Perdiguero, arrollado al volver del trabajo: siete costillas rotas
Con un parte de lesiones que parece más propio de una emboscada que de un accidente, el subinspector de la Policía Nacional Alfredo Perdiguero sigue en la UCI del Hospital 12 de Octubre de Madrid. Ocurrió el 22 de agosto: un coche lo arrolló cuando volvía del trabajo. El balance, según la información que difundió su hermana Lola en X, son siete costillas rotas y cuatro vértebras dañadas. Consciente, pero con heridas que obligan a meses de recuperación.
Qué se sabe y qué no se dice del atropello
La noticia, publicada por Libertad Digital, no aporta datos sobre el vehículo ni sobre el conductor. Tampoco se ha informado de detenciones. La paradoja es inevitable: el mismo Estado que detecta de forma automática un coche que contamina o una baliza mal puesta no encuentra, o no dice encontrar, al autor de un atropello que ha enviado a un policía a la UCI. El contraste alimenta todas las lecturas.
Hay quien recuerda que Perdiguero no era un agente anónimo: días antes había denunciado en un vídeo la situación de Ceuta, en un testimonio cuyo momento más citado se sitúa en el minuto 7:45. De ahí a sospechar que el atropello fue un mensaje hay un paso que muchos dan sin red. Pero no hay una sola prueba pública de intencionalidad. La hipótesis más simple —un accidente de tráfico— sigue siendo la más probable hasta que la investigación diga lo contrario.
El ruido de los casos anteriores
El escepticismo no nace solo de este suceso. En el ruido de fondo aparecen referencias incómodas: el policía vinculado al caso GAL que murió en un extraño accidente de moto, la investigación del atentado de Vidal Cuadras o el largo historial de asuntos en los que la versión oficial nunca terminó de encajar. Esos precedentes no prueban nada sobre Perdiguero, pero explican por qué una parte de la ciudadanía desconfía del primer relato.
La coincidencia temporal con la tensión en Ceuta y la falta de comunicación oficial convierten el caso en un caldo de cultivo perfecto para la teoría de la conspiración. El problema para la credibilidad institucional no es que existan sospechosos sino que el silencio deje un vacío que se llena solo. Cada día sin respuesta, el accidente parece más deliberadamente extraño.
El dato que descoloca: en plena era de cámaras, reconocimiento de matrículas y geolocalización, un atropello contra un policía que se había convertido en incómodo sigue sin autor conocido. A estas alturas, el TAC de Perdiguero es la única prueba que no admite discusión.