¿Gana España si caen EEUU y Reino Unido?
¿Se beneficia España de que Estados Unidos pierda su hegemonía y Reino Unido se desintegre? La pregunta, que suena a consigna de tertulia, tiene detrás un rosario de agravios concretos: el apoyo estadounidense a Marruecos en el Sáhara, la negativa de la OTAN a reconocer Ceuta y Melilla como españolas, los aranceles a productos españoles y el refugio europeo a los independentistas catalanes. Sobre esa base, una parte del análisis sostiene que la guerra en Ucrania es una oportunidad para España: país alejado del frente, con buen clima y un IBEX que, según se afirma, ha caído menos que el resto de bolsas mundiales desde el inicio del conflicto. La tesis del juego de suma cero —que a otros les vaya mal nos va bien— tiene defensores y detractores encendidos.
El agravio como punto de partida
El planteamiento inicial no es nuevo: España, se argumenta, ha sido maltratada por sus propios socios. Estados Unidos reconoció el Sáhara como marroquí, la OTAN no respalda la españolidad de Ceuta y Melilla, y Washington impone aranceles a productos españoles. A eso se suma el histórico: Cuba, Filipinas y Puerto Rico. La conclusión que se extrae es que ni Washington ni Londres son aliados fiables, y que Bruselas tampoco ha estado a la altura al amparar el independentismo catalán.
Frente a esa lectura, otra corriente recuerda que España no es un actor neutral: impuso sanciones a Rusia que se volvieron contra los intereses económicos propios, y que Moscú ha jugado la carta catalana cuando le ha convenido. El intercambio de golpes no es de un solo lado.
El cálculo geoeconómico: clima, turismo y bolsa
El argumento más repetido es el del privilegio geográfico. España está lejos del frente, no depende del gas ruso para calentarse y atrae divisas turísticas de todo el mundo. Se afirma que el IBEX 35 ha sido la bolsa que menos ha caído del mundo desde el inicio de la guerra, un dato que se lanza sin desglose pero que sostiene la tesis del beneficio colateral.
Hay quien va más allá y sostiene que, en caso de crisis sistémica, la gente querrá vivir en España antes que en Alemania o Londres. La respuesta es implacable: el turismo viene quince días a achicharrarse y a echar tres polvos, no a quedarse. Y el clima, con el aire acondicionado apagado, es un infierno.
¿Es sostenible el discurso del «que se jodan los demás»?
La visión de suma cero tiene un problema lógico: si a los demás les va mal, a España también. Reino Unido es un mercado relevante para las exportaciones españolas y una fuente constante de turistas. La UE es el principal socio comercial. La caída de uno arrastra al otro.
El escenario que se dibuja como ideal —Rusia y Estados Unidos desgastándose, China abriendo un frente, el norte de Europa pasando frío— ignora que España vende coches a Alemania, servicios a Reino Unido y compra energía a quien puede. La neutralidad suiza se cita como modelo, pero Suiza tiene las tres mayores capitalizaciones de Europa y una reserva de divisas que España no tiene.
El giro hispanoamericano y la tentación del aislamiento
Una corriente minoritaria pero persistente propone mirar a Hispanoamérica en lugar de a Bruselas. El argumento: compartimos idioma, cultura y los países de la región no nos miran por encima del hombro como los europeos del norte. Las empresas españolas podrían vender tecnología e importar materias primas. El problema es que esa alianza no existe como bloque político y las inversiones españolas en la región llevan años estancadas.
La conclusión que se impone es más modesta: España necesita aliados, y los tiene imperfectos. La caída de Estados Unidos y Reino Unido no llenaría ese vacío, lo agrandaría. La ironía final es que quienes más celebran el declive ajeno son los que menos han calculado qué pasa después.