Bashar al-Assad huye y el régimen sirio se apaga en horas
Un grupo de sirios derribaba el busto de Hafez al-Assad a las afueras de Damasco. Horas después, la escena se repetía en Homs. El régimen baazista que la familia Assad sostuvo desde 1970 se desmoronó en tiempo real: primero los informes de que Bashar al-Assad había abandonado el país a las 5 de la tarde hora local, después la toma del principal canal de televisión estatal, más tarde la entrada de los rebeldes en el barrio damasceno de Al-Maliki. La dinastía, fechada entre 1970 y 2024, se apagaba en una sola jornada.
La caída de Damasco, hora a hora
Los hitos llegaron encadenados y sin pausa. Homs cayó primero, con la estatua de los Assad derribada por civiles. Damasco después, con el principal canal estatal en manos insurgentes y emisión en directo, y con la casa de Assad abierta a las cámaras. El primer ministro del régimen anunció en un vídeo que se quedaba en el país y que trabajaría por una transición ordenada del poder.
Nadie defendía ya el palacio. Más de cincuenta años de aparato baazista se deshicieron en cuestión de horas, y la velocidad del colapso pilló a propios y ajenos con los comunicados a medio redactar. La pregunta dejó de ser si el régimen aguantaba: era cuánto tardaba alguien en reclamar el palacio.
¿Dónde está Bashar al-Assad?
Nadie lo ha confirmado oficialmente, y esa es la única certeza disponible. Un avión IL-76T procedente de Damasco perdió altura a gran velocidad cerca de Homs y habría caído al oeste de la ciudad. El aparato había pedido autorización para aterrizar en Líbano y el permiso le fue denegado. A partir de ahí, la información se estrecha: dos fuentes sirias descritas como muy fiables señalaron a
Reuters que Assad había muerto en ese accidente, un extremo que ninguna autoridad ha validado.
La especulación llenó el hueco en minutos. Unos sostenían que el dictador había huido con destino desconocido; otros, que el avión derribado era el suyo y que ya no había nada que negociar. Mientras tanto circulaban vídeos del interior de su vivienda familiar, con las estancias vacías y los vecinos recorriéndolas como quien visita un museo improvisado.
Rusia pierde Khmeimim y a su principal socio árabe
La Fuerza Aérea rusa comenzó a evacuar su base aérea de Khmeimim en Siria, con varios aviones de transporte militar llegando para empaquetar soldados y equipamiento. El movimiento, todavía en marcha, se lee como el corolario material de una derrota: el Kremlin sostuvo durante años al régimen sirio y ahora retiraba lo que quedaba de su despliegue.
La conclusión que sacan los más duros del análisis geopolítico es que la imagen de Moscú como socio militar fiable ha quedado dañada en el peor momento posible. Queda por ver, y aquí nadie se atreve a poner fecha, si la retirada es definitiva o un reajuste temporal. Lo llamativo es el contraste entre la contundencia del repliegue y la parquedad de las explicaciones oficiales.
¿Quién llega después de Assad?
El escenario que dibujan las corrientes más pesimistas es el de una sustitución de un dictador laico por un poder islamista de corte radical. Quienes defienden esa tesis tiran de precedentes: Irak, Libia y Afganistán como secuencias de un mismo guion, con transiciones amables en el discurso y derivas autoritarias y religiosas en la práctica. En Siria, recuerdan, el poder real está en manos de grupos a los que durante años se atribuyeron las prácticas más brutales del conflicto.
Enfrente, otra línea de análisis rebaja el dramatismo: Assad era un dictador que se presentaba a las urnas con el 95% de los votos y gobernaba a base de mano dura, y no existe razón para echar de menos a un verdugo por el hecho de que el siguiente sea peor. Ambas posturas comparten un supuesto incómodo: nadie serio espera una democracia liberal de la noche a la mañana.
La propuesta más radical que circuló en esas horas consistía en aplicar el método yugoslavo, con movimientos de población y la creación de varios estados sobre el mapa sirio: uno kurdo, uno suní, uno chií, uno cristiano, uno druso y uno alauí. El desglose territorial completo de ese reparto da para un análisis aparte, y no es una idea que nadie haya llevado a una mesa de negociación.
Cristianos y alauitas: el miedo a pagar los platos rotos
Los cristianos asirios celebraron abiertamente la caída. La duda es si mantendrán motivos para hacerlo: las minorías religiosas sirias, con la comunidad alauita —de la que procede la propia familia Assad— en el punto de mira, afrontan el cambio sin saber qué régimen las va a administrar ni con qué reglas. La comparación con Afganistán aparece una y otra vez, y no precisamente para tranquilizar.
En el otro extremo del tablero, hay quien sostiene que la partida siria terminó con ganadores claros —Israel, Turquía y Estados Unidos—, mientras Europa y las comunidades cristianas de la región asumen el coste. Es una síntesis brutal, pero expresa bien el estado de ánimo de una parte del análisis: pocos creen que el fin del régimen cierre el conflicto en lugar de abrir otro capítulo.
Lo que el resultado descoloca es la estadística que el régimen exhibía como mandato: el 95% de los votos en las últimas elecciones. El día en que el dictador se fue, no hubo un cartel defendiéndolo en la calle y las estatuas de su padre bajaban de los pedestales una tras otra.