Permiso de fin de semana, una anciana de 91 años y 400 euros para el bingo
¿Cómo es posible que una mujer condenada a 144 años por matar a tres ancianas en 2006 volviera a entrar en la casa de otra, sola, con permiso penitenciario y sin que nadie la vigilara? Remedios Sánchez, nacida en Boimorto en 1957 y conocida en prisión como «La Reme», salió con permiso de la cárcel de Teixeiro el viernes 3 de octubre. Ese día conoció en la calle a Carmen G. V., Carmiña, de 91 años, y acabó en su cocina del barrio coruñés de Monelos. Las cámaras de seguridad que el hijo de la víctima había instalado en la vivienda grabaron la conversación amistosa. También grabaron la mesa puesta a las 13.51. Horas después, Carmiña aparecía muerta en el aseo.
El certificado de defunción firmó «insuficiencia respiratoria aguda». La autopsia preliminar dijo otra cosa:
asfixia mecánica, homicidio, entre las 12 y las 16 horas de ese mismo 3 de octubre. Si el hijo no llega a revisar las grabaciones antes del entierro, la muerte habría quedado como natural y nadie habría ido a buscar a Remedios. La investigación arrancó de ahí: de un pendiente tipo perla sin pareja hallado en un joyero de la habitación, que no era de la difunta. El 15 de octubre, la Policía Nacional registró su celda en Teixeiro y encontró el otro pendiente.
Qué se sabe del caso de la anciana asesinada en Monelos
Los datos del atestado son concretos. Remedios entró en la casa tras conocer a Carmiña ese mismo día en la calle, según las fuentes de la investigación citadas. La víctima llegó a invitarla a comer. En la sobremesa, presuntamente, la asfixió. Se llevó entre
400 y 500 euros en metálico que la mujer guardaba en unos sobres. Después volvió al piso donde pasaba el permiso, se duchó y salió al Bingo de Cuatro Caminos. Es el mismo patrón por el que fue condenada en Barcelona en 2006: Josefa C.V., de 83 años; Adelaida G.C., de 96, y María S.R., de 76. Robar, matar y fundir el botín en el bingo.
La secuencia de la cocina, con platos y cubiertos sobre la mesa, es la prueba que sostiene la imputación. Una cámara en un mueble del recibidor y otra sobre un televisor en la esquina de la cocina. El fotograma de las 12.58 y el de las 13.51. Sin esas imágenes, sin el pendiente, sin la autopsia, el caso se habría cerrado como una muerte natural más de una nonagenaria que vivía sola.
Por qué una condena de 144 años permite salir de permiso
Aquí está el nudo del asunto. El sistema penitenciario español no acumula penas hasta el infinito: existe un límite legal de cumplimiento efectivo y los permisos ordinarios se conceden por clasificación, conducta y pronóstico. Remedios, a sus 68 años, tenía destino en la lavandería, sin incidentes de comportamiento, según el funcionario del penal citado. Perfil bajo. Respetaba las reglas. Ese es el material con el que trabajan las juntas de tratamiento.
El problema es que ese material no distingue entre un recluso que se adapta y un recluso que sabe adaptarse. La discusión que recorre el caso no es si la ley permite el permiso —lo permite—, sino si alguien con tres homicidios de ancianas a la espalda, cometidos para robar y jugarse el dinero, debía estar en la calle sin supervisión. El Juzgado de Instrucción número 6 de A Coruña ya ha enviado un exhorto a todos los partidos judiciales de Galicia para revisar si alguna otra salida coincide con la muerte de alguna anciana más. Es decir: la investigación asume que puede haber más.
Quién responde cuando un permiso acaba en homicidio
Nadie. Esa es la respuesta corta y la que explica el tono de la conversación pública. El juez de vigilancia penitenciaria dirá que aplica la ley. La junta de tratamiento dirá que evaluó con los informes disponibles. El psicólogo dirá que el pronóstico era favorable. La fiscalía dirá que no se opuso. Y la ley la hacen los políticos, que a su vez dirán que los jueces son independientes. La cadena de responsabilidad se disuelve en cada eslabón.
Hay quien sostiene que el fallo no es de una persona sino del diseño: un sistema que trata la reinserción como objetivo único y la protección de terceros como consecuencia deseable. Y hay quien responde que sin permisos no hay reinserción posible y que renunciar a ellos sería volver al cumplimiento íntegro de las penas, algo que la Constitución no permite. Las dos cosas son verdad a la vez, y por eso el asunto no se cierra.
El pendiente, la autopsia y el detalle que lo cambió todo
La investigación no empezó por una sospecha policial. Empezó porque un hijo había puesto cámaras en casa de su madre de 91 años para controlar lo que pasaba. Vio a una desconocida. Llevó el dato a la Policía Nacional. Los agentes registraron la vivienda y encontraron un pendiente tipo perla sin pareja en un joyero. No era de Carmiña. Fueron a Teixeiro, evacuaron a todas las reclusas al patio para hablar a solas con Remedios, registraron su celda y localizaron el otro pendiente. La actitud de ella, según el funcionario citado, fue tranquila en todo momento.
El detalle importa porque mide la fragilidad de todo el sistema: la única razón por la que este homicidio no quedó impune fue una cámara doméstica y un joyero revisado a tiempo. La mayoría de las muertes de ancianas que viven solas no tienen ni lo uno ni lo otro.
Con estos mimbres, la pregunta razonable no es qué pena se le añade ahora a Remedios —da igual, ya no le cabe ninguna más—, sino qué informe, qué firma y qué junta decidieron que esta mujer podía pasar un fin de semana en la calle. Ese papel existe. Alguien lo firmó.