La OTAN espera al 23-J y Sánchez suena para suceder a Stoltenberg
¿Puede Pedro Sánchez dejar la presidencia del Gobierno para dirigir la OTAN? El rumor lleva tiempo circulando y se apoya en dos patas. La primera:
la Alianza Atlántica no elegiría al sucesor de Jens Stoltenberg hasta después del 23-J, la fecha de las elecciones generales españolas. La segunda: la prensa de Bruselas habría confirmado las aspiraciones del presidente del Gobierno, hasta el punto de presentar el puesto como una
salida de emergencia si el resultado electoral no le acompaña.
Del dato al juicio hay un paso, y la conversación pública lo ha dado en un suspiro. Conviene separar el rumor original de sus mil repeticiones, porque lo segundo acaba sonando a hecho.
Qué significa que la OTAN espere al 23-J
El elemento más sólido de todo el asunto es el calendario.
Stoltenberg sigue al frente y el relevo no se ha cerrado, y el proceso aparece ligado a la cita electoral española. Que una estructura militar de primer orden module sus tiempos internos en función de unas elecciones nacionales es cualquier cosa menos habitual. Ahí está el gancho.
Ahora bien: esperar y elegir no son lo mismo. Un aplazamiento puede responder a un interés real por un candidato concreto o, más prosaicamente, a la ausencia de consenso entre los socios. En la parte más escéptica del análisis se defiende lo segundo: que
nadie quiere el cargo lo suficiente como para quemarse y que el nombre español funciona como relleno hasta que Washington y los grandes socios se pongan de acuerdo.
El perfil que se repite: sumisión y ausencia de escrúpulos
Si hay un argumento dominante, es el del perfil. Se repite, con variantes, que un puesto así exige alguien capaz de firmar lo que otros no firmarían y que esa disposición pesa más que cualquier currículum.
La tesis de que el secretario general actúa como correa de transmisión de Washington es el eje del razonamiento: quien ocupe el sillón no decidiría, ejecutaría.
De ahí sale la conclusión más repetida: que un dirigente con fama de resistente, poco dado a rendir cuentas ante su propia opinión pública y con escasa sensibilidad ante el coste humano de una operación encaja como un guante. Hay quien lo formula en tono de burla y hay quien lo formula en tono de alarma. En el fondo, dicen lo mismo.
El precedente Solana y los bombardeos de Belgrado
La referencia histórica que aparece una y otra vez es la de
Javier Solana y los bombardeos sobre Belgrado en 1999. Se recuerda que un político español ya ocupó la secretaría general y que, en plena guerra de los Balcanes, firmó la campaña aérea. Se subraya además que el propio Solana defendió después que cumplía con su deber. En ese espejo se mira el debate actual: un español al frente de la OTAN no sería ninguna anomalía, sino un precedente.
El contexto no tiene nada que ver, claro. Pero el episodio sirve para dos cosas opuestas: para normalizar la candidatura o para advertir de lo que implica.
El episodio de las tarjetas de Caja Madrid
En la lista de objeciones aparece también el pasado financiero. Se menciona que Sánchez
votó a favor del uso de las tarjetas opacas cuando era consejero de Caja Madrid. El dato se trae a colación no por lo que tenga de escándalo concreto, sino como muestra de un patrón: la disposición a nadar en aguas turbias cuando la estructura lo pide.
Es un argumento de carácter, no de gestión. Y en una plaza como la OTAN, el carácter es el currículum.
Quién decide de verdad y a quién beneficia
La última capa del asunto es geopolítica. En la parte más crítica se afirma que
Estados Unidos tiene la última palabra y que su preferencia iría por otra candidatura: se apunta que en Washington se decantaría por una mujer y que
Ben Wallace iría por delante del español. Si eso es cierto, la candidatura que se comenta sería opción de segunda fila, no favorita.
Encima planea el temor más repetido: que un secretario general con poca resistencia interna a la hora de asumir decisiones militares eleve el riesgo de escalada.
Firmar bombardeos es exactamente lo que hace el puesto, y hay quien preferiría que lo firmara alguien que se lo pensara dos veces.
La jugada política: salida digna o trampa
¿Y a él qué le aporta? Si el resultado del 23-J no le es favorable, un puesto internacional de primer nivel permitiría una retirada sin sensación de derrota. Esa lectura tiene muchos adeptos. Los menos entusiastas responden con una objeción de sentido común: nadie dimite de una presidencia por un puesto que aún no está concedido, y si finalmente no llega, el desgaste es doble.
En el análisis también aparece la sospecha de que todo esto sea, sencillamente, ruido interesado. Un nombre filtrado en Bruselas puede servir para inflar una figura tanto como para desgastarla.
La predicción que nadie pidió
En medio de todo esto circula una anécdota que resume el tono general: se recuerda un vídeo de hace unos cuatro años en el que alguien leía cartas astrales y anunciaba que el personaje acabaría dirigiendo una gran institución internacional. El detalle tiene cero valor probatorio y todo valor sociológico. Cuando un rumor político se mezcla con la astrología, la conversación ha dejado de ser sobre política.
Y aun así, el rumor sigue vivo. Eso también dice algo del momento.
Si el puesto acaba siendo suyo, habrá quien celebre el ascenso y quien celebre la salida. En Bruselas, mientras, seguirán esperando. Son los tiempos de una Alianza que, por una vez, parece haber puesto su reloj en hora española.