana el relato, quién pierde prestigio, cuántos meses tardará la próxima cápsula— sigue abierto. Y nadie ha explicado todavía por qué la primera potencia tecnológica necesitó una nave de los años sesenta para traer a casa a los suyos.