Transnistria, el segundo frente que Ucrania sopesa abrir
Para salvar Mariúpol, atacar Transnistria. La tesis la publica un medio digital ucraniano y viene escoltada por una cifra incómoda: en esa franja separatista de Moldavia hay
2.000 soldados rusos, un arsenal de primera magnitud y, sobre el papel, poca capacidad de aguantar una ofensiva. El razonamiento tiene su lógica militar. El problema es el de siempre: lo que cabe en un artículo de opinión no siempre cabe en el terreno.
Por esas fechas, la propuesta circulaba con la misma naturalidad con la que se comenta el parte diario del Donbás, y eso ya dice algo del momento. Porque el texto no se limita a sugerir un bombardeo: dibuja una operación completa, con objetivos, botín y justificación legal, y la cuelga de una sola idea, que sin un golpe en el suroeste no hay forma de rescatar a los prisioneros ucranianos.
Qué propone exactamente el artículo ucraniano
El planteamiento es explícito: la única oportunidad de salvar a los prisioneros de Mariúpol pasaría por «la desmilitarización de la Transnistria ocupada». El texto sostiene que Moldavia no tiene fuerza para recuperar por sí sola lo que considera parte legítima e íntegra de su territorio, y concluye que Ucrania tendría derecho a intervenir por su cuenta.
La lista de motivos es lo más concreto del documento, y ahí está el detalle que conviene desmenuzar. Habla de capturar miles de prisioneros rusos para canjes, de eliminar la amenaza de un avance que conecte a las tropas rusas con su base, de cerrar un supuesto agujero negro de contrabando en la frontera, de incautar arsenales y de liberar a dos brigadas ucranianas hoy amarradas a vigilar ese flanco. También afirma que el territorio es una fuente de terrorismo internacional desde la que se trafican armas. Esa última acusación, conviene decirlo, no llega acompañada de prueba alguna.
Las palabras del 22 de abril que lo activan todo
El detonante tiene nombre y fecha. El 22 de abril, el comandante adjunto del Distrito Militar Central,
Rustam Minnekayev, anunció el objetivo de conectar por tierra las tropas rusas desplegadas en el sur de Ucrania con la base militar de Transnistria, y lo justificó aludiendo a «hechos de opresión de la población de habla rusa».
Leído desde Kiev, ese anuncio es algo más que propaganda: convierte una región congelada en la retaguardia del enemigo. Y a partir de ahí la discusión se parte en dos. Unos ven la ventana de oportunidad que describe el artículo; otros, un modo bastante eficaz de ampliar el conflicto a un tercer país y regalarle a Moscú el pretexto que le falta.
Kolbasna, drones y disparos: la escalada sobre el terreno
Mientras se discute la teoría, en el terreno pasan cosas. Fuentes transnistrias denunciaron la presencia de drones procedentes de Ucrania en la zona de
Kolbasna, donde se ubica un almacén de armas de primer orden, y disparos dirigidos hacia ese asentamiento. Las autoridades de la región descartaron pedir ayuda militar a Rusia —no veían motivo, decían— aunque reconocían mantener contacto permanente.
En paralelo, Aleksei Arestovich, asesor del presidente Zelensky, dejó caer que Ucrania podría intervenir militarmente en Transnistria. Entre el artículo, los drones y la declaración, el flanco suroeste dejó de ser un problema teórico.
Dos mil soldados no invaden un país
Aquí el análisis se enfría. Los efectivos rusos en Transnistria son fuerzas de paz desplegadas tras la guerra entre Moldavia y la región separatista. Dos mil hombres no ocupan Moldavia, y la pregunta de para qué querría Rusia hacerlo se contesta casi sola: no necesita invadir nada para sostener el relato que ya tiene montado.
Lo que sí hace ese contingente es obligar a Ucrania a mantener tropas mirando hacia el oeste. Ese es el coste real, y también la razón por la que la tentación de quitárselo de encima resulta tan atractiva sobre el mapa.
¿Puede Ucrania sostener dos frentes a la vez?
La objeción más frecuente no es jurídica, es de aritmética. Abrir un frente en Transnistria significa restar hombres al Donbás, y ahí las cuentas no salen: se apunta a que Kiev prohibió la salida del país a los varones en edad militar, a que las bajas son elevadas y a que se han producido rendiciones por centenares en algunos puntos. Nada de eso viene con cifras verificables, pero la dirección del argumento es clara.
Frente a eso, otro análisis sostiene que el número de soldados importa menos de lo que sugiere la intuición. La
densidad de fuego —la potencia que es capaz de desplegar cada combatiente— permite hoy mantener un frente con muchos menos hombres que hace ochenta años, y añadir tropas por encima de cierto umbral no mejora gran cosa la operación. El ejemplo que se cita son los enfrentamientos entre chinos y estadounidenses en la Guerra de Corea, donde concentraciones enormes de efectivos no cambiaron el resultado de batallas concretas.
La clave, en esa lectura, no son los números sino los reemplazos y el tiempo. Una división que entra en combate duro puede perder dos tercios de su personal en dos meses, y el tercio superviviente acaba rindiendo como la unidad completa. Los que llegan después cargan con casi todas las bajas. Es un proceso industrial, y por eso la pregunta pertinente no es cuánta gente tiene Ucrania, sino cuánta puede reponer.
El detalle que casi nadie mira: quién vive allí
Hay una objeción que no tiene que ver con mapas ni con logística. Según esta, buena parte de quienes integran los grupos armados de Transnistria son ucranianos que allí hacen frente común con los rusos contra los moldavos, étnicamente rumanos. Si eso es así, una intervención ucraniana mataría más ucranianos que otra cosa antes de tocar un solo depósito ruso.
Es el tipo de dato que desmonta un plan sin necesidad de discutir su legalidad. También el más difícil de colocar en un artículo que empieza hablando de salvar vidas.
Con estas piezas sobre la mesa —2.000 soldados, un arsenal codiciado, dos brigadas inmovilizadas y un vecindario donde las banderas no separan a nadie con limpieza—, la pregunta deja de ser si Ucrania puede tomar Transnistria. La pregunta es cuántos ucranianos caben en el precio de abrir un frente nuevo, y nadie ha puesto todavía esa cifra encima de la mesa.