Año y medio sin harinas: los análisis que dejaron de salir bien
¿Qué pasa cuando los análisis que mejoraron al dejar el pan vuelven a torcerse año y medio después? Ese es el caso que abre esta discusión. Una persona con ácido úrico alto de origen genético eliminó harinas y azúcares durante
18 meses, bajo seguimiento de un profesional de la
alimentación y con controles periódicos de sangre y orina. Al principio todo cuadró: el ácido úrico, que rozaba el máximo por arriba, se estabilizó. Pero en los
dos últimos meses la urea se disparó, el ácido úrico volvió a rebasar el límite y la GPT ALT, que nunca había dado problemas, superó el máximo. Su conclusión no es una receta, es un aviso: quien cambie su alimentación debe controlarse con analíticas
mínimo tres veces al año.
Qué come alguien que sigue una dieta baja en hidratos
El detalle importa, y aquí falta la mitad. El relato del afectado describe su patrón: nada de harinas, hidratos solo procedentes de fruta y verdura, azúcar cero salvo la fruta diaria y
miel casi todos los días, con cerveza fuera de ese guion. La proteína, en cambio, pasó a ser mucho más abundante que antes. Al ver los resultados, redujo la ingesta de proteína «bastante» y subió los hidratos para intentar corregir la tendencia. Nadie ha publicado el desglose de gramos ni los porcentajes de cada macronutriente, y esa ausencia es justo lo que reclaman los más críticos: sin saber cuánto comía antes y cuánto come ahora, cualquier conclusión se sostiene en el aire.
¿Por qué sube la urea cuando se recortan los hidratos?
Porque quitar hidratos no tiene relación directa con la urea: lo que la dispara es el exceso de proteína y la falta de agua para eliminarla. Es el argumento que más se repite al analizar el caso. En dietas hiperproteicas hay que beber mucha agua —litros— y ayuda algún diurético natural como el café, hasta orinar claro. Otra lectura va en dirección opuesta: urea, ácido úrico y GPT son parámetros multipropósito, sus niveles altos pueden deberse a multitud de causas y, en los valores descritos, hablarían de una llamada de atención leve y no de una alarma. Entre las hipótesis se cuela también la del paracetamol o el alcohol como factores a descartar antes de rehacer el análisis.
El error de sustituir hidratos por proteína en vez de por grasa
La tesis dominante sostiene que el problema no fue quitar el pan y la pasta, sino con qué se rellenó el hueco. Cambiar hidratos por proteína castiga riñón e hígado; el sustituto natural sería la grasa de calidad, no el filete. Sobre la fruta y la miel hay consenso incómodo: es azúcar, se mire como se mire, y el cuerpo la traduce igual. A eso se suma una contradicción lógica que se lanza contra el propio relato: no se puede comer mucha proteína y mucha grasa a la vez, porque uno de los dos macros nunca será tanto como se afirma. El desglose que se reclama —menú tipo, porcentajes antes y después— sigue sin aparecer, y sin él cada bando coloca la cifra que le conviene.
Las cifras que cada bando usa como bandera
Los defensores de las dietas altas en hidratos echan mano de la estadística: los patrones que mejores resultados han dado históricamente llevan carbohidratos a partir del
60%, grasas por debajo del
20-25% y poca presencia de productos de origen animal. Enfrente, la corriente contraria recuerda que los preceptos oficiales fijan un tope del
15% de proteína y que, sin problemas renales, ese techo se podría doblar sin consecuencias. Entre medias se citan pueblos como referencia —los Inuit, los Hunza— y se discute hasta el último decimal de su longevidad. Ninguna de esas sociedades sirve como ensayo clínico, y ahí es donde el intercambio de estudios deja de avanzar.
Casos con analíticas impecables tras años sin hidratos
El relato individual tampoco es unidireccional. Frente al caso que abre la discusión aparece otro:
tres años largos de dieta cetogénica bien ejecutada, con controles cada seis o nueve meses, analíticas correctas y una resistencia a la insulina y unos ovarios poliquísticos resueltos después de once años de tratamiento hormonal. Quien lo cuenta asegura que la recomendación salió de una endocrina. La otra mitad del argumentario pone el foco en los hábitos más que en los genes: la predisposición carga el arma, lo que uno come aprieta el gatillo.
Dos cenas de la misma conversación: alguien que empezó quitando harinas para bajar el ácido úrico y ha terminado añadiéndolas para bajar la urea, y quien lleva tres años sin tocarlas con análisis de libro. El cuerpo, dice el primero, le ha ido avisando por escrito. Lo único que nadie discute —ni el más frugívoro ni el más carnívoro— es la parte aburrida: hacerse análisis y leerlos.