El posado que reabre el debate sobre la Corona
Un posado. Una mujer, un libro y un hombre que no es su marido. Con eso basta para que en España se reabra, cada pocos meses, la misma herida: la de una institución que sobrevive a base de silencio mientras el resto del país discute si merece la pena. La imagen, difundida como celebración irónica —el famoso
Boooooooooooooom—, volvió a poner sobre la mesa la pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el jefe del Estado es el último en enterarse de lo que todos comentan?
El material que circula estos días no aporta pruebas de nada. Aporta un relato: el de una esposa que aparece retratada junto a un director de cine, el de un monarca al que se atribuye una reacción airada y el de un cierre del Parque del Retiro que, según una de las versiones más repetidas, habría servido para que ambos hombres tuvieran unas palabras. Nada de eso está confirmado. Todo eso se comenta.
Qué se sabe y qué se supone
Lo que hay sobre la mesa es una fotografía y una atribución. La fotografía muestra a la reina junto a un hombre identificado como Rodrigo Cortés, director de cine. La atribución, repetida hasta la saciedad, es que se trata de su amante. No hay confirmación oficial, no hay demanda, no hay comunicado. Solo una imagen que cada cual interpreta según lo que ya creía antes de verla.
A partir de ahí, el relato se ramifica. Hay quien sostiene que el rey se enteró por la prensa, que se enfadó y que el cierre del Retiro tuvo que ver con un encuentro entre los dos hombres. Es una hipótesis que encaja con el imaginario colectivo —el marido ultrajado que exige explicaciones— pero que no pasa de ser eso: una hipótesis. La coincidencia temporal es sugestiva. La causalidad, en cambio, no está demostrada.
Lo llamativo no es la foto. Lo llamativo es la velocidad con la que el país entero decidió que ya sabía lo que pasaba.
El rey que ya no puede rodar cabezas
La comparación histórica apareció pronto en la conversación: antaño, cuando a un rey le ponían los cuernos de forma tan pública, el pueblo se reía de él, le dedicaba coplas y, en ocasiones, rodaban un par de cabezas. Hoy el monarca tiene que aguantar el escarnio y, además, sorber lo que sobra. La frase, repetida con retintín, resume bien el cambio de época: la Corona ya no tiene poder para castigar la afrenta, solo para encajarla.
Hay quien va más allá y sostiene que el sexto está, en realidad, encantado: que alguien entretenga a la parienta mientras él hace su vida. Es una lectura cínica, pero no gratuita. En otros tiempos, el director de cine en cuestión habría acabado conde o barón por los servicios prestados. Ahora, como mucho, acaba en portada.
La institución, mientras tanto, hace lo de siempre: callar. Y el silencio, en estos casos, se interpreta como confirmación.
La abdicación que nadie pide pero todos calculan
En el terreno práctico, la conversación derivó hacia el cálculo sucesorio. Con la prole ya criada, se argumenta, no tiene sentido seguir pagando los modelitos de la reina. La propuesta que circula es simple: divorcio, abdicación en el heredero y retirada a Abu Dabi a reconstruir la relación familiar y asegurar la herencia. Es una fantasía de sobremesa, pero tiene su lógica interna: si el problema es la imagen, se cambia la imagen.
El problema es que la heredera, según la opinión más repetida, tiene el carisma de un berberecho. Se le reconoce potencial escaso para galvanizar a un pueblo que, a estas alturas, no pide carisma: pide que no le tomen por tonto. Y ahí la Corona sigue perdiendo.
El contexto que nadie discute
Mientras la conversación se centraba en la foto, otra discusión paralela recordaba que España lleva siglos siendo el estercolero de medio mundo. La frase que más circuló fue la de que los ingleses que vinieron a ayudar contra la invasión napoleónica destrozaron y mataron más que los franceses. De ahí al repaso de la Masonería, al papel de Inglaterra y a la cita de Franco —«la Masonería es muy buena en Inglaterra para Inglaterra; lo malo es que en España sigue siendo muy buena para Inglaterra»— había un paso.
Es el tipo de digresión que aparece cuando el tema principal se agota. Se habla de la foto, pero se habla, sobre todo, de lo de siempre: de un país que no termina de decidir qué quiere ser y que se consuela culpando a los de fuera.
Lo que queda
La foto seguirá circulando. El
Boooooooooooooom seguirá sonando. Y la Corona seguirá sin decir nada, porque decir algo sería reconocer que hay algo que decir. Con estos mimbres, lo previsible es que la conversación se apague sola en unos días y vuelva a encenderse en unos meses, cuando aparezca otra imagen, otro gesto u otra coincidencia temporal que cada cual interpretará según lo que ya creía.
La predicción, con reservas: nada de esto tumbará la
monarquía. Pero nada de esto la reforzará tampoco. Y así, entre el silencio y el rumor, se sostiene una institución que ya no se defiende con argumentos, sino con la ausencia de alternativas.