Guerra de Ucrania: nadie tiene los ases y nadie firma la rendición
Ucrania no se ha rendido. Y aun así, la idea de que Rusia está ganando la guerra se ha instalado con la fuerza de un hecho consumado, hasta el punto de que quien la discute tiene que empezar explicando por qué el conflicto continúa.
El punto de partida, según McFly, es tajante: la contienda estaría finiquitada, duraría lo que Rusia quisiera y estaría desangrando a Occidente, con una
victoria moral añadida para el Kremlin. La réplica más repetida es mucho más prosaica:
Ucrania no se ha rendido, y mientras no lo haga, el marcador sigue abierto.
Ucrania no se ha rendido: el punto que desmonta el titular
Ni Rusia puede ocupar el país entero ni Ucrania está en condiciones de recuperar todo lo perdido. Si se acepta ese empate de fondo, la guerra deja de ser una rendición en marcha y se convierte en una puja por llegar en la mejor posición posible a un futuro acuerdo de paz que nadie ha convocado todavía. El matiz reordena el relato entero.
Un participante resume el marcador con
tres negaciones: no ha habido colapso económico ruso, la munición no se agotó en los dos meses que se daban por descontados y el bando ucraniano no ha recuperado territorio. Con esas cartas, el anuncio de victoria suena a vaticinio prematuro. La guerra se sabe cómo empieza, nunca cómo acaba.
¿Qué significa ganar la guerra? De Donbass a Járkov
Aquí empieza el problema de verdad. Si nadie define qué es ganar, cualquier desenlace sirve para proclamar victoria. Una parte del análisis sostiene que el objetivo inicial era derrocar el gobierno de Kiev y que ese objetivo ha fracasado: si de verdad se hubiera buscado, se habrían movilizado
el triple de tropas y de material. La otra lectura responde que el propósito declarado fue siempre otro, la desmilitarización del este del país, y que ahí la partida se juega en el Donbass.
Entre medias, el objetivo se estira y encoge según sopla el frente. Hay quien pide rematar lo que queda del Donbass y dar por bueno el resultado. Hay quien coloca
Járkov en la
quiniela y quien avisa de que la meta es tan vaga que puede acabar significando cualquier cosa. El problema no es la falta de versiones: es que todas caben.
Sanciones, rublo y el frente económico que no se derrumba
El frente económico debía decidir la guerra, y no lo ha hecho. Una de las conclusiones más repetidas es que las dos potencias han fracasado precisamente en su punto fuerte: Occidente en el arma económica, Rusia en la militar.
Un participante repasa el comercio exterior para concluir que el bloqueo se queda corto.
China es el principal socio de Moscú, por delante de Bielorrusia y Kazajistán, y sus exportaciones son sobre todo materias primas. Con ese perfil, deduce, las sanciones tienen poco donde morder, salvo quizá en un flanco incómodo:
el oro. La ironía sobre
el éxito del rublo circula como estribillo.
En el capítulo energético, un participante defiende una tesis incómoda para todos: la luz ya estaba cara antes de la invasión. La guerra no habría creado el problema, solo lo habría adelantado un par de años, porque los compradores asiáticos iban a llamar a la puerta igualmente.
El rearme europeo y el perdedor que muchos señalan
Un participante lo resume así:
Europa pierde pase lo que pase. Otro apunta a un armisticio seguido de un rearme europeo de escala desconocida desde la Segunda Guerra Mundial, con Polonia, Alemania y los países del Este multiplicando varias veces la capacidad rusa.
Ese escenario coloca a Moscú ante la misma trampa que ya le pasó factura en la Guerra Fría: gastar un presupuesto indecente en armamento para no quedarse atrás. La superioridad balística actual tendría fecha de caducidad. Y quien se forraría, según esta línea, es la industria armamentística estadounidense.
Alto el fuego sin acuerdo de paz: una hipótesis recurrente
Una hipótesis recurrente no es la de una rendición, sino la de
un alto el fuego sin acuerdo. Un escenario de tipo
Nagorno Karabaj: los disparos paran, la paz no llega y la normalización entre Bruselas y Moscú queda congelada durante años.
Para Washington, esa congelación sería especialmente interesante. La lectura de fondo sostiene que la entrada de la OTAN en el tablero ucraniano buscaba precisamente separar a Europa de Rusia, y que ahora Bruselas no puede soltar la mano de Kiev sin romper su propio relato. En ese equilibrio inestable, Polonia y los países bálticos funcionan como
correa de transmisión de los intereses estadounidenses en el continente.
El coste territorial y humano lo paga Ucrania. Circulan estimaciones de un
20% del territorio perdido, buena parte de la salida al mar y tres millones de habitantes menos. A eso se añade un horizonte europeo que se aleja: un mínimo de
diez años para entrar en la Unión y ninguna perspectiva real de ingresar en la OTAN.
Queda el argumento que nadie ha conseguido cerrar: ganar militarmente no siempre equivale a ganar la guerra, porque lo que se firma en la mesa pesa a veces más que lo que se conquista en el campo. Si ni Moscú puede ocupar el país entero ni Kiev recuperar lo perdido, ¿qué estaría dispuesto a firmar cada uno?