El paseo de la fama de Hollywood se convierte en termómetro del fentanilo
El paseo de las estrellas de Hollywood ya no es solo una acera. Es un diagnóstico. La imagen difundida del bulevar, descrita por quien la compartió como «una película de terror», muestra, según quienes la comentan, personas en situación de calle y consumo a la vista de los turistas en una de las calles más fotografiadas del mundo. La postal no es nueva: lo nuevo es la sustancia que la protagoniza.
Fentanilo y xilacina son las dos palabras que recorren la conversación. Y una tercera, más incómoda: política. Porque el paseo de la fama funciona como campo de batalla donde se dirimen a la vez el fracaso del modelo urbano estadounidense, el negocio farmacéutico y las etiquetas ideológicas de siempre.
Qué se ve en Hollywood Boulevard más allá de las estrellas
Quien ha pisado la zona describe un tramo turístico transitable y un perímetro que se degrada en cuanto uno se aleja dos manzanas. El Teatro Chino, el recinto donde se entregan los Óscar, los disfraces y la sede de la Cienciología siguen en su sitio. Alrededor, lo que varios relatos coinciden en señalar es gente sin hogar, consumo de sustancias y la sensación de que la vigilancia termina justo en la frontera del circuito turístico.
La recomendación que se repite es antigua: no alejarse de ese eje cuando cae el sol. Ya en los noventa se advertía de lo mismo, y la escena de
Pretty Woman en Sunset Boulevard —Richard Gere recogiendo a la protagonista— funcionaba como retrato de una calle que nunca fue ejemplar. Lo llamativo no es que exista miseria en Los Ángeles. Es que haya llegado al kilómetro cero del turismo mundial.
Del fentanilo a la xilacina: la mezcla que alcanza ya a la cocaína
Una información de
New York Post reproducida en la discusión apunta a que la xilacina, un tranquilizante de uso veterinario, ha entrado en el suministro de cocaína y está alcanzando a consumidores que no buscaban opiáceos. La combinación con fentanilo, se argumenta, agrava el daño físico hasta la necrosis de la piel de quienes la consumen.
Aquí se rompe la unidad. Unos leen el fenómeno como consecuencia inevitable de años de opioides recetados con generosidad por la industria farmacéutica, cuyos responsables, según esa lectura, salieron sin castigo. Otros lo reducen a un asunto de adicción y salud pública, sin culpables empresariales. Y una tercera lectura, que circula con más ruido que datos, sostiene que la situación se tolera de forma deliberada; nada de lo aportado respalda esa sospecha.
¿Se receta fentanilo en España? Los parches que se dispensan como calmante
En la conversación se afirma que aquí se receta «con bastante alegría» en su versión transdérmica, con parches de
DUROGESIC administrados como calmante del dolor. Es una afirmación de parte que no se puede verificar y que conviene tratar como lo que es: una advertencia sobre el uso extensivo de un opioide potente, no un diagnóstico clínico.
El vínculo con la escena estadounidense es indirecto pero evidente. Parte de lo que allí se consume en la calle procede, según se sostiene en el hilo, de opioides que antes pasaron por la farmacia. Esa continuidad entre el botiquín y la acera es el hilo del que tira toda la conversación, y también el que menos se quiere mirar.
Barcelona, Bilbao y San Francisco: comparaciones que se cruzan
Una parte del análisis sostiene que el deterioro urbano es el resultado previsible de gestiones municipales de izquierda y cita Barcelona o Bilbao como ejemplo. La comparación no se queda sin respuesta: se replica con las ciudades rusas, a las que un participante atribuye muchos más mendigos y drogadictos, y con la propia San Francisco, que otro describe como impecable y muy superior a Los Ángeles.
El problema de fondo es metodológico. Se comparan fotografías, no series de datos. Y una fotografía siempre la elige alguien. La misma acera puede parecer un plató de terror o una calle normal según el encuadre, la hora y lo que se quiera demostrar. Ahí no hay debate posible, solo propaganda con distintos acentos.
El contrapunto de quien ha vuelto: California, «otro país dentro de Estados Unidos»
No todo el material apunta en la misma dirección. Quien acaba de pasar quince días allí sostiene que la mayoría de los consumidores van
a su aire y que el conjunto no es tan extremo como sugiere el vídeo. Añade que San Francisco le pareció una ciudad impecable y muy superior a Los Ángeles.
Su relato incluye la parte que no sale en los vídeos: el desierto de Mojave a 50 grados, Sierra Nevada con picos de 4,5 kilómetros y cuatro horas de trayecto entre ambos. California, resume, parece otro país dentro de
Estados Unidos. Puede que ese contraste —paraíso y miseria en el mismo estado— sea la única
postal completa posible.
Predecir aquí es arriesgado. Si la mezcla de fentanilo y xilacina sigue extendiéndose por el suministro y las políticas urbanas no cambian, el bulevar seguirá siendo una atracción turística con guion de serie B. Y si las cifras de sobredosis se estabilizan, la imagen aguantará igual: barata, viral y muy útil para discutir de política sin hablar de adicciones.