De la hegemonía de los 90 al jaque: la tesis del colapso de EEUU
En el año 2000 la deuda pública de Estados Unidos era del 56% del PIB. En 2022 llegaba al 123%. Entre esas dos fechas, el país que aspiró a una hegemonía global sin enemigos vio cómo China y Rusia dejaban de ser socios incómodos para convertirse en rivales declarados. Ese es el esqueleto del análisis que abrió esta discusión, escrita con la guerra de Ucrania ya en marcha y con las cifras de 2022 sobre la mesa. La tesis es rotunda: Washington va a contrapié y sin plan B.
El plan de los 90 que se rompió por el camino
El punto de partida es 1991. La Unión Soviética se disuelve y Rusia entra en el sistema capitalista con la expectativa de convertirse en proveedor de recursos, armamento y tecnología militar, algo así como una Noruega a lo grande. Sobre esa base se atribuye a Henry Kissinger un diseño de hegemonía suave: una Rusia amiga y neutral, una China arrastrada a un capitalismo con capital estadounidense y un liderazgo moral de Washington sin enemigos declarados. Durante los años noventa, dice el planteamiento, eso funcionó.
Lo que lo rompió fue, según esta tesis, el giro posterior al 11-S. Las invasiones de Afganistán e Irak, una expansión de la OTAN que se fue de las manos y un cambio de prioridades: menos innovación, más gasto militar. El análisis sostiene que ahí arrancó el declive, y que ni los gobiernos posteriores ni la oposición demócrata han sabido revertirlo.
Las cifras: más deuda, menos industria y vivienda por las nubes
El cuerpo del argumento se apoya en una comparativa de dos décadas que el propio análisis pone encima de la mesa:
- Salario medio: de 31.950$ en 2000 a 35.977$ en 2022.
- Precio medio de la vivienda nueva: de 166.035$ a 439.875$.
- Empleos industriales: de 17.170.716 a 12.823.293.
- Deuda pública: del 56% al 123% del PIB.
La lista de males no termina ahí. Se citan más de 27 billones de dólares de deuda acumulada, un
44% de adolescentes estadounidenses que se declaran persistentemente tristes o sin esperanza y un problema de reclutamiento militar: solo el 23% de los jóvenes de 17 a 24 años estarían cualificados para servir sin exención, frente al 29% de años anteriores. El consumo de drogas se cobra, según estos datos, unas 130 muertes diarias, y hay estados que facturan a los reclusos 249$ por día de estancia en prisión, con casos citados de exconvictos que salen debiendo más de 83.000$.
La expansión de la OTAN y la alianza ruso-china
El relato encadena tres golpes. El primero, la ampliación de la OTAN más allá de lo que Moscú toleraba. El segundo,
Crimea, que consuma la ruptura y lleva a Rusia fuera del G8, reconvertido en G7, mientras los BRICS ganan peso. El tercero, la guerra comercial de la era Trump contra China, que en lugar de separar a Moscú y Pekín termina de soldar la alianza.
A partir de ahí, la lista de reveses que se enumeran: salida de Asia Central, pérdida de influencia en África, con el norte del continente pasando a órbita rusa de la mano de contratistas privados y del grano, y una China que ya se mueve en Sudamérica. La conclusión que se extrae es que Washington no puede sostener solo el pulso y necesita que otros pongan los recursos.
Aliados en modo guerra: Australia, Alemania y el gas barato
Ahí entra el capítulo de los socios. Australia cancela un contrato con Francia para comprar submarinos nucleares estadounidenses, en un gesto que incomoda a su principal comprador:
exporta diez veces más a China que a Estados Unidos. Alemania, por su parte, se queda sin el gas barato del Nord Stream 2 y afronta una recesión, además de comprometer 100.000 millones de euros en armamento.
La pregunta que queda flotando es cuánto tiempo aguantan esos aliados una factura que, según esta lectura, no les reporta nada a cambio. El comercio ya ha cambiado de eje y China es hoy un socio mayor para buena parte de ellos.
¿Es Ucrania una cuestión moral o un pulso entre potencias?
Aquí el análisis se topa con el rechazo frontal. Hay quien sostiene que el conflicto ucraniano es, antes que nada, una cuestión moral, y que reducirla a un tablero geopolítico es una forma de escurrir el bulto. La respuesta desde el otro lado es que las potencias se comportan igual cuando les conviene y que nadie se rasga las vestiduras por lo ocurrido en otros países.
Una tercera corriente desmonta el marco entero: se argumenta que Rusia y Estados Unidos son dos caras de la misma moneda, que la identificación digital ya funciona en Rusia y que esperar que Moscú salve a Occidente es un espejismo. En paralelo se apunta que Rusia mantuvo una posición neutral entre Washington y Pekín hasta el 24 de febrero de 2022, después de años intentando evitarlo, y que la estrategia de aproximación a Moscú y Riad frente a China era la vía correcta.
Dónde se atasca el análisis
El desacuerdo no es sobre si Washington pierde terreno, sino sobre si eso equivale a un colapso. Los partidarios del declive acumulan gráficas de deuda, empleo industrial y transporte público, incluido, según ellos, el episodio de las ediciones en una enciclopedia online para maquillar la comparativa de metros. Enfrente, la respuesta es siempre la misma: paciencia, que llevan décadas anunciando lo mismo. Y mientras unos y otros discuten, la fecha del 24 de febrero de 2022 sigue siendo el punto exacto en el que el relato dejó de poder cerrarse.