Siria se desmorona y el reparto de poder se acelera
La caída de Damasco y el avance de facciones armadas sobre Homs han desatado un terremoto geopolítico que se lee como el acta de defunción de un Estado laico y el acta de nacimiento de un nuevo protectorado. Los informes que llegan desde el terreno dibujan un escenario de derrumbe acelerado, con las fuerzas gubernamentales replegándose y una constelación de actores regionales e internacionales moviendo ficha sobre el tablero sirio. Lo que empezó como un pulso interno se ha convertido en una partida donde Moscú, Teherán, Ankara, Washington y Tel Aviv reajustan sus alianzas y sus intereses. El resultado provisional es un país fragmentado, con el eje de la resistencia chiita tocado y una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿quién se queda con los recursos energéticos y las rutas de gas que atraviesan la región?
El avance imparable sobre Homs y Damasco
Los reportes que circulan por redes sociales y canales alternativos describen una situación de colapso en cadena. Según estas fuentes, las facciones yihadistas han cercado Homs y entran sin oposición, mientras Damasco vive disturbios y una sensación de final anunciado. La comparación con Yugoslavia o Libia aparece de inmediato: países que quisieron ser soberanos y acabaron despedazados por intereses ajenos. El mensaje inicial del debate lo resume con crudeza:
«Es el final, como en Yugoslavia, en Libia o cualquier pueblo que haya querido ser soberano».
La velocidad de los acontecimientos ha sorprendido incluso a los analistas más curtidos. Se apunta a que la inacción de Rusia, principal valedor militar del régimen, ha sido determinante. Un participante lo plantea sin rodeos:
«Una de las cuestiones más relevantes en esta derrota tan rápida es si la aparente inacción de Rusia es resultado de su debilidad por su implicación en Ucrania o un pacto bajo la mesa para mantener sus conquistas en este territorio». La duda queda abierta, sin resolución clara en el material disponible.
El papel de Turquía y el nuevo mapa de alianzas
Turquía emerge como uno de los grandes beneficiados de la operación. Se argumenta que Ankara ha aprovechado el vacío de poder para avanzar sobre el terreno kurdo y consolidar su influencia en el norte sirio. La pregunta que sobrevuela es hasta dónde piensa llegar Erdogan en su particular reconstrucción del imperio otomano.
«Poco a poco va reconstruyendo el imperio otomano», señala un mensaje, y nadie le pone freno.
El reparto de ganadores y perdedores que se dibuja en el debate es nítido: Israel, Estados Unidos y Turquía salen reforzados; Rusia e Irán, tocados. La teoría del bar que se lanza en un mensaje apunta a que a Moscú le conviene un acuerdo ventajoso en Ucrania y no quiere más tensión en otros frentes, mientras Irán reserva fuerzas ante la llegada de Trump.
«El eje de la resistencia ha caído y avanza el gran IsraHell PEDOSATANICO», sentencia con vehemencia.
El control de los recursos energéticos como telón de fondo
Más allá de las consignas, hay un factor económico que explica muchas cosas: el gas. Un mensaje cita al fallecido político ruso Zhirinovsky para recordar que Putin apoyó a Asad durante 13 años para garantizar que el petróleo y, sobre todo, el gas de Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita no fluyeran hacia la UE por la ruta más barata. Con la caída del régimen, si Siria se estabiliza, se podrían tender oleoductos a través de su territorio. Ese es el premio gordo que nadie menciona en los titulares.
La cuestión de quién se queda con las reservas de oro del país también planea sobre el debate.
«Atentos a ver quién se lleva las reservas de oro de Siria para protegerlas», advierte un mensaje, que apunta directamente a Estados Unidos y recuerda el precedente ucraniano.
El futuro incierto: estado fallido o nuevo protectorado
El escenario que se dibuja tras la caída del régimen es el de un Estado fallido al estilo libio o afgano, con un gobierno yihadista y un riesgo severo para las minorías religiosas, incluidos los cristianos.
«Otro país más destruido con la complicidad de Occidente», lamenta un participante, que augura caos, destrucción y fanatismo fundamentalista.
La incógnita sobre el paradero y el futuro de Bashar al-Asad sigue sin resolverse en el material. Se especula con que haya salido del país, pero no hay confirmación. Lo que sí parece claro es que el tablero sirio ha cambiado para siempre y que las potencias regionales ya están recolocando sus piezas. La predicción con reservas: si el patrón de Libia o Irak se repite, el caos no será un accidente, sino el resultado previsible de un reparto de influencias que ignora a la población.