Anthony Hopkins y el consejo de cavar zanjas que divide a internet
Un tuit con un vídeo de Anthony Hopkins y una sola frase —«A cavar las zanjas»— ha bastado para reabrir una de las discusiones más viejas del capitalismo: si el éxito depende del esfuerzo individual o de la cuna en la que uno nace. El actor, dos veces ganador del Oscar y no estadounidense, aparece en el clip lanzando un mensaje de fe en uno mismo y de perseverancia que ha sido recibido con entusiasmo por unos y con una mezcla de burla y cabreo por otros. La discusión, de casi dos años de recorrido, ha ido mutando desde el elogio del oficio actoral hasta el análisis de la meritocracia, la suerte y los contactos como verdaderos motores del triunfo.
Qué dice exactamente el mensaje de Hopkins
El núcleo del vídeo es simple: hay que creer en uno mismo, fijarse metas firmes y no dejarse llevar por la corriente. Quien no lo hace, viene a decir, acaba siendo «una barquita a la deriva a merced de la sociedad». La idea no es nueva, pero el envoltorio sí: la declamación de Hopkins, su ritmo y su autoridad escénica hacen que el mensaje suene a verdad revelada. Varios comentarios destacan precisamente eso, que el actor «partió la pana en Hollywood» y que su forma de decir las cosas vale tanto como lo que dice.
La reacción mayoritaria, sin embargo, no ha sido aplaudir. Buena parte de las respuestas han ridiculizado la premisa con ejemplos extremos: si basta con creer, un hombre de 1,60 metros podría jugar al básquet como Michael Jordan o alguien con un coeficiente intelectual bajo podría ganar el Nobel de Química. La conclusión que se repite es que el talento, o se tiene, o no se tiene, y que ninguna cantidad de fe suple esa carencia.
El papel de la suerte y de los contactos en el éxito
El argumento más repetido contra el mensaje es el de la lotería. Que a Hopkins le haya funcionado no implica que funcione para el resto: hay quien sostiene que la mayoría de quienes aplican la misma filosofía con la misma intensidad no llegan a ninguna parte, y que el actor es, en el fondo, un acertante de un premio muy improbable. La distribución del poder, la riqueza y las oportunidades, se argumenta, se concentra en círculos concretos, y lo que llega al resto son migajas.
En esa línea, se ha recordado el viejo dicho de Hollywood según el cual para triunfar conviene tener tres cosas: mucho talento, buenos contactos y un padre millonario, preferiblemente en orden inverso. Se citan casos de estrellas con apellidos ilustres y se subraya que la suerte —estar en el casting adecuado, dar con el papel correcto— es un factor que ningún esfuerzo individual controla.
El contraejemplo del talento que no se entrena
Frente al «cree en ti» hay una objeción más dura: hay habilidades que no se adquieren con voluntad. Se ha puesto el ejemplo de un instructor de un cuerpo de élite que advierte a sus aspirantes de que hay algo que se tiene o no se tiene, y que sin eso se puede entrenar cien semanas sin resultado. La misma lógica se aplica al boxeo: hay quien tiene las manos de algodón y la mandíbula de cristal, y por mucho que entrene no va a cambiar su anatomía.
Ese realismo no es derrotismo, según quienes lo defienden. Es la constatación de que el éxito tiene un componente de selección previa que el discurso motivacional ignora. Y de ahí salta la crítica al «pensamiento disneysiano»: la idea de que si la rana lo desea con fuerza se convierte en príncipe, o de que quien empieza repartiendo el correo acaba de director.
El giro político del debate: zanjas, pandemia y censura
Con el tiempo, la discusión derivó hacia terrenos menos abstractos. Varios mensajes han vinculado la metáfora de cavar zanjas con la resistencia a las políticas sanitarias de la pandemia, recordando que quienes se negaron a vacunarse quedaron fuera del relato oficial y aguantaron la presión. El argumento es que ellos sí estaban cavando zanjas mientras otros doblaban la rodilla, y que el tiempo les ha dado parte de razón con cambios políticos que nadie esperaba.
El momento de máxima oscuridad es justo antes del alba, resume uno de esos mensajes, que pone el foco en que ni los ricos ni los contactos ni los padres millonarios garantizan nada, y que la perseverancia silenciosa acaba teniendo consecuencias. La discusión, en ese punto, ya no va de Hopkins: va de quién tiene derecho a dar lecciones y de qué significa resistir.
El incendio de Hollywood y la ironía final
El cierre más amargo llegó con la lista de propiedades afectadas por los incendios en Hollywood. Entre los nombres citados aparecen James Woods, Billy Crystal, Ben Affleck, Mark Hamill, Anthony Hopkins, John Goodman, Reese Witherspoon, Guillermo del Toro, Adam Brody, Miles Teller, Mandy Moore, Cobie Smulders y Cary Elwes, entre otros. La coincidencia ha servido para devolver la pelota: parece que va a ser él el que tenga que ponerse a cavar zanjas otra vez hasta que llueva.
La ironía no oculta el dato de fondo: las mansiones perdidas no cambian la tesis de que el éxito depende de factores que escapan al control individual. Si acaso, la refuerzan. Con estos mimbres, la predicción más razonable es que el vídeo de Hopkins seguirá circulando cada cierto tiempo, y que cada vez que lo haga habrá alguien dispuesto a cavar zanjas y alguien dispuesto a explicar por qué cavar no basta.